Por Eduardo Carrillo

Entras. La barra y los taburetes. Pides una cerveza; caguama y oscura, como siempre. Servilleta entre barra y envase, labor de la cantina. Pagas, sin propina, apenas te alcanza para un vicio que te queda grande.

Estás solo en la barra. Eres el rey. Reina la Oscuridad. La luz del sol nunca ha dado al interior del bar. Suena Aladdin Sane y te regocijas en tu reino, que no existe sino forzosamente en el exilio del tiempo y lo cotidiano, bajo el cobijo de la oscuridad. C. Narciso Gómez, fugitivo de la realidad.

La cantinera te ve. Ella de cuerpo más viril que el tuyo; aquella que cuando embrutecido siempre prometes tener, algún día, montada a tu pene, chorreando su sexo y gimiendo placeres. Bebes. Ella sonríe y no evitas verla debajo de ti, con su edén entre piernas racionándole a tu parte un zumito puro y embriagante.

Segunda cerveza. Mismo rito de entrega, pero ahora hay diez pesos de propina, tu vuelto del billete con el rostro de Morelos y Pavón.

Se ocupan la barra y los taburetes. Adultos para los que con tus veintitrés eres un mocoso que poco sabe de la bebida, la vida y el trabajo: un cobarde oculto en textos; en la conquista de una nueva hoja en blanco, esa flor triunfante en la primavera de derrotas que reconfirma aquello del Indio, ni vencedor, ni vencido: ¨somos vencedores vencidos¨.

Los cigarrillos reaniman el tráfico de flemas que habitan en tu garganta desde hace un par de meses. Piensas en tu salud y… pues: ¡SALUD!, pides la tercera. Visitas al pato en el baño; le atizas con todo y ves tus orines pintados de azul: rey en su reino.

Regresas a la barra que desde hace un rato compartes con dos mariachis, un pintor y tres rucos con oficio informal en el gabacho (hazaña cumplida del sueño fronterizo). Repasas tus encuentros conversacionales con ellos: los mariachis hablan del jale y sus precios o de nieve para las fosas nasales. El pintor es un hombre de fe divina y su obra un tributo a las criaturas de los cielos. Pasas de acercarte de nuevo, sabes de lo elemental que es desconfiar de los hombres que ponen a Dios antes que a sí mismos, siempre interregnos. Tampoco hablar de amor, mujeres, ni celibato, puterías o amor de nuevo, nada de eso, otra cerveza, eso sí, estás en tu reino, reina la Oscuridad. Los del oficio gabacho cosechan sus pecunias del mismo árbol que tú (los ves dos veces por semana en la garita de San Ysidro); pero dejan ver un andar más roído y viejo. Ellos no pasman lloriqueos en páginas desnudas. Ellos probablemente no lloren, pues llevan la boca llena de consejos. Narciso y sus viejos, fatuos modos: que bebes solo, junto a ellos, rodeado de gente, pero solo. Aunque para el fin de los días vales lo mismo, que ellos, que todos, tiempo, sólo tiempo para pagar la vida, comprar la muerte; el cuento de todos, pero escrito diferente, éste es el tuyo.

Piensas en ella, aunque ella tenga tantos nombres. Hay algo que te hace quererlas a todas. Sin descanso van a devorar. ¡Superlogico, sí, sí, sí! Tu cariño repartido en embriagantes dosis de mujeres, pero el amor sólo en una, la que te ha abandonado para estar mejor… y lo estás, Ten Yeas Gone, Zeppelin y tu envase muy lleno. No dejas dudas, eres el rey; aunque sin reina, ni trono, ni nadie que lo comprenda, tal vez José Alfredo, si no, Esther.

Escribes un poema reflexivo en una servilleta cuya poesía te quedará embarrada al cagar. Entonces tu culo tendrá más rimas que tu ex mujer.

Decides marcharte cuando se aparece Hernando, el argentino al que conociste en esa misma barra.

—Sha conseguí coca, loco —dice y se sienta junto a ti

—¿Y está buena? —preguntas al contestar.

—Un poquito. Me la vendió el chabón del bar.

No hay cerveza y el de La Plata pide la siguiente. Sabe de rock y eso es lo que a ti más te gusta.

Le da por revivir su tiempo en prisión. Nunca habla de eso; si lo hace lo hace poco, aunque a ti ya te ha dado el cuento completo. Ves su rostro languidecer febrilmente.

Beben.

Antes de que reviva el relato de su deportación desde Texas, le das por donde los dos ponen calma a los nervios: Patricio Rey.

—Entonces, ¿cuál es el mejor álbum de Los Redondos? —preguntas.

—Uh, no sé loco. Fijáte que sho no sé ni por cuál empezar, ah, porque me gustán todos. Sho soy Redondito de Ricota desde que era un pibe, ¿me entendés? Me gustá La Mosca y la Sopa, qué sé sho, Oktubre, Lobo Suelto… son rebuenos todos.

—Y Luzbelito —dices y bebes.

—Sí bueeeeenooo, todos. ¿Qué tal Los Piojos, más stones, ah? —ríe, luego bebe.

—Me gustan, pero me gusta más Luca Prodan.

—¿Sabés que el pelado era italiano?

—Era un genio. Juventud Divino Tesoro, poesía de Darío en el arte existencial de Luca: la libertad —estás borracho, no te entiendes.

Te habla de un posible regreso a Gringoland, allá está buena la coca y tiene cabida en el negocio. To beef or no to beef se te viene a la mente. Entiendes por qué sentó hablando del arresto y la deportación. Un padre anhelando el rostro de su hijo, de eso se trata esto…

El extranjero va por la siguiente. Te has ido antes de su regreso, primero al baño y luego a casa, se acaba el exilio: de vuelta al tiempo y la realidad.

Te vas sin despedirte del amigo al que tal vez ya no verás más y sin sonrisas de la que un día tendrás… volverás casi enseguida, sabes que un rey no puede apartarse mucho tiempo de su reino y que aunque haya perdido a su reina, aún tiene suficiente realeza para la oscuridad de alguna barra. Rock ‘n’ Roll Suicide.