Por Eriko Stark

Después de la marcha, las calles del Centro Histórico se poblaron para convivir en los diversos bares y antros de la zona, de todos los Estados de la República, de todos los estratos sociales bebían, bailaban y convivían como si fueran los mejores amigos. En la noche del safari, no se discrimina, se celebra el derecho a la libertad de una sociedad que después de 39 años, ha triunfado frente a otras clases oprimidas.

El alcohol se adueña de todos, los cuerpos caen en la calle, muchos vomitan, otros lloran y se dejan desparramar a media acera como pinturas expresionistas. Otros sufren rechazo de los guapos, los inalcanzables, los intocables hasta por ellos mismo; algunos deciden mandar a chingar a su madre la dignidad para pagar el precio de caricia; la pose se olvida, la vida se oscurece entre lucecitas y las vestidas cantan para arrullar las almas en pena. La vida jamás se había parecido un purgatorio, siempre lo fue.

Desde nuestros orígenes, gran parte de la historia se ha tejido en la vida nocturna, los escándalos de 1901 fueron la culminación de una clandestinidad irremediable, misma clandestinidad que se rompería hasta 1978, pero hace apenas unos años, en la máxima libertad, en nuestra máxima oportunidad de vivir una vida plena, la noche nos arrastra y nos vuelve a encerrar. Después de escapar del clóset que nos impusieron los heterosexuales, ahora construimos un clóset de hecho de colores, hermoso, bello… un clóset en el cual los homosexuales nos autoencerramos para ocultar lo que somos, bestias frágiles, bestias heridas dispuestas a querer triunfar una noche. Ya lo había mencionado Octavio Paz, en la fiesta, en esa infinita horda de borrachera, en esa hora donde la música desaparece y perdemos la noción de nuestro nombre, es el punto donde florece nuestra verdadera personalidad, un ser de interminable tristeza.

Escapamos de las imposiciones sociales que nos reprimen, hemos triunfado frente algunas instituciones, tal vez la más importante, La Familia que comienza a mostrar una cara más amigable o más decidida a respetar la privacidad de su miembros. La comunidad LGBTQ parece no cambiar, al contrario, se hace más violenta, porque aplaude los logros y se acuchilla en la autodiscriminación, si no perteneces a su grupo, si cumples los entandares de belleza y diversión  eres un “Intenso” y como intenso, el melodrama debe ser erradicado.

Foto: Eriko Stark

Muchos bares y espacios protegen el anonimato de su clientela, otros espacios abrieron de la nada después de estar clausurados, el gobierno cumplió su trabajo, los espacios heterosexuales sufren la crisis, llenan de banderas multicolor para agarrar la lana rosa. La imagen y la fama ayudan a visibilizar, pero exigen protección a su vida nocturna. En algunos años, muchas de las figuras icónicas confesaran que fueron parte de un sistema corrupto en el que se permitieron golpizas injustificadas a personas, rechazos laborales a otros, censuras, desvío de fondos, prácticas sexuales irresponsables, además de la permisividad y expansión de los excesos gracias a sus relaciones públicas con miembros delictivos, al menos, podemos incluir en las lista a futuros conductores, viodeobloggers, cantantes, artistas, políticos y activistas. Nuestros actuales líderes de opinión, quienes buscan educarnos, también han sido culpables de este clóset de colores, personas que denuncian la injusticia, pero practican otra; uno de los temas que se cuentan debajo del agua es el descaro de varios servidores públicos que en su momento fueron participes del fenómeno del Bareback,infectando a personas mientras promovían el uso del condón. Verlos desfilar en los cuartos oscuros o espacios de cruising ayudaría a comprender la situación actual.

La convivencia en espacios es diversa, se ha logrado mostrar lo mejor de nuestra comunidad y a la vez lo peor, incluso parte de la sociedad en general han aplaudido nuestros espacios permitiéndose convivir y hacer uso de ellos a su conveniencia, pero siempre hemos convivido con ellos, los héteros; la única razón por la cual los heterosexuales nos han tolerado a través de los años, es porque hacemos lo mismo que ellos, buscamos ponernos ebrios y drogados, buscamos sufrir, llorar, cantarle a la vida y buscar un abrazo ante la desgracia del mexicano, vivir en México es un llanto obligado.

El discurso recreativo y de relajamiento se ha perdido, la sobriedad pesa, no es ligera y por tanto, la lucha por el individualismo nos ha obligado al embrutecimiento que escapa de nuestro control, la loquera (el estado combinado de las drogas y el alcohol) se apodera de nuestro modo de operación, de nuestro cotidiano, nos fractura, parecemos cuarteados; vivimos, somos funcionales, pero por algún motivo estamos cortados, somos siniestros.

Vivir la noche tiene su belleza y encanto por eso la buscamos una y otra vez como al amante, pero en esta noche, la que celebramos con tanto orgullo nos deja ver la enorme tristeza y el vacío que México vive en la década 2010 a 2020, el arrullo de los novios sentados a media avenida, recargados, soportando el aire frío y la sensación de las náuseas, con el glamour hecho mierda, tan iguales que los vagabundos, los perros y las putas trágicas que Efraín Huerta nos compararía en su Declaración de odio. Hemos perdido ante nuestros derechos, ganado ante nuestra inestable credibilidad y empatado en igualdad, somos la imagen cruda del mexicano que sólo quiere vivir la noche. Un retrato nocturno de la sociedad gay mexicana.