Ganadora del Premio Bellas Artes de Novela “José Rubén Romero” 2016 y publicada bajo el sello de la Editorial Grijalbo, Un pueblo llamado redención “explora un México oculto en nuestra historia y narra la fundación de una sociedad capitalista en un terreno hostil e indómito. Sus páginas despiden el olor de la pólvora, de las alforjas y de los caballos surcando la llanura”. Acá un fragmento que nos compartió el autor de la obra.

 

Por Hilario Peña

Año 1882 de la era cristiana. Municipio de Redención. Higinio Montoya era un jinete atormentado por el debilitamiento físico, por la culpa y por el remordimiento. Se veía a sí mismo como un asesino de héroes y como un traidor. Como un demonio sucio y ruin que valía menos que nada. Pero Higinio Montoya también era un ser humano y, como tal, tenía alguien a quien culpar por todas sus desgracias. En esos momentos iba en camino de asesinar a ese alguien, para ver si con la muerte de ese alguien terminaban de una vez por todas sus padecimientos metafísicos y volvía a preocuparse por cuestiones más mundanas como qué comer, qué beber, dónde dormir y con quién. Después de curar su herida con una penca de nopal, continuó su marcha apartado de los senderos. Atravesó cañones y cerros escarpados. El hombre apodado Perezas se dejó guiar por el olor a café y chicharrón que emanaba de la fogata. Ignoró el peligro que esto representaba. El hambre obnubilaba su juicio y acentuaba sus facciones. Sus rasgos de diablo, tales como su barbilla pronunciada y sus pómulos, resultaban aún más prominentes que de costumbre.

Una voz salió de los matorrales:

—¿A dónde jala?

Higinio Montoya detuvo a Chuco, el caballo que había robado en un pueblo llamado Gonzales. Delante de él apareció un individuo de sombrero cordobés y cachetes que desafiaban la gravedad. Tres más lo seguían. El hombre apodado Perezas no se pudo sostener por más tiempo en su caballo y cayó de él.

 

Año 1867 de la era cristiana. Municipio de Resurrección. Además del juez, el testigo, el comisario y los tres gendarmes, en el juzgado se encontraban las únicas dos personas que se preocupaban por Higinio Montoya: Prudencio Toledo, su benefactor, y Virtud Rosales, la mujer con el largo velo de tul. El testigo aseguró que el hombre apodado Perezas era idéntico en complexión y estatura al asesino de José Fronteras. El juez Silas Betancourt le preguntó a Higinio Montoya por la coartada que lo libraría de la acusación que se le imputaba.

—Si me dices dónde y con quién estuviste esa noche, no tendrás que ir a prisión.

Prudencio Toledo no pudo contener las ganas de hablar.

—Dile al juez dónde estuviste —le pidió.

El juez Betancourt golpeó el mazo contra su base:

—Silencio. Dejen que el acusado se defienda por sí solo.

Los vecinos de Resurrección sospechaban que José Fronteras y el hombre apodado Perezas habían participado en el robo a la mina de Prudencio Toledo. El asesinato de José Fronteras parecía confirmar estas sospechas; sin embargo, el minero seguía creyendo en la inocencia de Higinio Montoya.

—No se lo puedo decir —respondió el hombre apodado Perezas.

—En vista de su negativa a apoyar su propia defensa, señor Higinio Montoya, lo declaro culpable del asesinato de José Fronteras y lo sentencio a treinta años de prisión. Llévenselo.

Los gendarmes acataron la orden del juez Betancourt. El hombre apodado Perezas pasó junto a Virtud Rosales y Prudencio Toledo. Higinio Montoya prefería ir a prisión que conseguir su libertad a costa del honor de una mujer casada, en cuyos brazos se encontraba la noche en que José Fronteras, el esposo de ésta, fue asesinado.

Todo se paga en esta vida, pensó el hombre apodado Perezas.

