Por Javier Armendáriz

Hace un par de semanas concluyó la tercera temporada de Twin Peaks, luego de un hiato de más de veinte años a lo largo de los cuales miles de personas en todo el mundo se habían preguntado qué habría sido del agente Cooper luego del enigmático final de su segunda temporada. ¿Cómo estaba Annie? ¿Estaba el buen Dale atrapado en otra dimensión? ¿Qué había pasado con Audrey luego de haber estado atrapada en la explosión de un banco? ¿Habría sobrevivido Leo a la trampa de Windom Earle? Preguntas que al parecer nunca tendrían respuesta. Sobre los motivos de la cancelación de la serie original se ha discutido muchísimo en charlas de sobremesa, entrevistas, fanzines y foros cuando apareció el Internet (o, bueno, eso es lo que cuentan. Yo ni siquiera había nacido en tiempos de la transmisión original de la serie. La mayor parte de los noventa estuve muy ocupado, ya saben, aprendiendo a caminar, hablar y no cagarme en mis pantalones. Cosas de millennials). No nos vamos a poner a discutir eso aquí, basta decir con que el misterio nunca se resolvió, cortado de tajo de manera abrupta.

El pasado 3 de septiembre fuimos testigos por última vez de la serie de extraños acontecimientos que giraban alrededor del asesinato de Laura Palmer. David Lynch y Mark Frost tenían dos horas para mostrarnos por fin en qué puerto anclaba ese barco salido a la mar hacía tanto tiempo. ¿Y qué fue lo que pasó? Pues… dicen que una imagen dice más que mil palabras, así que probablemente un video de YouTube sea la forma de comunicación definitiva. Y ojo a los incautos, que aquí vienen spoilers:

Es un final incómodo. Es un final al cual le viene valiendo cien toneladas de verga si te gustó o no. Justo después de que lo vi, no me gustó. Me sentí defraudado. ¿Pasé más de tres meses chutándome las escenas de Dougie para esto? Además, ¿qué pedo con la última escena de Audrey? ¿Qué pasó con la hija de Bobby y Shelley? No me chingues, Lynch. Necesito una explicación, necesito saber qué pedo.

Entonces, unos días después, una verdad cósmica me golpeó en la cara como el trasero de un desconocido cuando vas sentado en el transporte público: Nunca vas a saber qué pedo. Ese es el punto.

Pienso que todos en mayor o menor medida proyectamos nuestras vidas en las narrativas con las que entramos en contacto. Esto es particularmente cierto con aquellas cosas que no solo nos gustan, sino que adoptamos como estandartes personales. La morra que te gustaba en la pubertad es la que someday will be a star in sombody else’s sky en “Black”. Tú eres Hamlet, deseoso de venganza, y el camionero que no te hace la parada por las mañanas (y que además se acuesta con tu jefa) es tu Claudio. Y algún día el muy bastardo pagará por su traición.

Por supuesto, estas proyecciones siempre hablan más bien de lo que quisiéramos ser y de cómo deseamos que sean las cosas. (Sí, ya sé que al final Hamlet muere y que Eddie Vedder nunca recupera a la chica, pero Hamlet muere con estilo y Eddie Vedder… pues es Eddie Vedder). Además de eso, todo en una —buena— narrativa juega un papel. Nada hace falta y nada está de más. Al llegar al punto final, todo tiene sentido. Las piezas encajan. El misterio se resuelve. Sabemos por qué el asesino hizo lo que hizo. El vaquero cabalga con la chica al amanecer. Woodie Harrelson encuentra el último submarino del mundo y se lo come. Fundido a negro, créditos finales con una rola pegajosa.

No con David Lynch.

En muchas ocasiones, el cineasta ha dicho que él no discute sus películas. No ofrece explicaciones. No da pistas. “The film is the talking”. Esto es muy cierto en su filmografía, pero creo que tiene una relevancia particular en Twin Peaks. Es como una proyección de esas que he mencionado más arriba, solo que en esta ocasión no permite que proyectemos un ideal en la historia que se desenvuelve ante nosotros, sino la insatisfactoria ignorancia en la cual estamos constantemente sumergidos en la vida. ¿Cuántas cosas no te han pasado a lo largo de tu tránsito por la vida que nomás no explican cómo fue que pasaron? No me contestes, pero tú y yo sabemos que algo se te vino a la cabeza.

Es como el pobre Agente Cooper, quien al final no sabe ni en qué año está. Pobre Audrey, atrapada entre la realidad y el sueño, o entre dos dimensiones paralelas, o entre la cordura y la locura, o sabrá dios entre qué, pero atrapada. Pobre Janey-E, que quizá nunca sabrá que su esposo es una especie de gólem (o tulpa, como son referidos en la serie). En ese aspecto, Twin Peaks es un universo muy parecido al nuestro. Un mundo de preguntas sin respuestas. Un mundo donde la inocencia más infantil camina del brazo con una brutalidad desgarradora. Un mundo donde en medio de todo esto la vida es capaz de seguir con una cotidianeidad pausada que se antoja tediosa y apacible al mismo tiempo. Dudo mucho que la serie vaya a continuar más allá del grito final de Laura. Y no tiene por qué hacerlo. El misterio nunca tiene una respuesta definitiva. Y esta vez Lynch y Frost deciden que así sea. Han hecho arte de las circunstancias de la vida sucedidas hace casi tres décadas. Las piezas están ahí, incompletas. Y al final el rompecabezas forma una figura abstracta que se puede ensamblar de distintas maneras. Y nosotros haremos teorías, buscaremos explicaciones y al final decidiremos quedarnos con una, no necesariamente mejor que las otras. Como cuando uno pasa la noche en vela buscándole respuesta a las cosas que van más allá de nuestro control y que, aun así, nos afectan.  ¿Van a estar las cosas bien mañana? Nos preguntamos. Tal vez sí, pero el día después, quién sabe. En Twin Peaks y en La Vida, no hay finales verdaderos.

Aunque, al menos en Twin Peaks hay un soundtrack chingón. En La Vida solo se escuchan tus quejidos de confusión.