Por Nazul Aramayo

Todo lo que penetro engorda o se desangra. Pienso eso mientras Yessica Yazmín yace sobre el sillón con los calzones abajo y un médico de la Cruz Roja le examina la entrepierna y sentencia que no es cierto que tenga una hemorragia pues la toalla está seca. Yessica contesta que se acaba de cambiar la toalla y limpiar y que la lleve a un hospital. El médico se levanta, pide perdón por mirar la hendidura de mi dama y pregunta si tenemos seguro. No. Entonces nos sugiere esperar a que se pase, porque no nos puede llevar a ningún lado.

En la madrugada, Yessica insiste en que la lleve al hospital. Me volteo diciendo que no tenemos seguro y no tengo dinero. Solloza, dice mi nombre como si escupiera uno de los coágulos que se aglutinan en su útero. Salgo corriendo a la calle y consigo un taxi que nos deja en el Hospital de la Mujer.

Esperamos sentados durante horas, bajo la luz fluorescente, a que llegue su turno, sobre sillas de plástico azul, rodeados de morritas golpeadas, con hemorragias internas, abortos clandestinos o espontáneos y ancianas que apestan a orines y a animal abandonado; pulcritud de hospital. Se recuesta en mi hombro. La abrazo. Yessica ha bajado de peso, se ha secado estas dos semanas en que la sangre manó enloquecida de su panocha.

Me despido de Yessica Yazmín, mi novia, cuando la suben a la camilla y el doctor me advierte que, depende de la gravedad de la lesión, es posible que le extirpen la matriz, luego me explica los riesgos de perderla a una edad tan temprana; dejo de escucharlo, miro que mueve la boca y que la camilla se aleja, al fin. Me desplomo sobre la silla para esperar a que la trabajadora social evalúe nuestra condición y así cobrarnos un precio justo por la intervención quirúrgica de emergencia.

Caigo, otra vez bajo la luz fluorescente, en la antesala, el limbo, en el que mi mente se atraganta de recuerdos. Lo que provocan dieciséis centímetros de carne atiborrados de sangre. Pienso en mi primera novia, la noche que me escondí debajo de su cama cuando su papá llegó de improviso, en el cliché, sí, el lugar común y en la banca del parque a donde me fui a terminar el sueño, la vi meses atrás llena de estrías y grasa, dos niños entre sus brazos. Y mi novia de la preparatoria también acechada por la celulitis, bendita tripona de ojos claros y panocha rasposa que embarneció quince kilos antes de graduarse y parir un morrito al borde del río seco, en su casa en la Moderna. Quiero reírme, pero vuelvo a pensar en Yessica: su útero invadido por un tubo aspiradora, manos envueltas en látex, instrumentos quirúrgicos que remueven la mierda que creamos. Y ella seguramente dormida. Y para nosotros los despiertos e insomnes, el noticiero en la antesala de urgencias: Los desastres naturales de un pito chico.

En la mañana me dejan ver a Yessica que ya camina y sonríe, sin rastro de células multiplicándose en su vientre, sólo ojerosa, bella e inmaculada, de nuevo bajo una luz fluorescente y junto a otras morritas sobrevivientes a hemorragias, al naufragio. La Ciudad de México, la gran capital nos saluda, desde el origen podrido de la vida, con su hálito de mostaza y mugre, lluvias ácidas y un sol lagañoso. Abrazo a mi chica y le digo jamás te dejaré, beibi, y le aprieto las nalgas bajo la bata blanca y pulcra que seguramente otra víctima de esta ciudad utilizó.

Antes del abrazo, tuve que mandarle un mensaje a su mamá. Hija hospitalizada, al borde de la muerte, factura dos mil quinientos pesos. Una bicoca pero yo no trabajaba y lo último que había apoquinado vendiendo mi sangre y mi semen en clínicas lo utilizamos para pagar la renta y el taxi al hospital. El papá de Yessica llegó esa mañana. Algunos amigos intentaron donar sangre pero sus venas se escondieron o no pudieron mentir sobre su consumo de drogas, tuve que entrarle al quite y exprimir medio litro; al cabo tenía meses sin una pisca de coca o de yerba en mis venas.

