Por Manuel Ayala

El primer acercamiento que tuve hacia la obra de Rogelio Villarreal, no fue precisamente un acercamiento enigmático, sino más bien un exabrupto provocado por mi marcada juventud y lirismo revolucionario que cargaba a cuestas por aquellos años. Fue tiempo después de las elecciones presidenciales del 2006, de las cuales aún estaba muy ardido porque, he de confesar, que fui de los tantos que votaron por Andrés Manuel López Obrador y, como muchos otros ingenuos, había quedado insatisfecho con los resultados que se dieron dando como ganador de la silla presidencial a mi paisano Felipe Calderón.

Por aquellos días me encontré en una tienda departamental la revista Replicante, edición número 13, que enmarcaba el tercer aniversario de aquella publicación controversial que hasta la fecha dirige Rogelio, ahora en plataforma electrónica. La compré porque me había llamado mucho la atención la portada: una ilustración digital realizada por Ari Volovich y Jorge Núñez en la que se muestra una especie de fusión entre la imagen del ‘Che’ Guevara y Frida Kahlo.

Cuando iba en el transporte público rumbo a mi casa (cuando todavía vivía en Morelia, Mich.) comencé a hojear y leer la revista. Me bastaron unos cuantos textos para sentir cierto recelo por lo que en aquel impreso se mostraba. ¿Cómo era posible que estuvieran criticando tanto a Andrés Manuel entre sus páginas después del “gran fraude” que habían cometido en su contra?, pensé. Como férreo combatiente que era ese entonces, no lo permitiría y aventé de nuevo la revista en la mochila. “¿En qué momento se me había ocurrido invertir 40 pesos en esa insípida revista?, me dije llenó de rabia.

Tiempo después me fui dando cuenta de las incongruencias del afamado líder de las izquierdas y de los atropellos que se cometían en razón de la “libertad del pueblo oprimido por el capitalismo salvaje”. Fui dejando de congeniar con sus ideas porque no creía del todo lo que esta persona profesaba y, sinceramente, mi relación con la política siempre había sido tremendamente distante porque no creo en la política, no creo en sus dirigentes y no creo que haya un solo personaje exento de ansias de poder.

Esta situación me llevó, aunque a marchas forzadas, a un espacio de apertura interior en el que me permití retomar, mucho tiempo después, esa revista y otras lecturas que discurrían no solamente sobre las incongruencias del “Peje”, sino de toda la fauna politiquera en general. El humor mordaz que manejaban varios de los autores que me permití leer en aquella revista Replicante me calaron positivamente y sobremanera, al grado de que me fui dando cuenta que en realidad yo era más como ellos, en el sentido estricto de pensamiento y correlación de ideas. Ahí fue cuando comencé a interesarme demasiado en la figura de Rogelio Villarreal, el autor intelectual y cabecilla de aquella cuadrilla de grouchomarxistas afilados.

La cosquilla periodística me llevó a buscar textos de Rogelio, algunas crónicas y artículos dispersos en revistas y diarios, y a investigar un poco más sobre su trabajo como editor. Pero no conforme con ello, un día me decidí a confrontarlo y poner más en claro el porqué, por ejemplo, en muchos de sus textos solía criticar y resquebrajar la imagen de vacas sagradas como el mismísimo ‘Che’ Guevara, Fidel Castro, el Subcomandante Marcos y hasta Manu Chao, así que preparé una pequeña entrevista y se la mandé por correo electrónico pensando que quizá ni se tomaría la molestia de revisarla.

A los pocos días ya la tenía de regreso en mi bandeja de entrada, incluso Rogelio se había tomado la molestia de editarla correctamente, así de filoso el señor. Varias de sus respuestas me sorprendieron y encontré un eco en ellas. Había resonancia y compartía explícitamente lo que me comentaba.

Llevo a colación todo esto porque tras la lectura de su nuevo libro “¿Qué hace usted en un libro como éste?”, editado por la excelente editorial Producciones El Salario del Miedo, del también periodista, editor y escritor J. M. Servín, me deja claro que toda esta postura que ha venido mostrando a través de los años es fiel reflejo de lo que en sus crónicas y artículos escribe. Quizá éste el libro más intimista de Rogelio, después de todos los que ha publicado a la fecha. Un libro en el que caben recuerdos, proezas, análisis, remembranzas y agudos comentarios sobre política, religión, cultura, arte, sociedad y sobre todo el periodismo. Un campo en el que Rogelio ha sabido desentrañar y poner en su punto álgido esta profesión.

Las crónicas que conforman este compendio son bibliotecas andantes, son manuales y guías de supervivencia cultural, son espacios dignos para curiosos que les gusta indagar y aprender de la lectura. No hay una crónica de Rogelio en la que algo no te lleve a consultar una revista, un diario, un libro, un disco o el propio Internet, lo cual hace de este libro una pieza doblemente interesante para aquellas personas que les gusta indagar y ser quisquillosos. Todo ello con el toque sarcástico y humorístico que bien refleja toda la obra de Rogelio, un sello distintivo que ha cultivado durante mucho tiempo y que a propios y extraños suele causarles cierta irritación.

Y aunque parece un libro íntimo, Rogelio se desprende totalmente del “yoísmo” para contar simplemente lo que ve (o lo que ha visto), una de las máximas premisas del periodismo, porque el autor se preocupa mucho por la calidad de este noble oficio, porque el hecho de que las cosas se hagan bien y sin tantos aspavientos de esos que generalmente rodean no al periodismo, sino a quienes hacen el periodismo.

Así Rogelio recrea historias y nos sitúa en espacios que solamente la buena escritura puede llevarnos a ello. En este libro se da cuenta de otros, o los otros, desde los conflictos bélicos y sociales en países como Irlanda o Argentina, hasta la resplandeciente vida cultural chinana en Los Ángeles, pasando por la vida en Torreón, Jalisco, Monterrey y con pasadas referencias a Tijuana, ciudad enigmática que nunca suele presentarse constantemente en varias de sus crónicas, ya sea por su condición fronteriza, el constante flujo migratorio o simplemente por las estancias de paso que tuvo por esta frontera.

Sirva pues esta referencia para acercarse a la obra de Rogelio, no solamente a este libro, sino a todos los que comprenden su acervo, pues Villarreal es sin duda un icono ya no solamente de la contracultura mexicana y todo el movimiento que llevó a cabo en años pasados en lugares como el Bar 9, sino un referente también de la literatura contemporánea en el país, del que muchos jóvenes bien podrían tomar nota para aprender en sus caminos.


*Texto leído el día 20 de mayo durante la presentación del libro en la XXXV edición de la Feria del Libro de Tijuana, en el Centro Cultural Tijuana (Cecut).