Por Fernando Yacamán

¿Qué significa esta bala sobre mi almohada y por qué apunta a mi cabeza? Hay un intruso en el departamento; seguramente ya se dio cuenta que desperté y que finjo dormir ¿Me espera detrás de una puerta, en el pasillo, afuera del departamento? No soporto este silencio.

Sospecho que el culpable fue el inquilino nuevo del departamento de al lado. Ayer lo conocí en el elevador, quería saber qué llevaba en una bolsa negra y el significado de las cruces tatuadas en sus brazos ¿Realmente será creyente de la virgen de Guadalupe? Además, la imagen impresa en su playera, en letra gruesa resaltaba “La reina madre”. Me era inevitable no observarlo. Su ceja depilada contrasta con su rostro de facciones toscas. Mi curiosidad la respondió con una mirada que me acribilló.

¿Habrá entrado por la puerta o por el balcón?

El vigilante del edificio debe saber algo.

—Froilán, alguien se metió en mi departamento mientras dormía.

—Servando, tranquilo.

—Tú sabes quién fue.

—¿Quién podría hacer algo así?

Froilán usa un arma a su costado, pero confío en él.

—¿No tienes un arma? Siendo tú tan despistado…

—¿Para qué la necesitaría? ¿En mi trabajo como cajero en el banco?

—No me hagas esa cara Servando, en esta ciudad es común que cualquiera porte una.

—¿De verdad?

¿Y si Froilán no es como aparenta?

—Sospecho que fue el nuevo inquilino.

—¿El joven de los tatuajes?

—Nomás hay que verle el semblante.

—¿Y eso es suficiente?

—¿De qué reclusorio escapó?

—No sé, pero no te preocupes, estaré más trucha que nunca, ¿te acompaño a tu departamento?

No me gustó su tonito de voz.

—¿Hoy es lunes?

—Y ayer fue domingo ¿Te acompaño a tu departamento?

—No, si grito ya sabes que soy yo.

¡Siete de la mañana! No llegaré al banco. Otra vez se terminó el gas y ni el agua helada me despierta, se acabó el jabón, también el filo de la rasuradora ¿Qué más da? Debí planchar la camisa ayer ¿Dónde dejé la corbata negra?

En la tienda una fila de zombis; yo también necesito mi dosis de cafeína y nicotina.

Siete y media, y el metro no pasa ¿Otro pendejo se habrá aventado a las vías? Siete cuarenta, ahora sí, mi jefe me matará. De Tacubaya a Polanco. El vómito en la esquina del vagón me produce náusea, quiero bajarme pero entre tanta gente no es posible. Las personas entran y salen. Lo mejor de la música romántica suena a todo volumen desde la bocina de un comerciante que se abre paso empujando a la gente. No puedo respirar.

Luz roja ¿Habrá contingencia o tendré infección en los ojos? Luz verde; los automóviles se desbordan en la calle. Luz roja y los autos siguen pasando. Ocho y cinco de la mañana; otro descuento en la quincena.

—¿Te puedes dar prisa? Dejé el auto mal estacionado.

¿Quién se cree este pendejo? Ahora, para que se chingue, me tardaré más para entregarle su dinero. Que se chingue él, la vieja que está detrás y todos los clientes en la fila.

—Permítame un momentito.

El estruendo de un balazo.

Otro asalto ¡todos al suelo!

El segundo disparo rasga mi piel, quema mi pulmón, el esófago y se incrusta en mis vértebras.

El asalto resultó sólo un sueño, pero la nueva bala sobre mi almohada es real.

Hoy es martes. Cuelgo el teléfono, la policía seguramente creerá que estoy demente si les cuento que aparece una bala cerca de mi rostro. — Es común que cualquier habitante de esta ciudad porte un arma.— Froilán tiene razón; es tiempo de comprar una y sentirme protegido.

Maldita sea, siete y veinte de la mañana.

En la portería Froilán bebe refresco y ahora ¿Por qué sonríe y me ve como un idiota?

—¡Servando! Parece que llevas el suéter al revés.

Y todavía se ríe, el muy cabrón.

Ocho y cinco de la mañana.

—Perdón por llegar tarde licenciado, la ciudad está imposible.

—¿Y crees que yo vivo en Marte?

—Sólo fueron cinco minutos.

—Cinco hoy, cinco ayer ¿Y los de la semana pasada? ¿Entiendes que cada minuto tiene un precio?

—No volverá a pasar.

—Acompáñame.

Da media vuelta y se dirige a su oficina. Alrededor de ella están sentados cinco hombres barbados que podrían ser el mismo y aunque no reconozco sus rostros; me parecen familiares. El que está a mi lado derecho saca la pistola, supongo es, quién me la venderá. Me observa a los ojos, jala el gatillo y la aviento al techo. El disparo pasó cerca de mi oído. La pistola pasa a manos de mi jefe, jala el gatillo y la avienta al techo. El disparo otra vez pasó cerca. Me zumban los oídos. La pistola pasa a manos de otro hombre, jala el gatillo, la avienta, otra vez, un disparo más cerca ¿En qué instante la pistola llegará a mis manos?

Por suerte, otra vez todo fue un sueño, pero la nueva bala que está sobre mi almohada es real. Es miércoles y son las cuatro de la madrugada. El vecino y sus amigos están de fiesta, su música cimbra mi pared y el olor de la mariguana se filtra en mi departamento. Olvidé cerrar la puerta del balcón ¿Froilán por qué permite este escándalo? No sería la primera vez que se haya quedado dormido.

