Por Javier Armendáriz

Hace unos meses me recomendaron que le echara un ojo a las Meditaciones de Marco Aurelio. Fue en medio de una conversación que giró en gran medida en torno al futuro, de cara a una etapa de transición en la cual al parecer estaba a punto de poner un pie (aunque sospecho que en realidad uno siempre está en medio de una, solo que en ocasiones se es más consciente de ello que otras). Quien me habló del libro en cuestión me dijo que quizá podría encontrar un par de recomendaciones útiles en la etapa en que encontraba. Siendo comúnmente una fuente confiable, anoté el título en mi lista mental de pendientes y la conversación continuó su camino. No tenía mucho apuro en buscar consejos en ese momento; las cosas iban viento en popa. “Pinche vida me la está pelando, la neta”,  pude haber dicho sin pedos.

Dale flashforward un par de meses. Son las diez de la mañana y estoy terminando una cajetilla de cigarros por pura ansiedad, pregúntale a Google qué se suponía que debería estar haciendo con mi vida en ese momento. No me dijo nada útil. Charlie Brown incapaz de patear el puto balón. El Coyote viendo huir al Correcaminos, arrodillado entre las ruinas fraudulentas de otro producto Acme. Krillin asesinado. Arquetipos, como diría Jung. Cuánta verdad hay en ellos.

Marco Aurelio Antonino Augusto fue un emperador romano durante el segundo siglo de nuestra era. El último de los llamados Cinco Buenos Emperadores, con el fin de su gobierno termina la etapa denominada Pax Romana, el momento en que el Imperio Romano alcanzó su máximo esplendor. Meditaciones está conformado por una serie de reflexiones en las que el líder clásico básicamente pone sobre la mesa su visión estoica ante la vida y ofrece una especie de guía de comportamiento que abarca un amplio abanico de temas: la política, los enemigos, la muerte, la moral, las pasiones, la causa y fin de las cosas y un largo etcétera. Uno de los postulados principales que permean la obra versa sobre la realización del bien como responsabilidad del hombre, a pesar de las circunstancias. Este es más o menos su razonamiento: el bien le es natural al hombre y, como le es natural, le es beneficioso. Por el bien, Marco Aurelio entiende aquello que reporta un beneficio a la comunidad de la que se forma parte.

Como beber cerveza entre risas alrededor de una mesa. Como cantar una canción al unísono. Como saber algo, enseñárselo a alguien y ver que eso reporta un cambio, una mejora, un avance. Como una mano sobre la espalda en un momento difícil. Como miles de personas a lo largo de un país coordinándose para enviar ayuda a una región azotada por los dioses.

El emperador romano también reconoce la presencia del mal; sin embargo, no le concede una naturaleza absoluta. A sus ojos, el mal reside no tanto en los acontecimientos, sino en la forma en que los percibimos, en que reaccionamos ante ellos:

La muerte y la vida, la buena fama y la mala, el sufrimiento y el placer, la riqueza y la pobreza, todas esas cosas ocurren indistintamente a los hombres tanto a los buenos como a los malos porque no son ni hermosas ni vergonzosas. No son ni buenas ni malas.

Ante estas situaciones, Marco Aurelio se guía por el “principio rector”, el cual básicamente consiste en no dejarse turbar por la emoción, para bien o para mal. No emborracharse de euforia ni miseria ante las cosas que suceden, pues son solamente eso: cosas. Uno no puede cambiarlas. Así es la vida. Para qué afligirse ante la adversidad, para qué dejarse llevar por triunfos que de cualquier forma han de desvanecerse entre la fuerza constante del cambio.

Puede que sea parte de esa transición de la que hablé más arriba, pero, más allá de mi propia pequeña odisea existencial de veinteañero del siglo XXI, desde hace relativamente poco tiempo me he visto en situación de presenciar y escuchar testimonio de acontecimientos difíciles. He visto dolores profundos en palabras quebradas de personas a las que quiero, he contemplado los estragos de la enfermedad sin ser siquiera capaz de imaginar la dificultad de quien la sufre, he percibido el miedo en rostros con sonrisas desesperadas por no desquebrajarse, he escuchado sobre fantasmas que nunca desaparecen, he atisbado la incertidumbre por luchas que parecen estarse perdiendo continuamente, he leído sobre la desconfianza hacia el suelo que se pisa. Todas estas son cosas que siempre han estado ahí, que han estado sucediendo desde que la humanidad anda por ahí. No obstante, la gran mayoría de estas cosas me habían llegado en forma de historias. Narraciones un tanto lejanas que, al final del día, no dejaban de parecerme inofensivas. Uno no se da cuenta de qué tan del asco es un pastel de mierda sino hasta que lo sirven en tu mesa.

Cuando Marco Aurelio murió, dejó a cargo del imperio a su hijo Cómodo. Contrario a su padre, es considerado uno de los peores gobernantes que tuvo el imperio. Paranoico, inclinado hacia la violencia y esclavo completo de los impulsos, su posición al frente del Imperio trajo inestabilidad y culminó con una guerra civil después de su muerte. La Pax Romana había alcanzado su punto final. Me pregunto cómo habría reaccionado Marco Aurelio de haber sido testigo de todo eso. Me pregunto si se habría ceñido a sus propias palabras:

¿Teme alguien el cambio? ¿Qué puede llegar a ser sin cambio? […] ¿Puedes tú mismo bañarte si la leña no cambia? ¿Puedes alimentarte si lo que comes no cambia? ¿Puede realizarse alguna de las cosas útiles sin cambio? ¿No ves, entonces, que el propio hecho de que tú cambies es algo semejante y necesariamente semejante a la naturaleza del todo?

Es real. El cambio es real. El fuego que consume a la leña es real. Las cosas útiles se realizan a costa de ese cambio. Pero ese cambio duele, quema.  Desde el nivel personal,  hasta el de todo nuestro país, como todos lo vivimos hace unas semanas. Invariablemente se llega al momento que solo yacen ruinas. Como las que quedaron de Roma al final de todo. Las ruinas de las que nacimos nosotros para propagar nuestras incontables aberraciones y maravillas, las cuales seguiremos erigiendo a partir de nuestros escombros. Y la rueda sigue girando.

Aunque sí, es más fácil hablar sobre ello que ponerte a girar con ella cuando te toca