Por Nothingman

No tenía mucho que decir. Se puso sus tacones, dejó su boca perfectamente delineada por el labial rojo que siempre cargaba en su bolso. La minifalda plateada, brillosa, deslumbrante como para espejear las luces nocturnas, luces de arbotantes, de carros, de torretas de patrullas o de cualquier cosa que se aproximara a pedir sus servicios. Se acomodó su ombliguera amarilla y arregló el cabello. Marcela, así se llamaba, o así le gustaban que le dijeran, Marcela Burroughs. Esa especie de nombre artístico que la había acompañado desde que la persona que consideró el amor de su vida se lo dijera al oído, cuando perdió su virginidad. Seudónimo que jamás abandonaría.

Caminó directo al sector alianza en el centro de Torreón, sin importarle nada, extrañando las viejas cuadras de toda la avenida Morelos, esa parte de la ciudad que en otro momento fueron no un refugio para la prostitución, sino un edén, un paraíso donde la inhibición absoluta daba cabida a penes frustrados y anos sedientos. Abría sus largas piernas con la mirada en alto, desafiante, sobre el asfalto dedicado exclusivamente para peatones, mientras los meseros de los bares la observaban, como se mira un animal exótico detrás de un aparador. Pero a ella ya no le importaba nada, desde hacía dos años la vida ya no era la misma, el centro de Putorreón había perdido su sordidez, su desgasto, su tristeza, su inmundicia, y ahora estaba intentando, de mala manera, reinventarse, como si los hoteles boutique fueran un cliché en el desierto.

Mientras se desplazaba a lo largo de la calles, con ese aromático olor a Dolce & Gabbana Light Blue, recordaba cosas, porque eso era lo único que ella podía permitirse; olvidar no era una opción en su mundo, era una herramienta de sobrevivencia, recordar para improvisar, su vida era como un jazz mal ejecutado. Tomó el celular de su bolso y conectó los auriculares. Miró la hora, el reloj marcaba las diez de la noche. Sintonizó la radio y siguió su camino directo a la Alianza, ese antiguo barrio de la Comarca Lagunera donde se habían librado batallas históricas, entre ellas la toma de Torreón, y últimamente la guerra contra el narco, eso lo sabía ella, pero tenía conocimiento de esos temas a través de sus clientes, como aquel viejo que se decía descendiente directo de Villa, el mismo que todos los jueves sin falta contrataba sus servicios.

Cruzó la plaza de armas, le gustaba la vista del Banco de México, ese edificio emblemático donde fue extorsionada por un policía que la subió a la patrulla y, contra su voluntad, la penetró por el culo; eso también lo recordaba, porque no se puede olvidar un desgarre anal de la noche a la mañana. Se detuvo frente a la entrada y encendió un cigarro, el filtro quedó manchado de lipstick color cereza, se detuvo unos segundos para quitarse una piedra que se le había metido entre la suela de los tacones y la planta del pie. Cuando se repuso miró la hora en el reloj del quiosco de la plaza de armas. Eran las diez con quince minutos, un tiempo récord para caminar con tacones desde la Colón hasta  el edificio Monterrey. Esa parte era la que más le gustaba del centro, porque aún no perdía en su totalidad el olor a frutas y verduras podridas, porque todavía se podía observar la basura tirada a lo largo de las banquetas y también, como si fuera una niña de cinco años, le gustaba saltar en los charcos de agua negra que se formaban en las esquinas de cada calle. Dobló en 5 de Mayo hasta llegar a la Juárez y se paró ahí a esperar a Emmanuel, quien la había citado para ir a los Baños Royale.

Sacó otro cigarro y lo sostuvo en su mano derecha junto con su encendedor blanco que tenía la leyenda de OXXO. Miró a su alrededor,  jugaba con el encendedor y el cigarro en ambas manos, los pasaba de una a otra y hacía círculos en el aire con ellos. Se paró una patrulla de chotas y la miraron como perros sedientos, era una profesional, así que volteó hacía ambos lados de la calle, apretó el encendedor con su mano derecha y guardó el cigarro. Uno de los oficiales abrió la puerta y ella se subió, la negociación fue corta,  cincuenta baros por una mamada, cien si quería venirse en su boca.

Diez minutos después bajo de la patrulla, caminó de nuevo a la esquina y guardó el billete en un compartimento secreto de su minifalda. Sacó una botellita de enjuague bucal que compró en una farmacia Simi y se enjuagó la boca, si algo odiaba Emmanuel era besarla con sabor a pito. Sacó el cigarro de nuevo y lo encendió, miró de nuevo el reloj. Faltaban cinco minutos para las once. Ya no tardaría Emmanuel. Notó que las calles estaban más solas de lo normal, comenzó a contar los automóviles que pasaban frente así, en quince minutos solo habían pasado dos y una moto. Volvió a mirar el reloj y Emmanuel no aparecía, por lo regular también llegaba caminando, así que volteaba a ambas esquinas pero solo veía ratas cruzar la calle de un lado a otro metiéndose en madrigueras de puestos de lonches, de frutas, jugos y licuados que comenzaban sus labores a las cinco de la mañana en el centro de Torreón.  Había un silencio incómodo.

