Por Carlos Dzul

La mujer con la que vivo es hermosa y no sé por qué pero me ama. Qué crimen, qué pecado habrá cometido en alguna vida pasada para merecer este castigo de sentir amor por mí.

La conocí de noche, claro. Ella volvía de una fiesta. Yo iba en mi carrito, antes tenía un carrito, y le di un aventón. ¿A dónde vas, mi reina?. Eso dije.

Luego, unos días más tarde: soy pobre, pobre como una liendre, ¿lo oyes?, ¡nada que ofrecer!, sólo sexo (aquí me froté el paquete).

Y lo aceptó. Ella todo lo acepta.

Cuando la llevo de la mano por la calle la voltean a ver los demás con lujuria y me voltean a ver a mí como diciendo: pero qué barbaridad.

Ahora bien, no quiero hablar de ella ni de mí sino del muchacho de lentes.

El cuarto que ocupamos mi chava y yo tiene las paredes cuarteadas y está todavía sin pintar. El muchacho de lentes vive a lado de nosotros, en otro cuartucho. Esmirriado, lavaplatos. Ni siquiera televisión tiene. La verdad es que da un poco de lástima. Y nos espía. Cuando mi chava y yo cogemos, él nos espía. Por eso yo siempre trato de armar un buen show, para que no se aburra.

Una tarde, por ejemplo, mi chava estaba bailando para entretenerme, creo que una lambada, y que le digo: deja eso, ven aquí. Le hice una seña, La Seña. Ella se acercó dando unos pasitos de bailarina, yo me aflojé el cinturón, pero cuando estaba a punto de chupármela yo me agarré la verga, la tenía durísima, y le empecé a dar de macanazos en la cara: tuc Tuc TUC. Hizo por meter las manos, la pobre, pero se las agarré. De pronto vi que se quedó dormida, con su rostro en medio de mis piernas. La prendí del pelo y le alcé la cabeza (tenía los ojos idos y babeaba) y me di cuenta de que la había noqueado, a punta de pingazos. Me sentí contento, para qué negarlo, no tanto por mí sino por el muchacho de lentes, que yo sabía que nos miraba. Hasta me pareció percibir su, cómo lo llaman, ¿respiración?¿transpiración?¿masturbación?

La siguiente vez le magullé un ojo y le partí un labio, no mucho, y la sangre, un hilito, bajó por lo que es el cuello, por lo que son los senos y acabó enredado en lo que viene siendo un pezón. A mí la sangre no me excita nada. Los golpes, cuando los doy, puede que sí, pero la sangre…

Ahora bien, la leche… esa me la guardo por una semana o dos y cuando ya estoy que reviento PLIN se lo disparo todo en su boca que es tan chiquita que no tarda en desbordarse.  Mi leche se derrama por las comisuras y yo todavía dispare y dispare hasta que los labios, la nariz, los ojos, desaparecen bajo la grumosa, bajo la espesa, brillante capa.

Entonces agarro mi cámara y saco fotos.

Para recordarte cuando ya no nos querramos, declamo sin convicción.

Ella en seguida llora porque la entristece que yo miente siquiera la posibilidad de un alejamiento; me ama, con los ojos vendados me ama. Y sus lágrimas (blancuzcas) le bajan por las mejillas, una que otra se le mete por el oído. Extrañas lágrimas de mujer que ama ciegamente, extrañas torpes lágrimas.

El muchacho de lentes y yo, de más está decirlo, nunca hemos platicado.

Cruzamos miradas, eso sí, por las madrugadas, cuando nos vamos a trabajar, porque los dos esperamos el camión en la misma esquina. Él me mira con miedo y yo lo miro con discreción, haciendo como que no lo miro, para no intimidarlo. Me fijo, sí, en las ojeras que cada día le llegan más abajo, hasta casi los hombros. Pronto se convertirá en el Hombre Ojera, pienso. Por dentro me gana la risa. Por fuera mi rostro continúa serio y discreto. Claro que yo desearía palmearle la espalda, como un gesto de amistad, entre fantasmas.

Desearía poder decirle: yo también viví sin amor, muchacho, conocí la soledad, la más completa.

El amor, quisiera decirle, suele uno hallarlo de madrugada por pasillos húmedos y mal iluminados, el amor verdadero. A tu edad (le diría, si decir estas cosas no fuera la mayor estupidez), hubiera deseado contemplar el amor, aunque no hubiera sido más que por una rendija, por una cuarteadura en la pared.

Entonces le invitaría una cerveza y seguiríamos platicando como dos hermanos, como dos miembros de una secta, la secta de los perdedores, en la primerísima cantina que se nos cruzara.