Por Jonás

La oposición en Venezuela es fascismo, que saquen a los tanques y los pisen como ratas, dice una memorable estrofa del ya disuelto dueto de rap español denominado Los Chikos del Maíz. Sus líneas, a tono con su determinación de bando y, por ende, su intolerancia parecen ser la receta ideal para el futuro que atraviesan los llamados gobiernos progresistas de América Latina, o lo que otros autores como el cubano Francisco López Segrera llaman «la crisis del posneoliberalismo».

Esta crisis nos convoca a una reflexión que no sólo pasa por el análisis del proceso, titulado burdamente, de «derechización» de Nuestra América, sino que también tiene a bien pensar en qué medida los llamados gobiernos progresistas no han sido capaces de entender los procesos reales del cambio. Lo que es mejor, no quisieron remover el tablero para ajustarle cuentas al sistema del capital, sino que decidieron hacer una tregua contrahegemónica.

En lugar de crear bases sociales capaces de entender las dinámicas que se debían de asumir en pos de la generación de una nueva forma de vida social para el bien común, los gobiernos trataron de crear bases de consumo que, instaladas en su goce, han decidido pedir más de lo que era necesario en una justa redistribución de la riqueza.

No somos “víctimas” del capitalismo, como escribiría Santiago Castro-Gómez en su libro Revoluciones sin sujeto, antes somos parte de un engranaje complejo de formulaciones mecánicas que nos hacen parte del funcionamiento del mismo. Bajo ese entendido es que debemos partir hacia la idea de que cualquier posición que asumimos no es del todo arrastrada por el proceso historicista del que formamos parte, sino que también involucra goces a los que hemos tenido acceso y que nos tienen instalados en la situación privilegiada que no aboga por la mejora o el cambio sino, contrariamente, por la permanencia de los engranajes tal y como se encuentran hoy día. También por la permanencia en la distribución de riqueza en quienes ya están instalados en la fantasmagórica clase media, cuyo tinte asume la posición conservadora del “yo ya tengo mis privilegios, los que necesiten que los busquen en otra parte”.

Eso lo han entendido bien los hombres de negocios, los hombres de la política y la economía, los hombres y mujeres que desde las altas esferas de la vida social determinan ciertas coordenadas en las cuales se mueve el resto del engranaje. Por otro lado, el que se trate de una libre elección en cuanto al goce tampoco implica una total determinación maligna, sino una perversión inconsciente que tenemos frente a nosotros.

Tan irracional es el academicismo vacío que pide el cese a la crítica en aras del bien de un gobierno que le ha dado la espalda al grueso de la población que hoy se encuentra ajena a las formas de gobierno de Maduro –de ahí lo crítico en el sentido de Michel Foucault como “los que no quieren ser gobernados de tal modo”–, como los altos mandos de la derecha venezolana y el resto de los países del mundo al hacerse de un discurso que dice pugnar por ellos pero que los usa como carne de cañón. Bien decía García Márquez en una crónica sobre un viaje a Berlín en tiempos de la guerra fría: “veinticuatro horas diarias de literatura periodística terminan por derrotar el sentido común”.

Abandonemos por un momento el contextualismo latinoamericano o venezolano, la experiencia de esta región nos sirve para ver en qué coordenadas se siguen moviendo las alas más radicales de los bandos políticos principales que algunos se esmeran en desaparecer, como la derecha y la izquierda.

Ya basta de la ilusión ilustrada que cree que todos los hombres son buenos. Pensando fríamente respecto de los planteamientos de demanda social vemos una clara acción equivalencial con respecto a la injusticia, misma que la derecha y la izquierda partidista y estatista no ha podido solucionar pues también se instala en su goce de gobierno que borra cualquier atisbo crítico porque ya es gobierno.

Seguir lucrando con la injusticia es lo que los teóricos no han podido entender en la dinámica del populismo, ya no se trata de una derecha o una izquierda, y tampoco en qué sentido se caracterizan o diferencian ambas, sino hasta qué punto la mezquindad de las altas esferas se sigue amparando en la falsa consigna del cambio cuando lo único que pretende hacerse es plantear terrenos contrahegemónicos que instalen nuevas elites o elites desplazadas por los gobiernos de tal o cual modo.

En la película Gans of New York, luego de los disturbios de desplazados inmigrantes al final de la película, un personaje de la vida política neoyorkina mira los cuerpos ser arrojados a fosas y lo único que puede expresar es “ahí van cientos de votos”.

Mientras la izquierda y la derecha no entiendan que la dinámica lumpen reside en que el populismo, en tanto fuerza protofascista, puede generar una nueva andanada violenta que es el síntoma de la injusticia a la que han renunciado como punto de lucha por la instalación del goce, no podemos seguir defendiendo tales posturas. La izquierda es sumisa ante su ideario de lo menos peor o lo máximo alcanzable, cuando la realidad es que, en tanto sujetos marginales, debemos tomar por asalto aquello que nos ha sido negado, y negar a aquellos que lo hicieron.

Hoy día la violencia en las calles manifiesta la incapacidad por articular soluciones y respuestas claras a una nueva civilización, el academicismo, incluso crítico, se empeña en decir que necesitamos cambiar de coordenadas, pero sigue defendiendo la democracia en su estilo liberal y el Estado como formulación aglutinadora del proceso político. Para la izquierda la violencia en la calle es síntoma de falta de Estado o Ley, pero cuando la ley es injusta lo correcto es oponerse a ella, y en este caso no recurrimos a un gandhismo simplón.

Por un lado los movimientos sociales posmodernos se rehúsan a cambiar a forma sistemática porque se les acaba la fiesta, y en ese sentido como instituciones políticas los partidos de izquierdas sirven como articuladores de un bloque de choque político que niega al pueblo su potencialidad expresiva, tal como lo dijo Danton: “hagamos lo que el pueblo nos demanda, de tal modo que no tenga que hacerlo él mismo”.

En todo caso tienen razón Los Chikos del Maíz cuando piden la salida de los tanques, no para atacar al grueso de la población que sirve como carne de cañón ante la demanda de justicia, paz, pan y trabajo; sino a las elites que los controla, que juega y lucra con su desesperación y desesperanza ante el abandono del gobierno progresista, a esos sí los reconocemos como oposición, a esos sí que los pisen como ratas. Retomando a Castro-Gómez y su Žižek: recordemos la pasión que conlleva tomar partido, el valor políticamente revolucionario de la intolerancia.