Por Astor Ledezma

Lo que me atrajo fue su aroma. La fragancia masculina que intenta ocultar el humo del cigarro. Llegó caminando, su playera blanca y el short de mezclilla tipo hípster anunciaron su entrada. Tiró la colilla poco antes de saludarme. Perdón por la tardanza, se disculpó. Su nombre era fuerte, sencillo: Joel. Su apellido casi impronunciable. Es de origen indígena, acotó. Tlaxcalteca. Encendió de nuevo un cigarrillo. Yo sólo pensaba en su fijación oral, su obsesión por el tabaco, ese empeño reiterado en estimular su boca. Imaginé los besos, la succión de sus labios, las maravillas que haría esa lengua dispuesta a recibir placer.

Caminamos por la Alameda. Habló de sus planes a futuro: mudarse a la capital, dejar su trabajo, viajar a Cuba antes de que los gringos arruinen su magia. Su voz era serena. Daba la impresión de estudiar cada frase. Tocaba el mentón cada vez que le hacía una pregunta, como buscando la respuesta entre los vellos de su barba.

La noche se hizo presente. La gente salió a pasear a sus perros. Los niños, corriendo como desquiciados, invadieron poco a poco aquel espacio. Decidimos ir a mi departamento.

En el trayecto llamé a mi roomate. Compartimos habitación y esperaba que no estuviese ahí. No respondió el celular. Cuando entré con Joel ella estaba dormida –en su cama, junto a la mía-. Su sueño parecía profundo, no quise despertarla. Encendí los focos del baño, dejé la puerta entreabierta. La habitación quedó a media luz. Me recosté en la cama con Joel, miramos el techo, las estrellas adhesivas que brillan en la oscuridad.

Hablamos de cosas banales, asuntos sin sentido, con la intención de ganar la confianza que hacía falta en ese momento. Tomé la iniciativa. Le pregunté por su deseo más absurdo. Le dije que fantaseaba con meter los dedos en la marsupia de un tlacuache. Era, creo yo, una clara analogía de la penetración. Dejar en su mente palabras como dedos/meter/deseo volvería sugestiva la atmósfera en ese momento. Cuando me cuestionó la razón le dije que no estaba segura. Imaginaba que era un sitio blando, tibio y apacible. Él habló de su fantasía. Entrar al mar, encontrar un pequeño pulpo y meterlo en su traje de baño. La suavidad de los tentáculos rozar sus genitales, en una lucha infructuosa del animal por liberarse.

Nos miramos fijamente a los ojos. Acaricié su antebrazo. Dibujé la inflamación de sus venas, ramificaciones acentuadas en el dorso de su mano. Su vello empezó a erizarse. Observé los destellos dorados con la escasa luz de la habitación. Di media vuelta sobre mi cuerpo, me acosté en el suyo, pecho a pecho, aspirando el vaho de su boca, su aliento a nicotina. Me acarició el cabello con la mano izquierda, luego lo tomó con fuerza, cerrando los dedos en un puño. Atrajo mi cara hacia la suya. Los labios apenas se tocaron. Luego el beso profundo, la lengua que jalaba como anzuelo el aliento encerrado en mi boca. Fue subiendo la blusa en una caricia a dos manos. Sentí el palpitar de su bragueta, ese miembro que luchaba por salir de su encierro. Desprendí a ciegas el botón de su short, los bajé lentamente al tiempo que tocaba sus muslos firmes, casi lampiños. Me acerqué al pequeño bulto, al ligero latir que escondía su ropa interior. Apoyé mi nariz. Percibí su aroma, ese olor de las primeras gotas que brotan por la uretra. Joel bajó la trusa en un impulso de ansiedad. El glande húmedo, rosado por la sangre, me señalaba de manera acusatoria. Tomé el miembro por la base –tan amplia que abarcaba el largo de mi mano-  y rocé con mis labios el frenillo, la tersura del capullo, y con la punta de la lengua empecé a correr el capuchón. Di suaves succiones al glande apoyando mis labios en la coronilla. Introduje el miembro poco a poco hasta que mi garganta indicó el límite de mis posibilidades. Lo saqué lentamente, al tiempo que hacía movimientos circulares con la lengua; lo alargaba, le daba forma: alegoría sexual de artesanos que moldean el barro a base de caricias. Lo tomé del tronco y lo empecé a jalar con rapidez, mientras la punta de mi lengua continuaba tocando su frenillo. Joel se encogía, arqueaba la espalda y emitía jadeos cada vez más efusivos. Me tomó la cabeza, me jaló hacia él. Me plantó un beso de forma brusca, apresurada, lamiendo con urgencia el rastro de sus fluidos.

A tientas subió mi falda, bajó la ropa interior, y con la mano dirigió el miembro que ya buscaba el abrigo vaginal. Sentí la redondez del glande abrirse paso entre mis labios mayores, la tibieza del falo avanzando a lo profundo del cuerpo. Besé a Joel, de forma breve, mientras él subía y bajaba la cadera para penetrarme.

El golpeteo de los cuerpos húmedos fue subiendo la velocidad. Los jadeos hicieron eco en la boca de Joel que no dejaba de besarme.

Acerqué mi pecho a su cara. Oprimió mis senos para luego unirlos y lamerlos a la par. Su lengua humedecía mis pezones, la rugosidad de la aureola. Luego los labios succionaban con fuerza, como ventosas, como lo haría aquel pulpo con el cual fantaseaba.

Nuestro arrobo fue tal que apenas y notamos a mi compañera, sentada en su cama –la mitad de su cuerpo desnudo- sobando su entrepierna mientras nos miraba. Vulnerable ante sus ojos, sentí mi cuerpo reducirse, hacerse pequeño, perder fuerza para luego colapsarse sobre el pubis de Joel. Un derrumbe de humedad me tumbó sobre su pecho mientras él continuaba su embestida, aferrado a mi cadera con las uñas. Después de unos segundos los jadeos se volvieron agresivos, sentí el disparo caliente mojar mi vulva, luego el resoplido final, el cuerpo se aflojó, el desvanecimiento inevitable lo hizo cerrar los ojos.

Mi compañera corrió al baño, cerró la puerta tras de sí.

Joel se libró de mi abrazo, buscó su ropa en el piso; balbuceo unas palabras mientras se vestía. El golpe seco de la puerta anunció su retiro.

El baño se abrió de nuevo. La luz me alumbró. Desnuda sobre la cama, las piernas abiertas, los brazos vacíos, como pulpo arrastrado a la orilla del mar.

Ella se acercó, limpió la sal de mi frente y se fundió conmigo en un fuerte abrazo.

La suavidad de su piel contra la mía.

Cerré los ojos.

La envolví con mis tentáculos.