Cuatro treinta de la madrugada, tal vez si consigo no pensar, logre dormir ¿Es tan difícil poner la mente en blanco? Blanco, rojo, negro. Cinco cuarenta ¿Por qué no puedo dejar de pensar en mi muerte y en la muerte de otros? Necesito un vaso con agua. Ahora el vecino desgarra su voz cantando boleros de otras épocas y los rayos del amanecer despuntan como una maldición. Tengo ganas de orinar ¿Mi jefe ya estará despierto? Las bocinas se han tronado y ni así el pinche vecino termina su fiesta ¿Froilán estará con ellos? Cuarto para las siete, estoy hasta la madre.

¿Dónde puedo comprar una pistola de manera ilegal?

Yahoo respuestas.

—Servando, tienes prohibido utilizar el celular cuando estás atendiendo a los clientes.

—Disculpe licenciado, estoy buscando algo urgente.

—Apaga eso.

Respuesta: En el mercado El Salado, de nueve milímetros ocho mil pesos, cuatro si es usada. Las calibre 38, tres mil pesos, son las más fáciles de conseguir porque son las que portan los policías. Otras opciones: Unidad habitacional Iztapalapa, Tepito, Neza, Estado de México. El Molinito, Los Pozos, El Hoyo. Más de veinte millones de armas ilegales ¿Cuál prefiere?

—Servando ¿No escuchas?… ¿Qué estás buscando? Eres una mierda ¿A quién piensas matar?

¡Otra vez no sonó la alarma!

Cada día me cuesta más trabajo despertar de mis sueños. Hoy es jueves, siete y media de la mañana y la bala sobre mi almohada apunta justo a mi frente.

En este taxi no llegaré al banco, hubiera tomado el metro.

—¿A qué hora es tu entrada de trabajo?

—A las ocho de la mañana, licenciado.

—¿Qué hora es?

Detesto este juego.

—No escuchas ¿Qué hora es?

—Ocho y media.

—¿Sabes cuántas personas desean tu puesto?

—Sí, licenciado.

—Servando, si ya no quieres este trabajo las puertas están bien abiertas, pero dime, ¿qué planeas para tu vida?

Matarlo.

—¿Qué pretendes obtener de esta empresa?

Matarlo.

No imaginé que existiera esta parte de la ciudad; parece que apenas está en obra negra. El hombre que se aproxima debe ser el vendedor.

—¿Tenías mucho esperando?

Su rostro agrietado y moreno; sus ojos de profundidad gris y su tono de voz; imponen respeto ¿En verdad es policía?

—El dinero está en el sobre.

—No era necesario. Tome.

Apenas pude agarrar la pistola y meterla en la mochila.

—¿Y para qué la quieres?

—Para matar a mi jefe.

—¿Se acostó con tu esposa?

En su muñeca lleva enredado un escapulario de San Judas Tadeo.

—La verdad, sospecho que mi nuevo vecino está jugando conmigo.

—¿Por qué no hablas a la policía?

¿Tendría algún sentido?

—Con esta pistola me sentiré seguro.

—La seguridad tiene un precio, como todo ¿No quieres comprar balas? Te las dejo al dos por uno.

—No, ya tengo suficientes ¿Cómo salgo de aquí?

—Pues como viniste, toma el metro Acatitla y de retache a Tacubaya.

—¿Le mencioné dónde vivía?

El hombre se pierde entre las calles de paredes grafiteadas, en una está plasmada La Última Cena de manera impecable. No tengo idea para dónde está el metro. El sol comienza a declinar, las paredes se atiborran de sombras, la gente que transita no me da buena espina ¿A quién preguntar? Las calles se repiten. Ya me di cuenta que un hombre barbado me sigue. Al doblar la esquina continúa el laberinto. El hombre cada vez está más cerca. Es momento de correr o de pararme frente a él y apuntarle. Me tiembla la mano. No tengo balas. El hombre me toma del hombro ¿De qué se ríe?

¿Qué significan todos estos sueños y la bala que aparece cada vez que despierto?

Hoy al fin, es viernes.

Cinco balas en mi cajón y ninguna otra pista del vecino. Ni siquiera me lo he topado en el elevador, no he escuchado su ruido, ni he percibido el olor a mariguana.

Tal vez el culpable es Froilán.

Ocho en punto de la mañana, estoy listo para atender a los clientes.

—¿Y ahora por qué tan contento Servando?

—Porque es viernes licenciado.

Recoger a quién sea, pagar los tragos, la coca, el taxi, el hotel, el sexo. Al abrir los ojos sólo quedó la bala más cerca de mi frente.

Es sábado. Deambulo por las calles sin rumbo, camino para acabar muerto.

Esta vez pensé que ya no despertaría.

El vecino otra vez amaneció enfiestado y la música suena dentro de mi casa. Es domingo, siete de la mañana, la bala está frente a mí. A ninguna la había observado como a esta última; es luminosa como un pequeño sol. Mañana es lunes y renuncio ¿Dónde dejé el arma? Llegará el martes, como copia del lunes y del miércoles y Froilán estará en la portería saludándome como desde hace años; es una caricatura. Sólo pienso en los viernes. Las siete balas encajan en la pistola. Frente a la ventana, el sol se eleva entre las nubes.

Al abrir la puerta encuentro al vecino con una bolsa negra.

¿Por qué me ve así?

No se da cuenta que le estoy sonriendo.

 


*Relato incluido en el libro El cuerpo de la noche (Casa Editorial Abismos, 2017), agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.