Por David Álvarez

En el diario El País, dos noticias en el campo artístico resaltaron por la polémica que encierran. La primera hacía hincapié en el Rijksmuseum de Ámsterdam, en el que se cambiaron más de 300 títulos –algunos de ellos creados durante el siglo XVII– por considerarlos ofensivos. En palabras de Martine Gosselink, encargada del departamento de Historia del recinto, lo que intentan es “evitar términos (…) que ya no encajan en nuestra sociedad. En especial los que derivan de la época colonial”, así, obras como Jovencita negra (1895-1922) del pintor holandés Simon Maris cambió su denominación por Mujer joven con un abanico, en el intento de suprimir términos despectivos en el que diversos expertos, entre lingüistas y antropólogos, trabajaron. Si bien no es una noticia nueva –desde inicios del 2016– se vuelve a poner en la agenda debido al avance obtenido. La segunda es más reciente, y quizá uno de los rasgos por la que recobró interés la noticia del museo en Holanda. La controversia se generó en la ciudad de Santa Cruz, España, en la sala de plenos del Parlamento de Canarias, donde un par de obras realizadas por Manuel González Méndez, en 1906, presiden dicha estancia. Los lienzos “son episodios de la conquista del archipiélago por los españoles, a fines del siglo XV”, aclara El País, titulados La entrega de la princesa y La fundación de Santa Cruz de Tenerife, en el que se muestran a una joven aborigen, Arminda Masequera, cedida a los conquistadores, y a soldados sosteniendo una cruz sobre algunos frailes, respectivamente; temas que han generado conflictos en ciertos grupos parlamentarios al considerarlos una afrenta.

Una obra de arte es un registro del tiempo y de las dinámicas sociales que en una época suceden, fungiendo incluso como documentos históricos que da cuenta de las formas en que los seres humanos afrontan la experiencia de vivir en un determinado lugar y momento, a partir de los recursos formales y simbólicos empleados, así de técnicas y estilos. Para analizar una obra artística, existen recursos interpretativos y descriptivos que derivan en métodos, cabe resaltar a Edwin Panofsky quien propone tres líneas basadas en un sentido fenoménico de la imagen, su significado iconográfico y el contenido esencial como expresión de valores. Tal método se concibe, estrictamente, en tres niveles definidos como pre-iconográfico, iconográfico e iconológico, en el que resalta el valor de la imagen en vinculación con el tema y su contexto, a partir de particularidades que el autor alemán define en su trabajo.

En su tesis número VII, Walter Benjamin atina en decir que no “hay documento de cultura que no sea a la vez un documento de barbarie. Y así como éste no está libre de barbarie, tampoco lo está el proceso de la transmisión a través del cual los unos lo heredan de los otros”. Basta observar La estela de los buitres para dar cuenta de ello, una serie de grabados conmemorativos de la victoria del rey Eannatum, creado en el año 2450 a. C., en el que se muestra una fila de soldados marchando sobre un suelo repleto de cadáveres a los que acuden perros y buitres. Sin embargo, no es la única obra que constata su entorno, si uno realiza un rastreo por la historia del arte nos encontraremos con registros bélicos, de imposición y de estructuras sociales acorde a su tiempo en cada uno de ellos: las esculturas griegas de Fidias, Mirón y Policleto y los cánones de belleza corporal que impregnaron el pensamiento en Occidente, las construcciones barrocas en América durante el siglo XVII y XVIII, la imposición del neoclásico acorde a los ideales ilustrados, la serie de grabados La tauromaquia de Francisco de Goya, el muralismo y el cine en México que configuraron el proyecto nacionalista durante el siglo XX y millares de propuestas artísticas que traen consigo un tiempo cargado de valores específicos, en correspondencia con las dinámicas sociales e ideológicas en el que surgen. Si se trata de desaprobar ideas que consideramos violentas –con juicios de nuestro tiempo– quizá habría qué colocar una manta sobre la mitad del mundo para que ello fuera posible y, no obstante, la censura adquiere dimensiones impositivas como recuerdan los sistemas dictatoriales de los que la historia ha dado cuenta.

Las luchas en materia de raza, género y clase, han recorrido caminos sinuosos, no obstante modificar y transgredir los registros artísticos es fragmentar el mundo, negando una parte de él a partir del olvido de la barbarie mediante disfraces correctivos. Lo necesario es asumir a consciencia el pasado, cuestionando los procesos de transmisión de dichos documentos, venidos desde la crítica y la reflexión, y no de la censura, entendiendo que estos componen parte de nuestra historia como humanidad. El siglo XX nos ha dejado la lucha por la diversidad, la de sujetos excluidos de la mirada pública que resurgen a partir del conflicto con la cultura dominante, con los valores y jerarquías simbólicas establecidos por ella, y en el que brotaron, a su vez, una serie de investigaciones y prácticas en torno a la memoria, en el que dejar testimonio de los distintos regímenes atroces adquirió relevancia ante la necesidad de construir una cultura crítica.

Olvidar cómo fuimos nombrados, esclavizados y vejados, es una forma de rendición, no es por azar que las manifestaciones sociales han proclamado para ciertos acontecimientos deplorables, la memoria, convirtiéndose en símbolos de lucha. Tampoco es circunstancial que tales términos, nombramientos impuestos con clara burla, hayan sido apropiados por algunos de sus habitantes, quienes reivindican tales vocablos desarticulando el sistema de signos jerárquico por uno identitario, para mirar de frente a quien ofende. Disfrazar es olvido, algo que, más que nunca en nuestro tiempo, no podemos otorgar.