Por Daniel Wence

 

Ya no insisto.

Como en aquellos pájaros lo vi reventar el espacio.

Su luz final provino de la rendija

tal vez de un agujero en la cabeza, da lo mismo.

Una cuchara caliente desmantela mis células cutáneas

me borra –roja– el pico y la pluma de su cuerpo.

 

Su hermosura despedazó la casa.

 

De su voz vinieron otros pájaros y se alejaron con ira.

Al cabo murieron, por sobrevolar el barrio, en el intento:

alondras, calandrias, tórtolas y treparriscos.

 

***

 

Ninguna avenida lo detuvo.

En el reloj posiblemente eran las cuatro.

Yo no dormía, ni lo intentaba.

Mirando al otro sentí nostalgia por la casa;

sin ellos juntos, ¿cuál casa?

Y de acuerdo con la estación, el día y la hora,

Saturno estaba golpeando nuestra puerta.

 

Qué placer: sentir cómo te aplasta un astro,

de qué manera, a tu lado ronca fugitivo

poniéndole motes a tus cicatrices.

 

Fuimos felices por una misma llaga:

la marca que lleva uno en el tórax la lleva también el otro.

 

Qué placer.

 

***

 

Esa tarde taladra mi memoria

como una palabra recién aprendida.

Repaso su pronunciación y su significado.

La coloco en cada discurso imaginando su contexto

para utilizarla

como un efecto de caza o la soberbia manera

de restregar que es parte de mis recuerdos y no de los suyos.

 

Ella dice que la tarde, con todos sus detalles,

se mantiene en mi memoria

 

como un acto de venganza.

 


*Los poemas forman parte del libro Arlecchino, publicado por la Editorial Montea (2017). Agradecemos al autor por las facilidades para su publicación.