Por Javier Ibarra

Eli ya no se encontraba a mi lado, acostada en la misma cama. Había amanecido y sólo dejó una nota señalando que no tardaba, que rápido regresaba con lo indispensable para preparar el desayuno.

La noche anterior habíamos acudido a una reunión que organizaron algunos de sus amigos con los que estudió sociología. Las fechas coincidieron y cumplimos un mes de salir juntos. También se cumplió la primera vez que me quedé a dormir con ella en su departamento.

Eli, en ese hogar donde se respira tranquilidad, vive con su hermana menor Jimena y Khan, el schnauzer miniatura y plata que alegra todas sus tardes moviendo su pequeña cola, después de que ambas regresan de trabajar.

Podría asegurar que gracias a Khan comencé a sentirme más identificado con Eli. Enfrenté mi mayor miedo de toda la vida: los perros. En el transcurso de estas cuatro semanas he sabido acostumbrarme a vivir de mejor manera con ese trauma, con esas cuatro mordidas que sufrí cuando era pequeño; todas a cargo de perros callejeros.

La primera vez que cruzamos palabras Eli y yo, cuando la conocí en un concierto de Dinosaur Jr. por algunos amigos que tenemos en común, al finalizar el show hablamos de los schnauzers. Le dije a Eli que recientemente yo tenía uno de color negro, también miniatura; que su nombre es Dolores, que mi roomie se había atrevido a llevarlo a nuestro hogar aun cuando conocía mi terrible historia con los caninos. Eli mencionó a Khan y bueno, lo demás comenzó a ser historia.

En cuanto pasé a dejar a Eli a su departamento posterior a la reunión de sus amigos de Sociología, me dijo que tal vez podía quedarme a abrazarla. Jimena había ido a visitar a sus papás a Buenos Aires, Argentina de donde ellas son originarias. No me pude negar. Entré a su departamento y ni siquiera pensé que ahí se encontraba Khan.

Antes de terminar con seis cervezas que Eli tenía en su refrigerador, desnudarnos, apagar la luz de su habitación y explotar de placer, escuchamos un viejo vinyl de The Album Leaf que le regalé dos semanas después de conocerla, para así intentar conquistarla.

La velada fue increíble. Creo que comienzo a sentirme enamorado. Khan ya no permaneció encerrado en uno de los cuartos. Lo pude conocer mejor. Las veces anteriores que me atreví a entrar en su terreno, acostumbró ladrarme con bastante odio, hasta que Eli y yo comenzábamos a bajar las escaleras rumbo a la calle. Controlé mi fobia y juré que si venía corriendo a mí, ladrando, moviendo su cola y brincándome encima, no era porque intentaba tirarme una mordida. No sé qué fue lo que pasó pero me sentí otra persona, un domador de perros, como en la televisión.

Acaricié a Khan por mucho tiempo. Le lancé una y otra vez su pequeño Winnie Pooh de peluche para que corriera por él. Hice eso tantas veces que ni siquiera me percaté que Eli se había cambiado de ropa, dejándome ver sus lindos pechos gracias a una muy transparente camisa extra grande de la caricatura de Los halcones galácticos.

Al siguiente día por la mañana, en cuanto abrí mis ojos, vi esa nota que Eli dejó en su mesilla, a un costado del libro que está leyendo: Niños futbolistas de Juan Pablo Meneses. Khan dormía encima de mis piernas. Como pude me paré de la cama y contemplé por la ventana lo tranquilo que es esa zona de la ciudad.

Eli vive en un tercer piso, al nororiente de la CDMX. Sus ventanas dan a una avenida por la que casi no circulan automóviles. La verdad es algo demasiado extraño cuando uno esta acostumbrado a sobrevivir en medio del caos. Pero esa mañana un perro muerto que tenía las tripas de fuera yacía en medio de la arteria vial. No pude distinguir su raza, estaba desfigurado; como si toda la noche los neumáticos de los escasos vehículos que transitan por ahí hubieran pasado encima de él.

Todo fue más extraño al momento de estar contemplando ese suceso mientras tenía entre mis brazos a Khan, acariciando sus largos bigotes que distinguen a su raza. En eso escuché que Eli abrió la puerta del departamento.

Caminé a la cocina, la abracé y le dije “buenos días”. Ella sonrió como nunca antes al ver que Khan y yo comenzábamos a ser amigos.

Hicimos hot cakes y preparamos dos tazas calientes de café con leche, sin embargo, para ese momento no podía dejar de pensar en el pobre perro atropellado.

Terminamos de desayunar y le pregunté a Eli si había visto lo que estaba en medio de la avenida, al momento en el que salió a la tienda de autoservicio para traer la harina, mantequilla y miel de maple que hacían falta.

Eli se sorprendió. No tuve otra opción que llevarla a su ventana, que se diera cuenta qué ocurrió por la madrugada, entre nuestros gemidos. En ese instante un viejo vagabundo que pasaba por ahí comenzó a arrastrar al perro atropellado de la cola, hasta dejarlo en la banqueta del hogar de Eli.

Bajamos las escaleras con la idea de ir al módulo de la policía que está atrás del edificio, enfrente de un parque. Lo que quedaba del perro en cualquier instante apestaría toda esa zona.

Al abrir la puerta que da a la calle una delgada mujer de tez morena, como de 40 años de edad, detuvo nuestro andar gracias a sus esquizofrénicos gritos de tristeza y dolor. Ella era la dueña del perro que tenía las tripas de fuera.

La señora gritaba como un mantra el nombre de Jeromes. De rodillas a su mascota comenzó a llorar desconsoladamente. Abrazaba al perro sin importarle ensuciar su ropa. La imagen fue demasiado fuerte. Eli reaccionó de una forma positiva y fue a apoyar sus manos en los hombros de la destrozada mujer. Yo no podía explicarme del todo bien lo que veía con mis propios ojos. Me vino a la mente Dolores. Sabía que no podía estar preparado para reaccionar como lo hizo Eli, quien tiene más tiempo conviviendo con Khan que yo con “los mejores amigos del ser humano”.

Minutos después reaccioné. No me explico por qué subí corriendo al departamento de Eli. Khan ya no ladraba con furia, emitía un sonido amistoso. Suspiré, saqué mi celular y le marqué a mi roomie para preguntarle por Dolores. El resultado fue que ese schnauzer miniatura que está por cumplir un año de alegrarme por cualquier motivo, sin importar mi estado de ánimo, seguía esperándome desde la noche anterior dentro de mi habitación, arriba de mi cama, para mover su cola de un lado al otro en cuanto su olfato le dijera que había regresado.