Por Wenceslao Bruciaga

 

Días de seroconversión

Gerardo recibe un mensaje de texto en su celular:

—Es el Santi, Santi Estigarribia, que está en el lounge vip del Guilt, que si los alcanzamos, ¿cómo ven? Vamos Hipólito, te va a gustar la música de ahí. Es más fresa…

¿Había necesidad de mencionar el nombre completo del tal Santi?

Se supone que el Envy (que sólo abre viernes) y Guilt (sábados) son los clubes gays más exclusivos de la capital. Se encuentran escondidos al fondo de un centro comercial de Masaryk en Polanco, la calle donde abren sus puertas las tiendas más costosas de todo el DF. No me dejaban entrar por llevar tenis Adidas con vivos amarillos y una camiseta blanca de bordes verde ácido con la portada del Pills ‘n’ Thrills and Bellyaches de los Happy Mondays, la extraordinaria banda de Manchester que fue capaz de poner a los rudos hooligans de Inglaterra a bailar y sumergirlos en el verano del amor. Se supone que sólo camisas y zapatos pueden entrar como una especie de filtro de costura para asegurar que sólo gente y lesbianas bonitas pueblan el Guilt. Debió aparecer un amigo del gerente y de Gerardo para que nos quitaran la cadena.

Hay una fantasía muy aspiracional de que en el Guilt ligarás un buen partido. Algo así como un güerito que los saque de la pobreza. El templo de la realización de los derechos como el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Los antros de la Zona Rosa y Polanco no son muy distintos, a excepción de los precios exorbitados y la iluminación robotizada en los de Polanco, la música es prácticamente la misma. En los antros gays de Polanco, los parroquianos sienten que la pista de baile es burguesamente superior, nomás por invertirle cerca de dos horas en planchar la camisa y farolear al borde de una cadena y frente a un cadenero que tuerce la boca con la misma arrogancia con que lo hacían los gorilas con olor a Stefano que custodiaban las discos bugas de mediados de los años 80 ¿Y aún se atreven a decir que la actual banda gay es la más liberada? Pues con todo y la cadena y su cadenero con look de Saúl Lisazo —cuando seducía a Lucía Méndez en la comedia estelar, la de las 9 de la noche—, a muchos la adrenalina se les sube como olla exprés cuando escuchan los primeros beats de En la Oscuridad de Belinda o Prefiero Ser su Amante de María José, y eso que ni siquiera se han tragado una tacha.

Incluso a mi pesar, tengo que decir que gran parte de la verdadera vanguardia electrónica, digamos clubbing, hoy día, se está dando en el subterráneo buga.

El Guilt también es frecuentado por esos gays ingenuos convencidos que copiar los modelitos de portafolios de revistas como Nylon y tener la discografía completa de Stereo Total los hace alternativamente superiores a los popperos de la Zona Rosa, los fresa de Polanco y las musculocas circuiteras que hace apenas unos días creían que estaban al último grito de la White Party por postear el más reciente sencillo de Cher.

La sala lounge vip del Guilt es un rincón que puede ser un imperceptible loft o balcón forzado, según la perspectiva, con vista a la pista de baile y a la cabina del dj.

Santi y sus amigos son el prototipo del gay que se esfuerza por no dejar rastro de clase media en su atuendo, camisa a cuadros, Dockers, zapatos bostonianos. Aún así yo me vuelvo el centro de atención por mis tatuajes y las vistosa tipografía de los Happy Mondays. En una mesita al centro de un sillón redondo se encuentran varias botellas de Stolichnaya sabor vainilla y raspberry, y frascos de agua tónica, pero yo pido un Jack Daniel’s al mesero.

Saludo a puros desconocidos, Santi, Jerry, Jerónimo, Johnatan y Aitor, este último se transforma en un ser alterado y paranoico al verme. Ya nos habíamos visto antes. Fue el guapo que estuvo a punto de matar al señor moreno del Sodome cuando lo arrojó desde las duchas. Al reconocerme se aleja para incorporarse al grupo de amigos del gerente del Guilt.

Todos intentan ponerse al día. La actualización básicamente se concentra en hablar de los que no están presentes y de atar cabos de quién dejó a quién por quién. Todos los nombres me suenan a ejidos de Siberia.

Pero en algún momento hablan del Mataputos:

—¿Se enteraron de lo de Checo Sepúlveda? —pregunta un hombre de aquellos que suelen describir su color de piel en el manhunt.com como apiñonado en lugar de moreno. Que cuenten los chismes diciendo nombre y apellidos me hacen transportarme a esas fiestas del bachillerato en Torreón en las que había más gorditas de harina que alcohol y sin drogas. Así hablaban las chicas del salón y mis primas.