 

Fue en el año de 1866 cuando Virtud Rosales le propuso por primera vez a Higinio Montoya participar en el plan fraguado por su marido. Virtud y el hombre apodado Perezas compartían la misma cama en ese momento:

—¿Por qué no lo hace él solo?

—José no puede con Romeo. El capitán es muy buen tirador.

—Vámonos hoy mismo —dijo Higinio Montoya.

Virtud Rosales lucía cada vez más molesta:

—¿Y con qué dinero?

—Le pido a don Prudencio para el viaje.

—Y llegando allá, ¿qué? ¿Trabajaremos como pobres? No lo creo.

Virtud Rosales se tapó el cuerpo con la sábana. Higinio Montoya se sumergió en la tela y nadó hacia su perdición.

 

Llenaron sus bules en el arroyo frente a la montaña Blanca, cuyo domo nevado era acariciado por las nubes. Cada una de las tres mulas cargaba ciento veinte kilos de oro en el lomo. El capitán Romeo Canales interpretaba Dios nunca muere en su violín. El veterano de guerra marcaba el ritmo golpeando su pata de palo contra el suelo del birlocho. Llevaba horas repitiendo la misma melodía, una y otra y otra vez, empujando las mentes de los rurales Horacio Cruz, José Fronteras e Higinio Montoya cada vez más cerca de la locura. La conducta seguía detenida junto al arroyo.

Don Romeo guardó el instrumento musical:

—¿Les cuento la historia de ese cerro?

—Por favor —se apresuró a contestar Higinio Montoya, quien prefería escuchar cualquier cosa que no fuera la melodía del violinista.

—Hace miles de años hubo un diluvio —dijo el capitán.

Horacio Cruz lo interrumpió:

—¿El diluvio de Noé?

—Otro. Éste también llenó de agua el mundo. Una tribu de pieles rojas subió a esa montaña y sobrevivió. Cuando el nivel del agua bajó, los indios descubrieron que toda la tierra era de ellos, pero había un patriarca codicioso que comenzó a robar ganado. Al ser confrontado por el resto de los jefes, el ladrón negó el robo, por lo que fue exiliado con toda su familia a un cerro colorado muy lejos, en el desierto. La piel se les puso blanca a todos los mentirosos, el pelo de la cabeza se les fue a la cara y se comenzaron a robar entre ellos. Ésa es la historia de la montaña Blanca y de la montaña Roja.

Pedro Ayala salió de los matorrales con el arco listo para disparar.

—Muy bonita —dijo.

El capitán se encontraba extrañado de ver a un güero con teguas, pintura de guerra en la cara, zahón con patrones estilo cuervo, arco y un carcaj lleno de flechas.

—¿Quién eres?

El apache güero bajó la vista para admirar su disfraz. Llevaba meses practicando arquería. A Pedro Ayala le causaba cierta gracia la manera en que acostumbraba meterse en su personaje. De haber sido actor, habría sido un comprometido intérprete de Shakespeare, Calderón de la Barca, Sófocles, Lope de Vega y del resto de los grandes dramaturgos.

—Soy el apache güero —dijo Pedro Ayala, quien se encogió de hombros y sonrió de nervios, pero también de buen humor, porque estaba un poco loco.

—Sólo se va a llevar una parte —dijo José Fronteras.

—¿Sabes para qué es este oro? Este oro es para salvar a la patria.

—Sálvate tú mismo —dijo el apache güero.

El capitán sacó su revólver:

—Yo no soy un traidor.

La saeta de Pedro Ayala dio en el pecho de Romeo Canales, cuya bala hirió al apache güero en el hombro. De sus ropas saltó un clavel. José Fronteras fue por su Winchester. Romeo Canales fue más rápido. Se repuso de su herida de flecha e inhabilitó al ladrón al volarle la mano con su proyectil calibre .44. Horacio Cruz salió de su estupor y desenfundó su arma. El hombre apodado Perezas se encargó de él con la rapidez que lo caracterizaba.

Romeo preguntó al traidor, antes de disparar:

—¿Qué se siente no tener dignidad?

