Por Jonás

De noche, la clase alta conspira, “jaibol” en la mano, tramando.

La clase media descansa, estropeada, la televisión mirando.

La clase baja sigue abajo, el día del cambio esperando.

Mientras duerme la ciudad, Rubén Blades

Los tiempos de crisis han demostrado ser los escenarios que catapultan la organización a un nivel inigualable. Tiempos revolucionarios son precedidos por las mismas, aunque se observe este escenario con poca credulidad. Pues como diría Herbert Marcuse respecto de los movimientos estudiantiles del 68 durante una entrevista “no hay que ser derrotista pero tampoco hay que hacerse ilusiones”.

Bajo estas coordenadas, hemos visto con singular entusiasmo el resquicio de la organización que México no demostraba con antelación. La indiferencia y la falta de un horizonte se han convertido en la sustancia única de los movimientos sociales contemporáneos, posmodernos, y sin embargo en medio de esta vorágine se dan las muestras de solidaridad.

Esta frase, que puede enmarcar el voluntarismo liberal o propio de nuestro sistema-mundo moderno, no es utilizado sin tomar las reservas necesarias, es un concepto que no carece de la lógica necesaria para ser usado, pues bien puede enmarcarse en distintas determinaciones que circulan en el mundo de las ideas respecto de las ilusiones provocadas a partir de la expresión de apoyo social a la crisis mexicana que actualmente viven estados como Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Puebla, Morelos y la Ciudad de México.

Las acciones no paran y la crisis se encuentra entre dos vasos comunicantes. La imagen solidaria sumamente aplaudida desde las redes sociales, reflejo incluso de algunas expresiones artísticas entre las que más destacan presentaciones musicales por parte de Lila Downs o el tan compartido poema de Juan Villoro a la luz de lo sucedido en la capital de México, sobretodo; pero también entre la sobredimensión de un problema de esta naturaleza por parte de las televisoras más importantes del país y, hay que decirlo con toda sinceridad, el grueso de los medios de comunicación que han explotado la imagen dolida del familiar frente a la cámara como si cada lagrima derramada constituyera un punto de raiting.

No es un cheque en blanco, tampoco hay que ilusionarnos demasiado. En el calor de la gente organizando cajas, productos alimenticios y personas con ansias por querer reflejar su ociosidad en una acción que contribuyera a lo menos, una joven voluntaria pensaba en uno de los puestos de acopio de la Cruz Roja en Jalisco que aquello sólo era símbolo de la expresión mediática y pronto terminaría. Lo dijo un día después del fenómeno que azotó a gran parte del país, su reflexión no debe ser tomada como algo que ya fue superado o la ilusoriedad idealista. Al contrario, es el punto nodal de esta reflexión. ¿Cuánto tiempo le queda a la solidaridad que hoy embarga a muchos? ¿Cuántas imágenes, vídeos y publicaciones en redes sociales son necesarias para llenar la cuota de participación solidaria?

No hay que olvidar, pues estas disertaciones han pretendido hacer el acento en este punto a través de diversas reflexiones en esta columna, que los movimientos sociales posmodernos, por su carácter performativo encuentran su sustancia en el vacío del espectáculo. La solidaridad no es más que la cobertura cínica del hacer algo frente al grueso que no hace nada. La movilización social actual, ajena a los sentimientos de quienes con cercanía sí se ven involucrados en las consecuencias del sismo mexicano, es la expresión máxima del goce necesario para cubrir la cuota de solidaridad líquida.

Por ello, en oposición a esta pretendida solidaridad o voluntarismo líquido, por citar a los clásicos, podemos pensar en el apoyo mutuo. Este apoyo es el que sin reservas y desde la discrecionalidad se ha venido organizando con antelación. Pero más allá de este vacío que hace peligrar la movilización proveniente de los sismos mexicanos, también pensar en qué medida estas expresiones serán el reflejo de una radicalidad que empiece a cuestionar otro tipo de lógicas, más allá de las que desde los medios y el oficialismo han venido circulando.