El papá pagó, me advirtió que era la última vez que veía a su hija así, que la cuidara, que procurara que tomara su medicamento y que no fuéramos pendejos que utilizáramos condón o pastillas. Es que no se siente igual, diría Yessica después, y las pastillas me alteran, me ponen loca. Quizá si hubiera sido su padre biológico me hubiera agarrado a putazos antes de las pertinentes recomendaciones.

Yessica se acuesta cuando llegamos al departamento. Su papá se despide después de arroparla. En el umbral me mira como diciendo hijo de tu puta madre sólo metes la verga para cagarla. Le digo adiós y voy con Yessica, me hinco a su lado, le ofrezco las píldoras y un vaso de agua. Las rechaza. Se curará sola, asegura. No mames, contesto, por eso te pasan esas mamadas, porque no te cuidas. Llora, no mames, güey, acabo de salir del hospital; por eso, no mames tú y tómate la puta medicina. Me salgo del cuarto y camino como si pudiera huir de la casa y de la ciudad, como si sirviera de algo, como si en menos de diez pasos no topara con una pared, el límite de nuestro hogar.

Cierra la puerta del cuarto. Otra vez en la sala pero bajo una luz amarilla incandescente. No hay zumbido de moyotes, sólo el ruido de los autos atrapados en el viaducto a dos cuadras. Yessica duerme, de eso estoy seguro porque acerco mi oído a la puerta y no hay gemidos, ni sollozos, ni rezos, apenas una respiración. Pienso en esa hendidura entre sus piernas, ese vórtice donde he pasado los minutos más felices, los más dementes de mi vida, recién limpiado de pedacería de feto; pienso y recuerdo la mano de mi hermana bajo el short envuelta como un algodón rosa de azúcar cuando dormía y mi primo y vecino que iban a mi casa a jugar la mirábamos y me preguntaban por qué duerme así, qué hace con su mano; nosotros de diez o doce años y mi hermana de siete o nueve con la mano en su hendidura, desparramada en olas de sueño y sudor porque todavía no teníamos aire acondicionado y toda la tarde y noche hervíamos.

Vámonos, mi amor, me dice al día siguiente, ¿a dónde?, de donde nunca debimos de haber salido, ¿de la verga?, baboso, y me abraza y sabe que en unas horas tendremos listas las maletas y dejaremos muebles y electrodomésticos, y después de trece horas sentados llegaremos a Torreón, a nuestra ciudad que nos recibe con gárgaras de alcantarilla y vapores de pollo muerto y algodón transformado en jeans Levi’s.

Quiero que vivamos juntos, me dice Yessica Yazmín en la estación de autobuses, ya no busco un novio de fin de semana o una verga casual, quiero una vida contigo, quiero una casa o ya cada quién por su lado. ¿En cuánto tiempo o qué? Dos semanas, ya sabes que no me gusta estar de arrimada con mi mamá o con mis abuelos. Acaricio su mejilla todavía pálida, respiro el aire seco y caliente de Torreón que me provoca una erección en ayunas, sí, mi amor, contesto, vamos a cantonear bien.