Se oyó una detonación cortesía de Cornelio Callahan. La cabeza de Canales se agrietó y cayó a los pies de Pedro. El traidor preguntó al cadáver de Romeo:

—¿Qué se siente estar muerto?

Un valiente mordió el polvo. Tres cobardes caminaron entre los héroes caídos.

 

Una voz de doncella trajo a Higinio Montoya de vuelta al año de 1882.

—Nos podría ayudar —dijo la damisela.

Cuando el hombre apodado Perezas abrió los ojos, vio a Laurita Ayala, quien había limpiado y curado su herida de bala y lo había alimentado durante los tres días que le duraron las fiebres y las alucinaciones.

Higinio Montoya oyó una voz que había escuchado antes.

—Puede ser peligroso —dijo esa voz.

—Ya despertó —dijo la señorita.

—¿Dónde estoy?

La espesa barba y la extrema delgadez de Higinio Montoya impidieron que Pedro Ayala lo reconociera:

—¿Dónde le hicieron la herida?

—Sobreviví a la ley fuga en la cárcel. Mi nombre es Higinio Montoya, pero me dicen Perezas.

Se hizo un silencio, interrumpido por cascos de caballos que trotaban. Éstos se detuvieron cerca de la casa. Higinio Montoya se esforzó por levantarse del catre. Sintió un dolor punzante en el área de un riñón. La puerta se abrió de par en par y apareció el hombre del sombrero cordobés.

—Es Vicente —dijo el cachetón—. Viene para acá con Lobo y Sixto.

Por alguna extraña razón, Pedro Ayala jamás usaba sombrero. Tal vez por superstición. El hombre que jamás usaba sombrero se olvidó por un momento de Higinio Montoya. Decidió que tenía cosas más importantes de qué preocuparse en esos momentos. Él y su hija salieron al pórtico, con el hombre apodado Perezas siguiéndolos de cerca. Don Vicente y sus hombres se aseguraron de que sus cabalgaduras estropearan el diminuto huerto de hortalizas que Pedro Ayala y su hija cultivaban frente a su casa.

—¿Qué hacen aquí?

—¿Qué haces tú aquí? Te di hasta el fin de mes para irte de mi propiedad —dijo Vicente.

—Te dio hasta el fin de mes —chilló un muchacho de enormes dientes.

—Estas hectáreas se las compré al gobierno.

—¿Cuánto pagaste por ellas? No me digas cuánto valen ahora, que no pienso pagar por esta comida de conejo. Quiero saber cuánto te costaron.

—Comida de conejo, comida de conejo —se burló el joven.

Laurita Ayala dio un paso al frente:

—¿Por qué no nos deja en paz?

—Estos hombres que me acompañan son rancheros. Lucharon por esta tierra y perdieron familia a manos de los salvajes, mientras que tú y tu padre estaban en alguna mugrosa ciudad, hablando de lo mal que tratamos a los indios. Cederemos parte de nuestras tierras al ferrocarril para que conecte al estado con el resto del mundo y lo modernice… —Vicente interrumpió su discurso cuando se percató de la presencia de Higinio Montoya—: ¿Quién eres tú?

—Sólo soy un amigo de la familia —dijo el hombre apodado Perezas.

—Conque contratando a mercenarios. Pues si quieres una guerra, la tendrás. No te mataré frente a tu hija, así que te aconsejo que no te separes de ella. Lo que sí haré desde ya es sacrificar todas las reses que encuentre en mis tierras.

