Por Carlos Dzul

La conocí en la parranda ésa tan célebre en la que no sé quién, algún iluso, algún charlatán, pretendió fundar un movimiento ¿político, poético?, pero que acabó por ser tan sólo una parranda más como cualquiera. Me habían dicho que allí la podría conocer ¡aunque yo no quería conocerla! Gozaba del prestigio de ser la muchacha más estúpida del grupo, en el sentido de que nada le gustaba, ni los Beatles ni los gatos ni el café con leche, nada. Hasta el trino de los pájaros la hacía rabiar: malditos pájaros.

Me apersoné en la reunión hasta el culo de borracho, como se dice vulgarmente, no porque viniera de una fiesta previa sino porque estaba deprimido y me quería morir. Yo bebía todos los días, en aquel entonces, incluso mientras me bañaba y lo primero que dije, cuando la vi, fue esto: qué estupidez de persona. Frase que debió de ofenderla muchísimo pues en respuesta me lanzó un codazo, a lo que yo contesté con otro codazo.

Años después, contra todos los pronósticos, que auguraban que alguno de los dos terminaría matando al otro, nos hallábamos viviendo juntos.

Ella era huérfana por los dos lados, no tenía padre ni madre, pero sí una hermana que estaba casada con tres hombres al mismo tiempo y que de vez en cuando le mandaba algún dinero y a la cual ella en respuesta le hacía llamadas telefónicas nocturnas para platicarle que estaba muy triste y que pensaba suicidarse. ¡Me quiero matar!, gritaba en el teléfono a media calle, levantando los brazos y pateando la cabina.

Pero nunca se mató, qué va. Su problema justamente es que quería vivir vivir y vivir. Y no podía. Ni yo. Y por eso yo pienso que nos llevábamos tan “bien”, porque los dos estábamos muertos, muertísimos, y no nos resignábamos.

Una noche (no lo olvido por más que lo intento), una noche que lloviznaba, salimos a dar una vuelta por el centro que resultó ser eso, nada más y nada menos, una triste vuelta sin incidentes por algunas cuadras (no entramos en ningún sitio, no compramos nada, casi ni vimos nada), tras la cual bajamos de nuevo al subterráneo, mudos, y terminamos en el Wal Mart comprando vino barato, queso barato, pasta, salchichas baratas y, bueno, al final, quiero decir, después de haber comido todo aquello, hicimos lo que nunca habíamos hecho, ni pensado ni querido hacer: el amor.

Cogimos.

Tan aburridos estábamos.

De haber tenido tele, tan siquiera radio…

Le abrí sus piernas blancas, miré su vagina, que era nomás un hilito de sangre. Mientras la cogía vomité; mi vómito la hizo vomitar también a ella pero continuamos dándole, aún así, pringados de guacareada, nosotros, la cama, los libros, las paredes, nuestras propias miradas perdidas.

No hay decencia. Ni decencia ni esperanza.

Por la mañana descubrí, no sin horror (me fui despertando lentamente), que no había sido un sueño. La gorda estaba de pie, desnuda, a medio cuarto, agarrándose la cara. Vete, me dijo. Fue un “vete” largo, de varios kilómetros. Me puse la ropa y salí. Recuerdo, en la calle, haberme agachado frente al espejo de un carro y haber visto un rostro blanco, blanco, blanco. El rostro del fracaso. ¿De qué me voy a morir?, pensé. ¿De un paro cardíaco?, ¿de vergüenza?, ¿de modorra?, ¿de modorra pestilencial? Bajé al metro. Di vueltas y vueltas y vueltas y vueltas. Pensando. No-pensando.

Cuando volví al nido, a nuestro féretro, la gorda ya no estaba ni sus maletas. Los libros: en la basura. Nuestros manuscritos igual. Puras novelas no- leídas, puros cachos de poemas malborroneados. Apestaba, todo apestaba. No podía ser de otra manera. Encima del colchón había una nota, escrita con letra clara y redonda. La gorda se había mudado (no ponía la dirección) y confesaba que me había querido: “te quise” (¿pero qué significaba eso?¿“te quise madrear”?)

El papelito estaba enterrado debajo de una flor podrida que a su vez yacía debajo de unos pantalones vomitados.

Unos  días después abandoné yo también aquel cuarto, la ciudad, mis anhelos.