—Ni me lo recuerdes. Sigo en shock. Luis Morrison sigue devastado y Daniel Gibbon, ¿sí lo conoces, no?, el organizador de la White Party, está organizando una mesa de debate con el Jefe de Gobierno porque esto ya está insoportable —dice Ernesto.

—¿Quién es Checo? —pregunto.

—Un reportero de espectáculos de Tv Azteca que fue asesinado hace poco. ¿No te enteraste? Salió en todos lados. Era íntimo de Luis Morrison y Eduardo Alancastre —el tal Santi.

Por alguna razón, resulta que los clientes de los antros gay de Polanco son comadres de los reporterillos de espectáculos de este país.

—Supe del asesinato pero no sabía quién era la víctima —intervengo…

—Esto se ha salido de control, tenemos que andarnos con cuidado. Sobretodo nosotros…

—¿Qué les hace pensar a ustedes que son tan especiales como para ser víctimas potenciales del Mataputos? —pregunto.

La pandilla, incluyendo Gerardo y Ernesto, buscan respuestas mirándose unos a otros:

—Bueno, todo parece indicar que el asesino busca… pues….se fija… tú sabes… en… gente… bien… ya sabes, gays que viven solos… que tienen cuadros bien padres en la sala, niños… nice… porque además de acuchillarlos los desvalija. No creo que se atreva a asesinar a un gay de Iztapalapa —dice Jerónimo—, tú sabes, todos los gays en Iztapalapa y de por allá pues siguen viviendo con su mamá, ¿no?

—Qué tontería. Yo creo que el Mataputos mata a todo aquel gay que perciba débil. Si un desconocido le grita puto, el gay en vez de corregirlo de un puñetazo, corre a cualquier oficina móvil de los Derechos Humanos. El Mataputos sabe que nos hemos comprado esa dramática idea que somos más débiles que los bugas. Lo cierto es que hasta ahora todos sus crímenes los ha perpetrado con armas blancas. Esas las derrumbas con dos puñetazos. Si yo me topara con el Mataputos el que tendría que tener miedo es él porque yo soy un pinche malnacido.

—Este cabrón boxea pesado. Vamos al mismo gimnasio y Gerardo y yo le echamos porras cuando sube al ring.

—¡Ay qué ruda!, ¿y qué te dio por practicar deportes de lesbianas? —pregunta Santi, disparándome miraditas desde mi pie hasta la cabeza y haciendo chicotitos con la cabeza.

En un lapso entre la música de Yuri y Gloria Trevi, Gerardo, Ernesto y yo juntamos los labios para besarnos los tres al mismo tiempo y el grupo de amigos se muestra indignado:

—Pero qué escandalosas, por culpa de gente como ustedes tres luego se creen que somos unas degeneradas —dice el tal Aitor.

A esto hemos llegado. Tanta pinche aceptación y tolerancia sólo sirvió para domesticarnos, machacar nuestra imaginación y terminar como un lagunero espantado cualquiera.

Los homosexuales tenemos la obligación de ser exhibicionistas. Si tengo que ver tetas y minifaldas y tacón blanco hasta cuando me ofrecen pasta de dientes, entonces ¿por qué yo tendría que esconder mi naturaleza? Cuidar las formas para ganarnos el respeto moral de los bugas no es más que otra clase de clóset. Los gays bien portados son las mascotas de los bugas. Me niego a terminar así. Me vale madres lo que piensen.

A las cuatro de la madrugada suena I Will Survive de Gloria Gaynor. El himno gay por excelencia, pues supuestamente es un grito de aliento para todos aquellos que sobrevivieron al VIH. Me gusta mucho más el cover que hace Cake, la banda de los “hijos” que tuvieron Calexico y Los Lobos. La maricones escuchan la original de Gaynor. Los hombres escuchamos la versión guitarrera de country alternativo de Cake.

Si el SIDA es el motor, los gays deberían elevar a niveles de himno Touch me I’m Sick de Mudhoney, la banda de garage que impulsó el mito del grunge de Seattle. Su rock manchado de grasa y cerveza y sus letras de desenfreno y autodestrucción están más próximas a nuestra realidad gay.

A mi departamento y a coger, como si fuera el fin del mundo. Escupiéndonos directamente a la garganta y sin condón. Y ahora me arde la verga de tanto que se la metí a estos dos. Hubo un momento alucinante en que puse a Gerardo de cuatro patas y a Ernesto igual, pero encima de su güey, de tal forma que sus culos quedaron uno sobre otro. Empecé a cantar de-tin-marín-de-do-pingüé y comencé penetrando a uno luego al otro, empezaron a arder y besarse en la boca como si quisieran arrancarse los labios. Luego les oriné el culo y de nuevo a penetrarlos.

