Por Daniel Wence

Para Sergio (†), Maricela y Óscar ‘La doña’.

La música pop como una bandera no dicha. Bailar coreografías noventeras aun cuando ser hombre significaba tragarse los sentimientos, patalearlos, sacarlas a gritos, a golpes, a veces escuchando a José Alfredo, a Antonio Aguilar o a Cuco Sánchez. Bailar en medio de otros hombres como una disidencia, dibujar la tierra más que trabajarla.

De muy niño, Ella me definió, concretamente y en secreto, la palabra joto. Tres ideas fundamentales: soledad, vergüenza y maltrato. El objeto de esas charlas era persuadirme para que desistiera de ser algo que yo ni conocía.

Reconozco que en “Z” –un compañero itinerante del 4º grado- vi un amaneramiento perturbador, y me esforcé por rechazarlo pero, por algún motivo, durante los meses que estuvo en el grupo, fui su único amigo; siempre terminábamos haciendo juntos los trabajos de equipo. Cuando se fue del pueblo no lo eché de menos, al contrario, sentí en su partida un gran alivio porque pronto me volvieron a juntar en las palomillas del barrio, y eso que no jugaba futbol ni le levantaba la falda a las niñas. En cambio era bueno en los juegos de roles y mis historias de terror siempre resultaban avasalladoras alrededor de las fogatas (con esa lucecilla de lumbre que iluminaba perfectamente los labios de Lou).

Pasaba mucho tiempo en la calle. En mi casa tenía que lidiar con el ejemplo de mis hermanos, además nadie me hacía sentir más seguro que mis amigos grandes, pienso que siempre me vieron desprotegido, medio niña (pinches estereotipos), por eso me defendían y abrazaban como no eran capaces de abrazarse entre sí. Ese es el punto: el amor entre los hombres está prohibido desde que somos chicos, nos enseñan a no demostrar amor o a demostrarlo a madrazos y a insultos aparentemente cariñosos; luego andamos con el corazón apretado haciendo rabietas. Y sí, así me enamoré la primera vez. No sé si nació de su abrazo protector o de tanto mirarlo en el salón de clases pero –¡qué la chingada!- la pura idea me hacía considerarme enfermo; pensaba en la palabra joto, en Ella llenándola de sinónimos, unos más ofensivos y dolorosos que los otros; me echaba para atrás, rompía la carta, borraba su dibujo y me limitaba a alburearlo, como hombre. Un hombre no escribe cartas ni poemas, alguien me dijo.  

Ninguna de las definiciones de “ser hombre” que había escuchado tenía nada que ver con mis gustos. En el ambiente –rural- donde crecí, dibujar o leer poesía era una pérdida de tiempo, más una jotería que un oficio. Una vez le pedí a mi papá que me regalara una cámara fotográfica y me miró compasivo. Tras pensar en su mirada, deduje que quería que algo en mí se revirtiera para que fuera feliz. No lo culpo: este mundo está diseñado para la infelicidad, por eso ser uno mismo es un proceso de valentía, y eso se adquiere con afirmación y tiempo. El tiempo anterior lo viví mintiendo sobre mí, guardándome los amores, inventando algunos, hablándole bonito a la compañera rara del salón para fingir; tuve que interesarme en cosas que me empataran con mis amigos, cosas como el basquetbol y la cerveza. Y me hice borracho. Tuve que ser popero de clóset, lector de clóset, amante de clóset… y mirarlo a Él desde el clóset, aceleradísimo, cuando metía un gol o cuando se vestía de vaquero; disimular en el vestidor, hacerme el machito frente a las agarradas de nalga; me tuve que vestir de negro, agudizar mi gusto por el rock para que algo rudo se me dibujara y tener un pretexto cuando no quería bailar con las niñas en las fiestas o aguantar el empujón del ¿esa te gusta? Ándale, ve, ¿te la saludo? Es decir, el rock me dio la oportunidad de decir: yo no bailo, y a la larga me encariñé con mi disfraz oscuro porque así, en lo oscurito, es más fácil apechugar cuando llueven los chingadazos. Terminé volviéndome una especie de bicho al que los amigos admiraban y consideraban digno de protección. Entendí que me conocían más de lo sospechado y que, en una forma asombrosa estaban dando, por nuestra amistad, la cara; que la homofobia con la que yo lidiaba la cargaban también ellos. Desde niño he estado rodeado de heterosexuales que a su manera se han unido a mi causa, a nuestra causa.

Cuando tenía quince años, me amisté con “C”, uno de los muchachos más amables del pueblo. “C” estaba enfermo y no podía alcoholizarse como todos. En una ocasión me pidió que lo acompañara a emborracharse y a fumar marihuana. Negligentes como éramos, esperamos a que nuestros papás se durmieran para fugarnos y, con un porro y un cartón de cervezas, pasamos la noche hablando de cosas trascendentales como el amor y las enfermedades junto a una fogata que sofocamos con orines cuando estaba amaneciendo. Nunca le he dicho a “C” que soy homosexual, como no lo hago con la mayoría de las personas porque, de cualquier modo, se sabe, y considero denigrante poner la etiqueta delante del nombre. “C” y yo nos escapamos durante meses a beber y fumar en las madrugadas de domingo. Siempre regresábamos ebrios, abrazados, cantando. Un domingo peleamos y sin ningún tiento, me soltó: dice mi mamá que eres puto, que no me junte contigo. Enseguida se fue. Lo vi avanzar en su bicicleta, lo aborrecí porque me estaba tragando un llanto bien duro y él era el único al que le tenía confianza para contarle abiertamente que un amigo me acababa de romper. Años después le agradecí la valentía de escaparse conmigo todas esas noches, a pesar de lo que le decían.