Desesperada, comenzó a caminar de izquierda a derecha, con la cabeza gacha, como si estuviera en cautiverio, contando sus pasos y al mismo tiempo repetía el coro de una canción de Lupita D’Alessio que sonaba en su celular. Cuando hubo levantado la cabeza miró a Sherleen, con el rímel corrido por los cachetes, una ceja sangrando y los labios partidos, un hilillo de sangre corría desde la comisura derecha de su boca hasta el cuello. Se sorprendió, se asustó, le preguntó qué había pasado. Sherleen apenas y podía articular palabras, entre los labios reventados y el llanto, lo que decía no podía ser escuchado a la perfección. Solo entendió algo claro:  ¡Co-rre, coc…co…co-rre!

No tuvo tiempo de pensar, tomó de la mano a Sherleen y corrió, sin rumbo simplemente corrió, no le importó nada, no hubo avanzado tres cuadras cuando un carro se detuvo a su lado y de la ventana un tipo sacó un arma, se escucharon tres detonaciones. Marcela cayó al suelo y Sherleen encima de ella.

Abrió los ojos, no supo cuánto tiempo estuvo desmayada, como pudo quitó a su amiga de encima de ella, sintió sangre en su rostro y se espantó, trató de limpiarla pero era inútil, sacó un espejo de su bolso y notó que la sangre no era suya, sino de Sherleen, quien tenía un hoyo en la cabeza, miró su cuerpo sin vida, a un costado de ella, no sabía qué hacer, sintió un dolor inmenso en la nuca, se tocó con la mano que no estaba manchada de sangre y logró notar un golpe, al parecer se había pegado contra el pavimento. Se puso en pie, sacó su celular y marcó el número de Emmanuel. Jamás le contestó. Haciendo un esfuerzo se compuso y corrió, siguió corriendo hasta llegar al bulevar Independencia. Le faltaba el aire, ella vivía cerca de ahí, entre los límites de Torreón y Gómez Parrancho.

Llegó a su casa, se metió a bañar y se puso hielo en la cabeza para disminuir la hinchazón en su nuca. No tenía la menor idea de lo que había sucedido, pensó, de nuevo recordó, la cara fría, seca, de su amiga Sherleen, sin vida, con un hueco en la cabeza que le reventó los sesos, la sangre en su cara, en su ropa… rompió en llanto hasta quedarse dormida.

Escuchó un golpeteo a lo lejos, se fue haciendo cada vez más constante y seco, el sonido le retumbaba en la cabeza, abrió los ojos y se dio cuenta que tocaban la puerta de su casa, se levantó despacio, se puso una camisa, abrió la puerta y vio a dos agentes del Ministerio Público. Los reconoció enseguida, pero no tuvo tiempo de reaccionar, comenzaron a tirarle golpes, sin pausa alguna, no sabía qué hacer, trató de cubrirse pero no pudo, cayó de tal forma que no se movía, sintió patadas en las costillas, en los brazos; cada puño que se estrellaba en su cara le explotaba como machacar carne de cerdo, escuchaba los insultos de los agentes pero no los entendía, tenía los oídos aturdidos. Cuando al fin terminaron los puñetazos, se puso boca abajo y escupía sangre, le costaba trabajo inhalar aire.

Un oficial tenía en su mano la billetera de Marcela. Leyó sus datos personales, su nombre verdadero era Leonel Peláez Andrade. Se dedicaba a la prostitución desde hace quince años, y lo culpaban de la muerte de Emmanuel Hermenegildo Zárate, Subprocurador Regional de la Procuraduría General de Justicia en el Estado. Los dos agentes que la golpearon eran la escolta personal de Emmanuel, los únicos que sabían de su homosexualidad y su fetiche por las vestidas. Uno de ellos le escupió en la cara y le dio una última patada en el culo. Lo esposaron, lo subieron a la camioneta y lo llevaron al vado seco del Río Nazas. Lo desnudaron y le dispararon en la cara con una 45 que le deshizo un ojo. Cayó de espaldas con la otra mitad de su rostro machacada por los golpes y cubierta de sangre. Cuando terminaron. El otro oficial sacó un puñal y se lo clavó en el cuerpo 25 ocasiones. Antes de partir, le taparon la cara con una bolsa negra y lo dejaron tirado en la tierra caliente del lecho seco del río, bajo los más de cuarenta grados del desierto lagunero.

Dos días después cuando encontraron su cuerpo y catearon su casa, encontraron entre sus cosas el celular y un mensaje del número privado de Emmanuel, fechado el día en que prometió llevarla a los Baños Royale, enviado a las dos mil cien horas. Solo decía que le urgía verla —porque él siempre lo trató como mujer— a las 11 en punto en la esquina de 5 de Mayo y Juárez, para ir a La Escuelita, la parte trasera de los Baños Royale, porque tenía algo muy importante que decirle. Eso fue todo, eso fue lo último.