Por Jaime López

Tuve muchos oficios, pero nunca imaginé que de escritor pasaría a gladiador de lucha libre. Yo simplemente acompañaba a un grupo de amigos en una gira. Siempre me gustaron las funciones de lucha libre, sobre todo si eran armonizadas por la siempre sabia, inteligente, cómica y pintoresca narración del Dr. Alfonso Morales o el “Rudo” Arturo Rivera. Pero nunca, de ningún modo que no fuera en una fantasía infantil, creí terminar en un ring de este deporte.

El caso fue que un gladiador programado para la lucha estelar había sufrido una lesión y no podía presentarse a la contienda. Fue reemplazado por otro de una lucha inicial cuyo lugar quedaba libre pero no podía ser sustituido por nadie ya que en dicho viaje no había paleros y todos tenían encuentros pactados. Así que a algún presente se le ocurrió que yo podía sustituir al faltante. Me preguntaron, acepté, no sé por qué, quizá por que parecía fácil. No tenía que hacer gran cosa, unos cuantos gritos, caídas, patadas, dejarme rendir con la llave clásica del adversario. La lucha era a una sola caída así que todo estaba dibujado.

Eso creí, hasta que el rival comenzó a despotricar contra mi sin motivo aparente, sin siquiera conocerle, ni hallarnos frente a la gente. Antes de salir al ring continuó haciendo alusiones a mi madre, mi sexualidad, mi cabello largo, mi piel muy blanca, y comencé a “calentarme”, a entrar en su juego. Estuve a punto de írmele encima, con la desventaja conocida, pero fui contenido por mis amigos. Ya se arreglaran las cosas allá afuera, en el ring, me dije, aunque no sabía con qué recursos de mi parte ni debilidades de la suya.

Él fue el primero en ser anunciado. La Arena México estaba repleta, la gente lo conocía y tenía muchos seguidores a pesar de no ser un peleador estelar. Niños corrían a su encuentro en el pasillo hacia el ring, las mujeres lo besaban, posters con su imagen salieron por todos lados, era un ídolo naciente. Pero para mí era solo un infeliz que me había insultado ardorosamente momentos antes, y debía cobrarle su osadía aunque me costara caro el hecho.

Cuando salí al pasillo no supe si la rechifla, los vasos desechables y las servilletas hechas bola que me llovían eran por que no se presentó el luchador programado, por el apoyo generalizado a mi oponente, o porque yo de ningún modo lucía como un luchador. Me habían dado unas mallas amarillas que me quedaban flojas, una capa azul, unas botas dos números más grandes que el mio y un pañuelo impreso con una calavera que até  justo debajo de mis ojos y caía hacia abajo. Pero a mi nada me importaba, ni siquiera lo que pudieran pagarme o si gustaba al público. Ardía de coraje mientras el otro hablaba por el micrófono del sonido profesional que retumbaba, y sus insultos rebotaban en todos lados multiplicándose, por cinco, por diez mil, mi coraje crecía, las matracas giraban, las consignas lloviznaban, subí al “encordado”.

El sujeto no dejo de insultarme. Se plantó frente a mí, me llamó niña bonita, cuerpo de perro parado y muchas cosas más. Yo quería desprenderle la cabeza pero seguía hablando y comenzó a vociferar invitándome a golpearle, al no hacerlo me arrancó el pañuelo de la cara y me escupió en el pecho. Seguí inmóvil, sentía mi rostro arder, la sangre corriendo como río caudaloso, como fuego bombeado hacia mis piernas y puños. La clásica preparación fisiológica para enfrentar una amenaza, todo se había tornado en algo más que una aventura, un favor a un amigo, un compromiso de trabajo, ese tipo iba a saber quién era yo.

Escupió de nuevo, pero esta vez su saliva callo en mi rostro. Volvió a requerir que lo golpeara. Escupió otra vez y exhortó al público a que coreara un insulto contra mí. Luego dijo: “tiene miedo, ni siquiera puede escupirme”, así que reuní saliva y me dispuse a lanzarla con velocidad y puntería inusitadas, pero mis labios estaban tan rígidos y cerrados que la baba apenas escurrió por mi barbilla. Lo intente de nuevo, una vez más, comencé a aterrarme; la gente reía, gritaba. Mi temperatura iba en aumento, ahora no solo tenía coraje, sino que sabía que la gente tenía razón al atacarme, estaba intentando escupir y sólo conseguía parecer un niño haciendo pucheritos, escurriendo saliva, entonces me decidí a hacerlo.

Estoy sugestionado, pensé, todas estas personas, miles y miles, mi falta de hábito a las multitudes, a la atención, a los insultos, el verme aquí, solo, desamparado, eso me ha hecho inmovilizarme y estar babeando como adolescente en table dance, como perro en carnicería. Pero si me concentro y me deshago de todas estas influencias, ya verá ese tipo qué clase de escupitajo recibirá su carota. Me concentré y echando la cabeza primero hacia atrás y luego hacia el frente lancé con fuerza un prodigioso salivazo.

De pronto escuché una voz femenina que me dijo: ¿Por qué me escupes? Abrí los ojos, miré a mi esposa, la saliva le escurría por el rostro y caía en su almohada.