La sonrisa de Vicente se amplió mientras veía al hombre apodado Perezas, quien se encontraba apoyado contra el marco de la puerta y con ambos pulgares en el cinturón. Higinio Montoya hizo una rápida evaluación del escuadrón comandado por el coronel. Los juzgó a partir de la elección de sus caballos, sus posturas, sus expresiones corporales, sus armas y la manera en que las portaban. Quien reclamaba más atención era el muchacho con los dientes de burro. Jugueteaba con un lazo para presumir que era bueno con él, además de llevar dos pistolas en el cinturón, las cuales afianzaba a sus muslos por medio de una correa de cuero curtido. Higinio pensó que el muchacho de los dientes de burro no llevaba cuatro pistolas encima porque aún no se le había ocurrido hacerlo. Sin ninguna duda estimó que sería el primero en huir cuando se iniciaran los catorrazos. Esto era evidente por su comportamiento nervioso arriba de su jamelgo, un andaluz tordo con unas feas marcas de espuelas.

Al lado del muchacho se encontraba el hombre marcado con la letra “L” en la frente. Un personaje más sereno, con menos ansias por demostrar su valentía y sin armas a la vista. Su mesteño era el más bajito y corriente, pero también el más resistente. El hombre con pinta de Sancho Panza era otro que se mantenía callado. Montaba un palomino, también criollo. Se notaba que esos dos hombres estaban ahí más por lealtad a Vicente que por ganas de fanfarronear. Había muerte en sus ojos. Sus manos estaban curtidas por la sangre, la pólvora y el plomo. El resto de la comparsa se hallaba compuesta por media docena de rancheros tímidos que alguna vez habían hecho bola a la hora de perseguir indios, canjeándose así la simpatía del coronel.

—Empecemos con este becerro —dijo el muchacho rubio antes de lazar al gordito del sombrero cordobés, quien necesitó sujetarse de la columna que sostenía el techo del pórtico porque el dientón quería llevárselo de paseo.

El cachetón volteó a ver a su patrón con cara de angustia. El cáñamo le cruzaba el pecho. Se trataba de un momento bastante incómodo para todos, excepto para el muchacho con la enorme dentadura. Higinio Montoya decidió que ya había visto suficiente. De un latigazo de plomo trozó el cabo, a medio camino entre el cachetón y el joven, quien cayó de bruces ante la súbita pérdida de tensión. Cuando todos se percataron de lo ocurrido, Montoya ya había regresado el Colt a su funda con un movimiento suave.

—¿Quién hizo eso? —dijo el lazador—. ¿Quién chingados hizo eso?

El bravucón no recibió respuesta. De hecho nadie lo veía a él, ya que todas las miradas estaban puestas en Higinio Montoya, quien seguía apoyado contra el marco de la puerta, sólo que ahora forjaba un cigarro, actividad en la que tenía puesta la concentración.

—Así que fuiste tú —le gritó el joven al hombre apodado Perezas.

—¿Qué haces? —dijo uno de los rancheros—. ¿No ves que es un demonio disparando?

El muchacho llevó ambas manos a sus revólveres, en un intento por reivindicar su honor frente a Laurita Ayala.

—No le tengo miedo.

Montoya lamió el papel de su cigarro:

—Caerás muerto antes de tocar la cacha de cualquiera de tus pistolas.

Esta advertencia funcionó como un embrujo que congeló al rubio por completo. Lo único que pudo hacer el hechizado fue voltear a ver a Vicente.

—Texas —dijo el coronel—, sube a tu caballo. Nos vamos.

Texas obedeció lo ordenado por su patrón y trepó a su tordo andaluz.

El coronel saludó a Higinio Montoya tocando su sombrero.

—Estás advertido —le dijo a Pedro Ayala—. Nos estaremos viendo.

El hombre apodado Perezas respondió al saludo tocando también su sombrero. Don Vicente y su comitiva dieron media vuelta y se fueron por donde habían llegado. Higinio Montoya entró a la casa, cogió su alforja, su frazada, su silla de montar y colocó todo encima de su caballo.

—Te vas tan pronto —dijo el hombre que jamás usaba sombrero—. ¿Por qué?

Higinio Montoya volteó a ver a Laurita Ayala:

—¿Quieres discutir esto aquí?

—Vamos a dar un paseo —dijo el hombre que jamás usaba sombrero.