Y ahora los veo abrazados y yo sentado en el ventanal y tengo un revoltijo de sentimientos mezclados con los poppers y la tacha que se fermentan en mi cerebro.

Ballard se describía como un “solitario radical”. Comienzo a pensar que soy igual. Y eso, para los tiempos gay que corren y para algunos propietarios de una colección musical paupérrima, puede ser una sentencia aún más devastadora que dar positivo al VIH.

¿Quiero un novio? ¿Quiero que Fernando sea mi novio? ¿Qué seres tan realizados somos por tener una pareja? ¿O unos perdedores por no tenerla?

El gran drama de la homosexualidad, me parece, es que somos una biología portadora de una violenta semilla que busca penetrar y penetrarse a sí misma. Y al penetrarse a sí misma no deja huecos a los misterios. Casi podemos leer la mente del otro, y eso es lo que nos pone histéricos. Por eso nos deprimimos más que los hombres heterosexuales después de eyacular. Porque entendemos el vacío del otro que también es nuestro vacío. Quizás haya imprecisiones. Nos quedamos callados. Pero entre homosexuales no hay misterios.

Pienso que los bugas, al entender que el misterio del sexo opuesto que jamás podrá ser descubierto, se rinden y ese rendimiento es lo que llaman estabilidad.

 

Días de entrenamiento

Mediante mi perfil falso del barebackrt.com que administro desde una ip espejo sostenida en Mozilla Firefox, me enteré que Fernando y su güey fueron acosados por un homofóbico cerca de los baños Mina.

Quizás el homofóbico estuvo a punto de cumplir mi objetivo.

Los hombres homosexuales tenemos la posibilidad física de partirle la madre a un homofóbico que se la pasa jodiendo cuando nos concentramos en tipos más atractivos. A puño cerrado. Desde luego hay pandillas de hijos de puta que madrean en bola; ahí sí, solo queda hacerse ovillos, convertirse en una concha sobre el asfalto, tratar de cubrirse la cara y el estómago lo máximo posible. En situaciones como ésta, me queda claro quienes son los maricones, aquellos que le dan la vuelta a golpearse con uno de su propio tamaño, o los que cargan con una navaja, un picahielo o una semiautomática porque en el fondo los golpes secos les dan el mismo pavor que sentirse vulnerables o peor aún, verse derrocados ante esos transeúntes hambrientos de un espectáculo urbano que les rompa la monotonía, siempre y cuando ellos no sean los que se encuentren al centro de la pista.

Cuando hago público lo que pienso acerca de esto me acusan de promover el hipermasculinismo (¿qué pendejada es esa? Los homosexuales se inventan cada palabra con el fin de huir de su biología) en la homosexualidad. Creo que sueltan tal hipérbole con ínfulas de insulto. No puedo negar que soy un treintón que medio se sigue encabronando cuando un desconocido me acusa de joto. Pero en el fondo me da risa y una ternura setentera eso de que ande de hipermasculino. Como si el manhunt o el barebackrt no estuvieran atestados de perfiles que por ningún motivo están dispuestos a tener sexo anónimo con gente obvia. Eufemismo poco creativo para referirse a las jotitas. Me excitan los hombres que le dan un aire a la intimidación de Henry Rollins o a la furiosa sudorosa de Phil Anselmo, el vocalista de Pantera. Lo que si he descubierto es que no pueden contener sus deseos de poner palabras en mi boca. Aseguran que aseguro que “ser afeminado es sinónimo de debilidad”. ¿Cuándo he dicho tal cosa?

Hace tiempo platicaba en el Tom’s que sería extraordinario ver a una jota desatada defender su derecho a torcerse a puño cerrado.

Pero por lo visto tales mezcolanzas no existen en el imaginario de las nuevas generaciones de homosexuales acostumbradas al apapacho políticamente correcto. Si eres afeminado, estás obligado a no defenderte pues promueves la violencia y eso no es civilizado. De lo contrario, eres un orangután atrapado en el cuerpo de un gay.

Para mí, la posibilidad de que un homosexual se defienda no es un acto de demostración primitiva como muchos intentan demostrarme, sino un arranque, extremo, de hacernos visibles en un entorno que nos predetermina buga sin preguntarnos, y donde cualquier desenvolvimiento es percibido como exhibicionismo innecesario al paisaje hetero. Puede que sea hipermasculino, pero en mi caso, me ha servido para desatarme pese a que de pronto y por inercia, la muñeca de la mano se me tuerce para atrás.

 


*Agradecemos a la editorial Moho por las facilidades para la publicación de este fragmento, libro que será presentado este próximo miércoles 9 de agosto en la Ciudad de México, acá toda la info: