Por Manuel Noctis

Es bien sabido que a los dueños y directores de medios de comunicación tradicionales no les interesa la cultura. Por lo general la mayoría de estos personajes son simples empresarios que no entienden la labor del periodismo y mucho menos la importancia de la cultura dentro de la misma sociedad. Es por ello que, al menos en este estado, y al parecer en el resto del país, la mayoría de los medios tradicionales no ofrezcan una gama más amplia sobre la fuente cultural, y los reporteros no terminen entonces especializándose en la materia porque además hay que cubrir Economía, Turismo o Clero.

De acuerdo con el periodista Víctor Roura, quien durante más de 20 años estuvo al frente de la sección de cultura del periódico El Financiero, fue en el año de 1948 cuando surgieron los primeros suplementos culturales en México, o que se reconocieron como tal, y hasta 1977 (con la aparición del diario unomásuno) cuando aparecieron por primera vez las secciones culturales diarias en los periódicos (El apogeo de la mezquindad, Lectorum 2012), lo cual quiere decir que el periodismo especializado en la cultura, canalizado directa y específicamente en los medios de comunicación contemporáneos, es relativamente “joven”, aunque esto parezca una ambigüedad, porque el periodismo en sí se practica desde hace muchos años.

Pero, viéndolo desde esa perspectiva metafórica, ¿por qué siendo tan relativamente joven el periodismo especializado en la cultura en los medios impresos contemporáneos del país pareciera que cada vez se desmorona más esta vertiente? Ya lo mencionaba antes, una gran parte de culpa en este sentido son los medios y sus dueños. Los medios que piensan que solamente por ser medio lleva las de ganar, cuando en realidad el periodista es el que hace y ejerce el periodismo, no el medio. Pero ahí encuentro la otra razón de ser por la que el periodismo de cultura vaya de cierta manera en picada: el propio periodista.

El periodista cultural, como cualquier periodista, también tiene que inmiscuirse y revolcarse en el fango. Tiene que ensuciarse, ser visionario, contemplativo, frío para determinar las cosas pero sin perder el sentido de lo humano.

Personalmente me ha tocado trabajar el periodismo en general desde mi propia trinchera, desde la independencia y la libertad de hacer y compartir en medios autónomos, pero también me ha tocado compartir pluma y espacio en medios tradicionales. Así que ambas experiencias me han llevado a conocer, trabajar y experimentar dentro de ambas fórmulas. Más allá de que una u otra forma pueda ser mejor, en ambos casos me he encontrado con que existen personas que trabajan como periodistas y cumplen esa función porque les da para comer y no hay entonces un compromiso serio por la profesión. Es decir, solamente calzan el zapato de periodista pero éste les queda grande. Y cuando una labor queda grande y además se hace sin un compromiso todo vale un carajo.

El periodista cultural, como cualquier periodista, también tiene que inmiscuirse y revolcarse en el fango. Tiene que ensuciarse, ser visionario, contemplativo, frío para determinar las cosas pero sin perder el sentido de lo humano. Tiene que ser crítico, conocer y dominar los temas. Estar al ciento por ciento con la profesión. Tiene que vivir como periodista. Estar siempre al acecho de un asunto, evento o trivialidad. El periodista no cumple una jornada laboral de 8 horas diarias, eso solamente le da formalidad y dinero al asunto. Pero hay quienes llegan a casa después de cumplir con ello y pretenden olvidarse de todo lo que tenga que ver con noticias, redacción, periódicos, radio, tv, para “descansar”. Patrañas señores. Aquel que no llega a casa a ver, pensar o investigar más del tema que le tocó cubrir en turno no es un periodista que se digne de ser serio y comprometido con su labor.

Aunado a ello, existen periodistas que parecen haber salido de un molde predeterminado en el que les incluyeron ya las formas y elementos para proceder con su trabajo. En las escuelas donde se forman periodistas y comunicadores les enseñan siempre a determinar qué no se debe hacer, y entonces el joven reportero-periodista que quiere emprender su labor sale y dice: “¿Ah, chingá, entonces qué sí debo hacer como periodista?”. Uno diría que en definitiva todo lo contrario. Pero la bronca es que no hay todo lo contrario, porque en los moldes académicos y tradicionalistas solamente está una fórmula y ya.

En mi caso, como lo menciona el periodista y editor, Rogelio Villarreal, en su libro El periodismo cultural en tiempos de la globalifobia, “no concibo el periodismo de la cultura si no es animado, a la vez, por un espíritu generoso, tolerante y provocador”, y eso, en la mayoría de los casos, a los jefes de redacción de los periódicos no les cae mucho en gracia, por lo tanto siguen repitiendo la formulita de que para todo hay que iniciar haciéndose las cinco preguntas claves del periodismo o a fuercitas esclarecer las cosas con los famosos “datos duros” que muchas veces a nadie le importan o no le impactan como se piensa.

Hace falta romper esquemas y perder el miedo a que me corran del trabajo por exigir mayores índices de calidad y congruencia.

Lo que quiero decir con ello es que el periodista cultural, en el estado (Michoacán) y cualquier otro lugar, debería también comenzar a experimentar, a sobrepasar esas fórmulas y límites que sigue dictando el periodismo burdo y acartonado. La gran mayoría de los colegas solamente escriben para el medio en el que trabajan y, en ello, creo, aplica una cerrazón y apaciguamiento en cuanto a la investigación y difusión cultural. El periodismo sirve para informar, para dar y dejar un testimonio de lo que sucede en nuestro mundo, y la cultura no es la excepción, hay temas de donde sacar tela, como dice también Villarreal, “no debe haber tema que escape a la atención y la disección del periodista cultural”.

Bien lo dice otro buen periodista, José Luis Martínez, quien dirige actualmente el suplemento Laberinto del periódico Milenio: “Porque el periodista es un escritor, y las secciones de cultura y espectáculos le permiten ensayar todos los géneros y desplegar esa condición indispensable del oficio: la creatividad, a la que tantos renuncian arrastrados por la marea incesante de los lugares comunes, de los boletines de prensa, del mal entendido compañerismo que les impide disfrutar siquiera una vez en su vida el placer de la información exclusiva, el privilegio de abrir caminos, de marcar rumbos”.

En fin, hace falta pues que el periodista se dé cuenta de ello y comience a ponerlo en práctica. Hace falta que las nuevas generaciones de periodistas ejerzan la crítica y no se queden en el simple comodato adulatorio. Hace falta confrontar y confrontarse con uno mismo. Hace falta seriedad, compromiso. Hace falta romper esquemas y perder el miedo a que me corran del trabajo por exigir mayores índices de calidad y congruencia. Hace falta muchas veces decirle sin miedo al jefe que es un reverendo ignorante de la profesión. Hace falta ser autocríticos. Hacen falta verdaderos reporteros de a pie y no tanto periodistilla de escritorio. Mientras todo esto haga falta, el periodista cultural, siendo relativamente tan joven, o utilizando esa metáfora como tal, comenzará a envejecer rápidamente y no habrá manera, quizá, de reavivarlo.


Publicado originalmente en la revista Satélite Media.