Los dos caminaron hacia la oscuridad de un árbol:

—Perdóname.

—Está bien, te perdono —dijo el hombre apodado Perezas—. Ahora me tengo que ir.

Pedro Ayala cogió a Higinio Montoya del brazo para impedir que se fuera:

—¿Qué querías que hiciera?

—Que dijeras la verdad. Es todo.

—A ver, ¿tú por qué no dijiste nada?

—Sabes muy bien por qué me quedé callado —dijo Higinio Montoya.

—Pues porque estabas revolcándote con esa mujer antojadiza.

—Baja la voz —dijo el hombre apodado Perezas.

—Eres tan culpable como yo, pero te haces el santo.

—La diferencia es que tú no sabes qué es pasar doce largos años en una prisión, comiendo ratas en los días malos y tortillas podridas en los peores; qué es sobrevivir a la ley fuga; el terror de correr con las balas mordiéndote los talones.

Pedro Ayala se mostró curioso:

—¿Cómo fue eso?

—De un total de treinta y cuatro reos, yo era el preso número nueve. Nos llevaron al desierto. El comandante dijo que éramos hombres libres.

El papá de Laurita destapó su licorera:

—¿Y qué hiciste?

—Pues corrí, ¿qué más iba a hacer?

—Pero les dispararon, ¿no? —dijo Pedro Ayala.

Higinio Montoya forjaba otro cigarro:

—¿Qué querías que hiciera?

—Qué barbaridad. No cabe duda de que éste es un país de salvajes. ¿Cuántos la libraron?

—Sólo yo.

—Pero el testimonio de Virtud te pudo haber sacado de la cárcel.

Higinio Montoya lamió el papel:

—Le pedí que no lo hiciera.

—Y ella, muy obediente, te hizo caso —dijo Pedro Ayala.

—No la vuelvas a meter en esto.

—Esa mujer te dio té de calzón.

—Fue por el bebé que esperaba.

—¡Dios mío! —dijo Pedro Ayala—. La preñaste.

—No lo sé. La verdad no lo sé.

—Ya debe de tener… ¿Cuántos? ¿Quince años?

—Algo así. Más o menos.

—¿No lo has ido a ver? Lo más seguro es que sea tu hijo.

—Oficialmente es hijo de Fronteras. Además, Virtud se volvió a casar con un teniente de la marina.

—Virtud: vaya nombrecito.

—¿Qué insinúas?

Pedro cambió de tema:

—Tienes que ayudar a mi hija. Esta tierra es todo lo que le dejaré.

—La pagaste con los tejos de oro que le robaste a José.

—No se te olvide que ese oro también era mío —dijo Pedro Ayala.

Higinio Montoya exhaló el humo de su tabaco:

—Y mío.

—Tú nunca lo quisiste. A ti lo único que te interesaba era seguir montando a esa buscona.

Como un relámpago, el cañón de un revólver apareció junto al ojo de Pedro Ayala:

—¿Vas a dejar a Laurita a merced de ese latifundista? Nos quiere quitar nuestras tierras. Se quiere quedar con todo.

—Tú harías lo mismo en su lugar.

Pedro Ayala se puso serio:

—¿Lo crees así?

—Lo sé así.

—Y ahora, ¿qué crees que pase? ¿Crees que se aparezcan por aquí otra vez?

El del sombrero cordobés preguntó:

—¿Ése es tu hombre de confianza?

—¿Carmelo? Sí. Se puede decir que es mi hombre de confianza.

—Se va a ir, junto al resto de tus trabajadores. Ya los vi. Son vaqueros. No tienen nada que hacer enfrentando matones.

—Entonces, ¿qué hago? Aconséjame, por favor.

—Pues te aconsejo que vendas. Es lo que yo haría si fuera tú.

—Eso jamás. No soy ningún cobarde. Prefiero combatir a Vicente.

—No tienes ninguna oportunidad. El señor cuenta con buenos pistoleros.

