Por Luis Bernal

Recuerdo que un día de sol, no de cualquier sol, de uno de esos que no sólo quema sino que te hace pensar y odiar al mundo, viajaba luego de veinte minutos de pie en un camión. Mi corazón empezaba a agitarse de la felicidad al ver un asiento liberarse del culo de una chica de cabellos verdes, pero una señora que se había subido después que yo fue rauda como una cucaracha cuando alguien prende la luz, y se sentó. Adiós descanso.

Ese día anduve de malas hasta que anocheció, y bien, decidí que ese tipo de injusticias debían terminar. No es posible que cada que me subo a un camión, alguien me joda. Así que empecé a redactar una minuciosa lista de ideas para presentarla a la concesionaria encargada de la ruta. Algunas de estas ideas eran, por ejemplo, que asignaran un código a los boletos que entregan los choferes y que estos sirvieran como criterios para asignar los asientos que van quedando libres. Arriba del parabrisas, donde siempre está la consigna esa que nadie respeta de descender por la puerta de atrás, bien, ahí podrían poner una pantalla que indicara el número al que le corresponde el lugar recién liberado. Así, cada uno se sienta en el orden en que subió al autobús. Si esto pudiera aplicarse, ya no habría que tener ese pendiente de ganarle la carrera a la doña embustera o al secundario que no tiene pudor en correr por todo el camión para sentarse.

Total, le conté la idea a un buen amigo, un hombre muy erudito, me dijo que en El Salvador, este país centroamericano, se aplicó alguna vez esa metodología y que en un principio dio buenos resultados. Sin embargo, con el tiempo los tickets comenzaron a tener gran importancia en la sociedad; para ganar votos el municipio estableció reglas adicionales: el número capicúa significaba que el afortunado o afortunada, tenía la posibilidad de elegir el asiento que más le gustara y obligaba a quien allí estaba sentado a bajarse inmediatamente del camión. Quienes obtenían códigos de boleto cuyos caracteres sumaran 20, recibían un reintegro del pasaje abonado; se decía que este tipo de reglas estimulaban el pensamiento matemático de los ciudadanos. Si el código estaba compuesto por unidades en orden ascendente o descendente (23456; 76543), el pasajero tenía derecho a proponer un recorrido nuevo al chofer para así poder llegar más temprano a destino. ¿Se imaginan?

Las artimañas no tardaron en aparecer y obviamente comenzaron a pasar cosas extrañas. Dos pasajeros con el mismo código en el boleto, por ejemplo, así que el chofer era quien debía solucionarlo; desconcertado y sin la capacidad para eso decidió escapar. El resto de los pasajeros indignado optó por quemar la unidad.

Como ejemplo cercano a este país pondré los saqueos: un día en determinada ciudad, digamos San Nicolás, roban hasta el hartazgo. Al cabo de los días se replican saqueos en Xalapa, Ecatepec, San Luis, etc. La repetición de problemas con los asientos en los camiones se multiplicaron al instante y dieron lugar a guerrillas golpistas. No hizo falta mucho para que en poco más de un mes el país estaría en guerra civil.

Mi amigo, el que me contó esta historia, había sido uno de los choferes que pudo escapar a tiempo, antes de que condenaran a todos a la guillotina. Creo que después de conocer esta historia, prefiero viajar de pie.