Por fortuna ya hay algunos, aunque no suficientes como para poner el acento en la complejidad de las determinaciones que circulan en torno a las consecuencias de los sismos. Reproduzco un mensaje íntegro recibido este fin de semana a través de correo electrónico por parte de Anaïs Abreu D’Argence y Emiliano Álvarez Pastrana bajo la firma de La Diéresis Editorial:

“Somos vecinos de la colonia Zacahuitzco y exigimos de manera urgente una investigación seria y profunda sobre las evidentes irregularidades en la construcción del edificio de Bretaña #90, el cual se derrumbó el pasado 19 de septiembre a consecuencia del terremoto. Según lo que hemos podido averiguar hasta ahora, en el predio, hace algunos años, existía una casa de dos pisos, a la que luego se le agregaron dos más; después, el edificio estuvo vacío y a la venta por varios meses. Cuando finalmente se vendió, se iniciaron labores de ‘remodelación’. El edificio de cuatro pisos creció un nivel más y se transformaron la fachada y los interiores. Tras esos trabajos, se estuvieron anunciando y vendiendo departamentos. En la tercera foto que adjuntamos se ve el edificio como estaba al momento de su derrumbe, según el anuncio de otro sitio web. Al parecer, la supuesta remodelación del edificio y su ampliación se hicieron sin hacer la debida cimentación; es decir, se construyó un edificio de cinco pisos sobre los cimientos de la casa original de dos niveles. Además, según se hizo evidente tras el derrumbe, las varillas y los materiales de construcción empleados no fueron los adecuados. Sabemos que el sismo fue de una magnitud e intensidad severas, pero en este, como en muchos otros casos, vidas humanas pudieron haberse salvado de no ser por todas estas irregularidades, por las cuales responsabilizamos a las autoridades de la Delegación Benito Juárez, quienes otorgaron los permisos correspondientes, así como al arquitecto o constructor a cargo de la obra. Exigimos se transparente toda la documentación relacionada con este predio y se finquen las responsabilidades pertinentes. No podemos dejar que la corrupción y la negligencia sigan cobrando más vidas en un futuro”.

El mensaje es claro ¿cuántos edificios o edificaciones estuvieron bajo esta misma lógica? Por supuesto que los expertos en sismos podrán argumentar todo lo que sea necesario con respecto a las condiciones científicas que den explicación a las magnitudes y zonas afectadas en el país. Pero también es cierto que en los últimos años las ciudades se han beneficiado de la corrupción y los fenómenos inmobiliarios. La expansión capitalista encontró su nicho urbano en la proliferación de elefantes blancos, ilegales e inseguros en estos términos. Más allá de planes de ordenamiento territorial en los cuales quedara marcado dónde sí y dónde no construir, proliferó el negocio inmobiliario desmedido. No sólo la responsabilidad gubernamental y de iniciativa privada se tornan relevantes en el sentido de la respuesta que le concedan a estas problemáticas, sino que entender el contexto en el cual se han dado las ciudades en los últimos años también es entender que la solidaridad líquida puede encontrar su sustancia en la formulación de nuevos movimientos inquilinarios que pongan el acento en la necesidad de viviendas no solamente dignas, sino funcionales a las condiciones básicas de seguridad para poder habitarlas.

La potencialidad de la organización a partir de la solidaridad líquida se pretende estudiar a la sazón de lo ocurrido en otras crisis de esta naturaleza, ya sea en el sismo de 1985 en la misma Ciudad de México o con las explosiones ocurridas en el sector Reforma en 1992 en Guadalajara. Empero, nos encontramos ante escenarios políticos totalmente distintos, y no con respecto a cuestiones formales, sino ante un fondo en el cual la articulación de una oposición partidista o la realidad de configuración social ya no parecen tan sólidas como entonces, habría que ver con cuidado el futuro o lo que devenga de este escenario crítico, sin embargo no puede constituir un cheque en blanco. Es decir, podemos dar reservas con respecto a la respuesta social, pero de ninguna forma es posible un escenario en el cual podamos decir, como en los casos citados, que cambien los regímenes políticos a la luz de la articulación de la izquierda o en pro de la alternancia política. Hay que poner el acento en estos fenómenos para ver de qué forma se van configurando en torno a una realidad política que muestre una plataforma en la cual sí se den los cambios necesarios desde la ética y no desde la normatividad, es decir, para que los cambios se den en el terreno ontológico y no óntico, por citarlo en términos filosóficos.

No obstante la mirada se pone en otro lado. Los medios de comunicación sirven como distractores excelentes y los grupos “realmente organizados” se desvían en su afán por no perder la batuta frente al voluntarismo líquido. En cambio, vemos aplausos a la inversión privada, las mismas corporaciones que lucran con la donación como forma de evasión de impuestos, por sus pretendidas acciones de beneficencia ante los más necesitados. La ingenuidad en su máxima expresión. Claro que hay que aplaudir la solidaridad social que hoy prolifera, pero en todo caso, esta crisis vaya que nos plantea muchos escenarios de reflexión que no se pueden agotar con la disolución del voluntarismo líquido.