Por Luis Uribe

“Después de dos días de caminar por el desierto, ya estábamos en tierras americanas, pero el señor con el que iba se me desmayó”.

Un domingo de finales del mes de febrero conocí a Óscar, un joven hondureño de veinte años de edad. Se encontraba sentado en el patio de la Casa del Migrante, conocida como El Refugio,[1] desde donde me miraba sonriente, justo a lado de un hombre de una edad más avanzada que sostenía con ambas manos un libro, cuyo título quedaba escondido detrás de sus dedos. Gabriela, una amiga que me acompañaba aquel día, se acercó y le preguntó si le gustaba mucho leer. “García Márquez es quien me gusta, éste nada más lo leo para pasar el tiempo”, contestó, para después espantar una gallina que cacareaba debajo de la mesa.

Marlon es el nombre de aquel lector asiduo de Gabriel García Márquez. Esa misma tarde nos contó que hacía un mes que había salido de Tegucigalpa, Honduras, de donde era originario. Se dirigía a Estados Unidos, donde su esposa ya lo esperaba. Ella y la niña que cargaba en su vientre habían logrado cruzar la frontera junto al coyote que las dejó en Phoenix, Arizona. Hoy, Marlon aún no conoce a su hija.

Óscar salió de Tegucigalpa con Marlon, de quien era vecino en el barrio donde creció. Confiesa que él sólo quería probar suerte: “Quería ver que tan difícil es llegar a Estados Unidos viajando en el tren, me le pegué a Marlon, no me da miedo y no tengo nada qué perder”. Cuando dice esto tira una carcajada, seguida de un ligero puntapié a la gallina que vuelve a rondar bajo de la mesa.

Aquel día Marlon y Óscar llevaban un mes viajando en “La Bestia”. Hacía un día que habían llegado a El Refugio, los mismos migrantes en el tren les dieron santo y seña del lugar. Dicen que no fue difícil encontrarlo, justo antes de ingresar a los andenes de carga de la empresa Ferromex, casi a la altura de Periférico, los bajaron. Ahí fueron siguiendo las bardas pintadas con la leyenda “La Casa del Migrante”. Según las reglas del albergue pueden permanecer hasta por tres días; así que el plan es bañarse, comer y descansar para después continuar con el periplo cuyo destino final, se habían prometido, era el estado de Arizona.

Marlon.

Han pasado más de sesenta días desde aquella tarde de febrero en la que conocí a Marlon y a Óscar; desde entonces no había regresado a El Refugio. “No es muy común reencontrarse con la misma gente en un periodo tan corto”, me dice Fabián, quien durante años ha sido voluntario en el albergue, tras la sorpresa que me invade cuando caigo en cuenta de que aquel chico que vacía un costal de cemento sobre la mezcla de concreto que está a punto de amalgamar es Óscar, el mismo que quería probar suerte.

No dudo en acercarme y preguntarle qué hace aquí, a lo que contesta: “Ya andaba en el desierto pero el señor con el que iba se me desmayó”. No ha perdido el gesto con el que lo conocí: sonríe. No sé si es la frase, la sonrisa o la mezcla de ambas la culpable del desconcierto que me invade.

Se apoya en la pala que está junto de él, a plena luz del sol, para darme detalles de lo sucedido. Óscar y Marlon llegaron hasta Caborca, Sonora, donde se bajaron del tren. Ahí tomaron un autobús que los llevó hasta Sonoyta,[2] donde conocieron a un coyote que les propuso llevarlos hasta Lukeville, Arizona.

No era un coyote común el que conocieron, es decir, uno al que se le entrega una cantidad de dinero y éste asegura dejarlos en algún punto del otro lado de la frontera. Óscar y Marlon no viajaban con el dinero suficiente para financiar ese tipo de coyote. Aceptaron la oferta que éste les había propuesto: caminarían cinco días por el desierto y él los guiaría en todo momento. Al llegar a Arizona un vehículo estaría esperándolos. A cambio, ellos tendrían que viajar con un par de maletas llenas de droga.

Óscar.

Según Óscar, les entregaron dos mochilas con veintiocho kilos de cocaína y algunas botellas de agua para el camino. El calvario sucedió así, me lo explica: “Hay puntos donde te vas encontrando con gente en las montañas, hombres escondidos en cerros pelones, donde sólo hay nopales y choyas. Esos hombres traen radios, por ahí le van diciendo al guía cuando debemos cruzar. La cosa era que no nos daban comida y después de dos días de caminar por el desierto, ya estábamos en tierras americanas, el señor con el que iba se me desmayó. Ya no aguantó” —refiriéndose a Marlon—. “Yo me puse a discutir con el guía, pero cuando uno deja la mochila tirada, te matan. Nos tiramos pa’ atrás, caminamos dos días hasta encontrar la carretera. Tuvimos suerte de que no nos hicieran nada”.

Cuando me cuenta lo sucedido en el desierto, Óscar no se inmuta en ningún momento, suelta, inclusive, una ligera risa. A mí me cuesta dimensionar lo que acaba de contarme, me sobrepasa. Él termina la historia, como si vislumbrara la próxima pregunta: ¿Qué sucedió después? “Nos regresamos a Caborca. Marlon se fue al D.F. en camión. Yo logré hablar con un tío que está en Mexicali, me dio algo de dinero hasta que pude hablar al Refugio para decirles si podía regresarme”.

Óscar y Marlon sobrevivieron al desierto, los coyotes no los mataron, pero sus destinos tomaron rumbos distintos. La historia de Marlon se narra así: Después de regresar a la Ciudad de México logró comunicarse con familiares en Honduras. Encontraron la manera de hacerle llegar los cuatro mil dólares que necesitaba para pagar un coyote que lo llevara hasta con su esposa y su hija, que ya había nacido. Esta vez cruzó por Ciudad Juárez. Ya en Texas fue detenido y deportado a los pocos días.

La última vez que Óscar habló con Marlon lo hizo desde el teléfono de la Casa del Migrante, ahí, donde hace un par de meses ambos anhelaban el sueño americano. Marlon ha regresado a Tegucigalpa, y cuando le pregunto a Óscar si cree que volverá intentar llegar hasta con su esposa, simplemente se encoge de hombros.

El otro paralelo de la historia, la de Óscar, se relata así: Volvió a montarse en “La Bestia” y hace veinte días que llegó a Guadalajara. En la Casa del Migrante ya lo esperaban. El padre Alberto[3] le dio trabajo como albañil. Ayuda a construir más habitaciones en El Refugio, que recibirán a más migrantes que se dirigen al norte, como alguna vez él lo hizo. Cuando le pregunto si volverá a intentarlo se pone serio, mira al suelo y dice: “Se me bajaron los ánimos. Ya no tengo los ánimos pa ir pa’ allá arriba”.

En El Refugio han apoyado a Óscar para iniciar el trámite de solicitud de visa, bajo la calidad migratoria de refugiado. Hace una semana estuvo en las oficinas del Instituto Nacional de Migración. Dice que lo que le han pedido es contar su historia, lo que le pasó, en el intento por cruzar el desierto, pero, sobre todo, cómo era su vida en su natal Honduras. Me resulta inevitable preguntarle cómo era esa vida.

“Allá tienes que andar callado, oír y callar. Si tú trabajas te quitan la mitad de tu dinero. Las pandillas están duras. Yo la verdad tenía problemas con una pandilla porque querían que trabajara para ellos vendiendo droga. Ese no era mi pensar, sí andar en la calle y todo. Les compraba droga, fumaba droga, pero una cosa es que compre y otra que trabaje pa’ ellos”.

Óscar repite en un par de ocasiones —lo hace con una sonrisa de oreja a oreja— que en dos meses le dan respuesta sobre el trámite de la visa.[4] Asegura que, de los lugares por los que ha pasado en México, Guadalajara es donde se siente más a gusto. “Aquí no te miran mal”, me dice y toma vuelo para contarme su plan: “Yo quiero hacer vida aquí. Me voy a quedar en el Refugio hasta que me saquen. El padre Alberto nos llevó a Tonalá, allá hay una construcción que va a durar un año. Yo he sido albañil y mecánico en mi tierra, pero en lo que soy más bueno es en la soldada. Si consigo dinero quiero sacar a mi familia de allá”. Los enumera: “Mi hermano, su esposa, mis sobrinita, mi abuela, mi tía y mis dos primitas. Mi madre ya murió”.

Con la pala que sostiene en su mano derecha —y que no ha soltado en todo este tiempo— espanta una gallina que hace rato que lo rodea.

Antes de despedirnos esboza la última sonrisa y concluye: “Yo quiero poner un pie en el estadio. Me dijeron que el de las chivas está fresa la cosa”.


[1]. La Casa del Migrante “El Refugio” es un albergue situado en la ladera del Cerro del Cuatro, a unos tres kilómetros de las vías del tren justo en los linderos de Guadalajara y Tlaquepaque, un lugar dedicado a ofrecer alimento, descanso y asistencia médica a migrantes indocumentados  que viajan en el ferrocarril conocido como “La Bestia”, a través de la ruta Occidente–Pacífico que atraviesa Guadalajara, Tepic, Sinaloa y Sonora hasta llegar a Mexicali.

[2]. Sonoyta está ubicado en la cabecera del municipio General Plutarco Elías Calles, en el estado de Sonora, justo en la frontera entre México y Estados Unidos, frente al pueblo de Lukeville, Arizona. Es conocida por ser un importante punto de cruce de migrantes ilegales. En el desierto de Sonoyta la temperatura puede alcanzar los 42º C.

[3]. El padre Alberto Ruiz, párroco de la iglesia de Nuestra Señora del Refugio, junto a un grupo de voluntarios abrió, en el año 2012, la Casa del Migrante El Refugio con la idea de dar asilo temporal a los migrantes que cruzan por la colonia las Juntas, rumbo al norte del país.

[4]. En el año 2015 la Secretaría de Gobernación recibió 3,423 solicitudes de refugio (60% más que el año anterior), de las cuales 1,560 fueron de ciudadanos hondureños (Excélsior, 2016).