Luego me fui del pueblo. Lo dejé, con un resentimiento que no sabía nombrar (joto, joto) y el dolor de no haber hablado abiertamente del amor que viví junto al primer Él de mi vida, del horror que vivimos por coger, por mentir frente a los amigos porque, al final, el miedo está más perro de lo que parece. Por eso me cambió por una vida heterosexual, segura. No pude decirle que me cagaba su abandono porque igual que su miedo –y el mío-, era producto de la violencia cultural y estructural, porque no conocía lo que conozco y defiendo ahora. Me limité a llorar el arrebato junto a mi hermana sin saber cómo desmenuzarle la causa de mi llanto.

Hace poco alguien a quien quise me lo explicó bien claro: los homosexuales aprendemos a mentir antes que a amar, y es cierto, una verdad horrible: en este mundo dual, las diferencias tienen que esconderse constantemente, y va uno viviendo sus consecuencias: el novio que se arrepiente porque le conviene más una esposa; la hermana que espera que haya sido una etapa y, de corazón, desea que te cures pronto; los parientes fastidiosos que hacen el chiste racista, homofóbico o misógino y uno queda siempre como el mamón que se retira de la mesa o manda a la verga la fiesta discutiendo esa postura faciloide que nace del poder del macho; fingir, fingir, fingir, para no ponerse en riesgo; vivir hasta la madre de “peros”: es gay, pero buena persona, es gay pero es muy respetuoso; salir del bar extremando precauciones para que no te vean, para que no te dañen; poner la cara dura cuando te preguntan: y los hijos, ¿para cuándo? O bancarse el pinche interrogatorio en las bodas de los otros; mirar de reojo al que te gusta para que no haya sospechas o irte con él a lo oscurito a ponerse de acuerdo; escribir; escribir “a” en lugar de “o” en el poema de amor, aunque éste tenga nombre y apellido*… así de duro, de violento es el clóset.

Desde dos años antes de ingresar a la universidad me dije abiertamente homosexual, pero en un campamento (quiero decir, en una borrachera que incluía casas de campaña) con mis amistades de la Facultad de Letras, por primera vez un amigo me hizo sentir fuera del clóset: me abrazó y me dijo con todas sus letras que su abrazo, más que protector, era de acompañamiento; esa noche lloré hasta la rabia entre la confesión y el vodka por haber vivido escondiéndome incluso de mí mismo durante tanto tiempo. Ya en confianza le mostré a ese amigo mis discos de Mecano, Gloria Trevi, Kabah… le hablé sobre las coreografías que me sabía de niño, que me salvaron del hastío cuando me aislaba con mi walkman y un bonche de casetes en los que grababa los hits pop del momento; yo subía el volumen para no escucharla a Ella, diciéndome otras formas de interpretar la palabra joto, o a Él, diciéndome que se casa, que me vaya. Por los mismos días conocí a dos grandes poetas en Delicias, Chihuahua: uno me enseñó la importancia de escribir poesía más franca y la otra subrayó, mientras caminábamos en busca de cerveza, que uno debe levantar la cara, orgulloso de quien es.

El acompañamiento fortalece la reconciliación con ciertas cosas o personas. Yo me reconcilié con una parte de mi familia; entiendo su amor y su preocupación y lo agradezco con reciprocidad. Yo me reconcilié con el género y escribí y publiqué poesía muy gay (aunque la etiqueta me hace entrar en conflicto). Yo me reconcilié con el lenguaje, con la palabra puto, porque, replanteada, me parece extraordinaria, vinculada con la decisión personal de ejercer la sexualidad y no con una “condición”: ser puto como una cosa disidente y hasta política, ser puto sin vergüenza, sin todas las pedradas que trae consigo la palabra en su origen, serlo y discutirlo, afirmarlo, alegrarse, porque ya mucha tristeza nos trajo todos estos años.

Yo me reconcilié con mi niñez recordando todo lo que implica, en cambio, la palabra joto, y sé que a esta no la quiero, que la rechazo, que me opongo, que no la usaría nunca para insultar a nadie.

Me reconcilié y lo escribo porque el odio anda suelto, se respira en las conversaciones del transporte público, en las marchas blancas, en la reproducción de estereotipos y lenguaje violento en los medios de comunicación, en los posts ofensivos que se publican en las redes sociales, en la humillación verbal, en el rechazo, en la crítica, en la forma en cómo te mira el taxista cuando sales del antro, en las bromas pendejas que tus amistades no terminan de erradicar, en el trato directo con nuestros amigos, amantes, hermanos, compañeras de trabajo, pareja, cuando, como no queriendo, les juzgamos por su sexualidad, su género o su sexo, en cómo la gente que te quiere respira aliviada porque no eres afeminado o la gente que vas conociendo celebra que no se te note.

Por eso, porque el odio y la discriminación se propagan muy fácilmente.

Pero propagar el respeto está bien cabrón.

*Un guiño para Odette Alonso.