—¿Te refieres a Cornelio y a Sixto? El primero es un indio maricón. El otro es el Sancho Panza del coronel. Los dos son buenos, pero no tanto como tú.

—No entiendo. ¿Eso qué tiene que ver?

—Este rancho también es tuyo. Lo compré con el oro de los tres. Podemos ir a la capital y cambiar las escrituras ahora mismo.

—¡Por Dios! ¿Qué voy a hacer con un rancho? No soy ranchero.

—Entonces, ¿qué eres?

Higinio Montoya permaneció un momento pensativo, sin contestar. Señaló a Laurita:

—¿Qué fue de su madre?

—Se la llevó la maldita plaga del ‘75. Fue un año fatal para todos aquí. Sequía, calor infernal, apaches locos haciendo sus averías por todas partes, enfermedad… La peste también se llevó a la esposa de Sixto Mejía y a la mamá de Cornelio, los dos matones que acompañaban al coronel.

Laurita Ayala se acercó al par de hombres:

—Papá, ¿estás bien?

—Sí, hija. Este señor y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo.

—Está refrescando. Será mejor que hablen en la casa.

—No te preocupes. En un momento vamos.

 

Olvidémonos de metáforas, alegorías y símiles. No invoquemos a los dioses ni a las estrellas ni a las rosas ni a las piedras preciosas. Mucho menos a los ángeles. Tampoco hablemos de cualidades, simetrías ni rasgos específicos. Pongámoslo de la siguiente manera: para el hombre apodado Perezas, Laurita Ayala poseía una de esas caras que no se quiere perder de vista ni por el más ínfimo de los instantes. Una de esas caras que, cuando se está frente a ella, hasta duele parpadear. Una de esas caras que se podría pasar toda una eternidad admirando, sin dormir, sin comer, sin beber, sin fumar. Sin tocarla para no ensuciarla. Tan sólo admirándola. Una de esas caras cuyo recuerdo uno se esmera en grabar en la mente, pero esto no basta, porque el recuerdo no le hace justicia, así que se vuelve a voltear en su dirección aunque ya se empiece a asustar a la pobre dueña, porque la obsesión es demasiado difícil de ocultar.

Higinio Montoya logró olvidarse de esa cara por sólo un momento:

—¿Qué tal están las relaciones del señor con el gobierno?

—Es un excelente jugador —dijo Pedro Ayala—. Desde que llegó al estado, no ha perdido ninguna de sus apuestas políticas. Se adhirió al Plan de Ayutla; combatió a los tacubayistas; no aceptó sumarse al imperio. Es un maldito zorro.

—Hablas como si lo admiraras —dijo el hombre apodado Perezas.

—Tú lo has dicho: de estar en su lugar, habría hecho lo mismo.

—Si vamos a pelear, no podrá ser por los cauces legales.

El hombre que jamás usaba sombrero le pegó otro trago a su botella.

—Demasiado poderoso —dijo.

—¿Este mentado coronel tiene enemigos?

—Cientos, pero no nos deja organizarnos. Controla todo Redención como si fuera suyo. Él mismo les paga a salteadores de caminos como McKenna para mantenernos aislados. No puedo salir. Y necesito alambre para mi cerco.

—Hablo de alguien igual de poderoso que él.

Pedro Ayala lo pensó por un momento:

—El alcalde de Resurrección, don Puig Gallegos. Ése es su enemigo número uno.

Higinio Montoya permaneció pensativo.

El hombre que jamás usaba sombrero lucía consternado:

—¿Qué vamos a hacer?

—Iremos por ese alambre para tu cerco —dijo el hombre apodado Perezas.

 


Hilario Peña también es autor de libros como Malasuerte en Tijuana (2009), La mujer de los hermanos Reyna (2011), Chinola Kid (2012) y Juan Tres Dieciséis (2014), todos publicados por la editorial Penguin Random House. Además de Págale al diablo, novela editada por Nitro/Press en 2016. Sus libros están protagonizados por detectives, comisarios y boxeadores.