Al siguiente fin de semana inauguramos el depa con una fiesta. Yessica agarra color humano con la espuma de la cerveza. Sonríe de nuevo, de verdad, una sonrisa que no parece la costra de una herida incurable, no, su boca, sus ojos, su baile sobre cadáveres de cheve, es una ninfa revoloteando entre el rocío de cumbiones colombianos, en la sala de nuestra casa en Torreón, junto a los amigos de nuestra adolescencia y la universidad, e incluso su medio hermano que no veía desde hace cinco años y a quien esa noche termino corriendo con un puñetazo en la jeta; Pablo, Fernando, Karla, Carol, Mateo, César, Toño, Pepe, Luis, Óscar, Maggie, Hazel, desconocidos unidos por la exhalación metálica de una cerveza. Una voz soprano sobresale entre el tumbo de güiros inmarcesibles, Susy, chichona y láctea que sentencia una vez senté a la cumbia en mis rodillas y la encontré amarga y la injurié, y se ríe como en una ópera, con todo y movimiento de tetas como si el telón se levantara. Pues a mí me vale un kilo de verga si cantas ópera, en mi casa se baila cumbia, le dice Yessica y le agarra la mano a Susy; se arriman y restriegan. Los demás bebemos y animamos. En una esquina un morro se quita la playera y jotea con Pepe, una jota gorda y enorme que era conocida como la Pepe Chupetes por sus felaciones con vista al cielo cuando trabaja en el World Trade Center de la Ciudad de México; en otro lado hay amigos de ciencias políticas que debaten con los amigos malandros que le hacen a la artisteada: los rodea una nube de mota; en la cocina y en el patio hay más banda con botellas y botana. Saludo, tanto tiempo, sí, sí qué te has hecho estás bien flaco, tres puñetas al día, ay, no mames, oye, y volteo porque alguien dice mi nombre, es Luis un exnovio de la mamá de Yessica, un cuarentón que me saluda efusivo, qué buena fiesta y qué gusto que me hayas invitado, simón, le contesto, dice Yessica que tú sí le caías bien, gracias, todavía la quiero como a una hija, y brindamos, los cascos de las caguamas resuenan como el llamado de una catedral. Entonces alguien cambia el cumbión y pone Mónica Naranjo, Magneto, Gloria Trevi. ¡Qué pasó, Pepe, estamos oficiando!, cállate, pinchi, y me da un beso fugaz, me rio, pinche puto ¿has visto a Yessica?

La encuentro vomitando en el patio. Susy le agarra el cabello. Yesica vomita los Cheetos enteros: me carga un kilo de verga, dice y llora y moquea. Hay que ganarse el infierno, dice Susy en un susurro como risa de hiena, gánatelo con todos tus pecados. Regreso a la party. Me siento en el sillón: el único mueble de la casa junto con la cama de nuestro cuarto. Me desvanezco.

Cuando despierto, los amigos de Yessica ya limpiaron la casa. Los míos se fueron antes del amanecer. Fernando, un sociólogo de cabello largo amarrado en una trenza, cocina un guisado de chicharrón; Karla, su novia, o mejor dicho su compañera (así la llama él), me ofrece una caguama sin decir hola, cabrón, qué gusto que hayan regresado, pero nos entendemos cuando sujeto y precipito el alcohol en mi garganta.

¿Y Yessica?

En el piso de la sala hay más bultos que todavía no adquieren nombre humano.

Yessica está en el cuarto, la llevó Susy. ¿Y Susy?, se fue en la noche con su novio, me contesta Karla. ¿Y Luis?, ¿cuál Luis?, el ruco, ese vato se fue luego luego. ¿Y Pablo? Se peleó con su novio, se golpearon y se fueron.

Es la primera mañana en el nuevo cantón. Tenemos un refrigerador que saqué con el crédito de mi mamá, una estufa vieja que venía con la casa, un sillón que Yessica tenía con su mamá, una cama vieja que mi hermano menor ya no utilizaba. El saldo del desvergue fue únicamente un retrete destruido. Comemos y platicamos. Poco a poco los bultos se levantan. Yessica, sin embargo, duerme hasta que todos se van y yo me pregunto en qué vamos a trabajar y cuándo iré por todas nuestras chivas a Ciudad de México. Y en cuánto me saldrá. Y seguiría pensando si no es que Yessica camina directo al baño y desde ahí me grita que le traiga toallas sanitarias, ¿otra vez?, es poquito nomás, contesta.

 


*Fragmento del libro La Monalilia y sus estrellas colombianas, editado por el Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2017. Agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.


Nazul Aramayo. Torreón, Coah. 1985. Coeditor en Vanguardia. Autor de La Monalilia y sus estrellas colombianas (FETA: 2017) y Eros díler (Jus:2012). Ha sido becario del PECDA y FONCA en el área de Jóvenes Creadores. Ganador del XXIX Concurso Literario Nacional “Magdalena Mondragón” en el género de cuento y del Premio Estatal de Periodismo Coahuila 2017 en el género de crónica. Ha publicado reseñas, cuentos y crónicas en diversos medios de circulación nacional. @erosdiler