Por: Oscar M. Mora

Mauro tomó su mochila llena de cuadernos y libros perfectamente forrados. Estampas de Zelda adornaban la libreta dedicada a la química. En matemáticas, su favorita porque casi no la usa, solo hay un solitario Batman triunfando sobre Dos Caras. Cerró la mochila y la echó en sus espaldas. Se despidió de Chucho y Rena como de costumbre. El saludo: deslizar la mano y chocar el puño. Un leve silbido y caminó hacía la salida. Afuera lo esperaba el Tiida con su madre en el interior.

La última moneda se resbaló de entre sus dedos. Rodó unos centímetros y se metió entre la línea de máquinas. El sonido constante de las palancas, los vasos, las fichas, una tos seca, el sorbo de café y la leve música se confundieron con su lamento. Había ganado unos cien dólares durante las últimas horas. Decidió que ya no jugaría más y se levantó de su asiento. Le regaló las últimas monedas del vaso a una pareja. Parecían turistas. De esos jugadores ingenuos que lo perderían todo en el Black. Solía encontrar a ese tipo de gente en las tragamonedas. Eran sus favoritos. Iniciados, principiantes, adultos mayores retirados haciendo tal vez su último viaje. La ciudad que nunca duerme, la de las luces y apuestas. La pareja le recordó a sus vecinos. Les sonrió y se dirigió al elevador del hotel sin mirar atrás. Alcanzó a escuchar cuando la máquina hizo un escándalo. Sus monedas estaban contagiadas de su suerte.

En casa hizo la tarea antes de comer. Nana Josefina le sirvió su espagueti favorito y lo dejó tomarse medio litro de coca cola. Aunque su madre no lo aprobó, la mirada consentidora de Nana logró la tregua. Cuando había terminado, llegó su padre. Hizo las habituales preguntas, qué cómo iba en la escuela, que si iría a entrenar el sábado, que si el domingo visitaba de favor a la abuela. Mauro pidió permiso de levantarse. Aunque sintió remordimiento por dejar a su padre comiendo solo y se retiró cuando recibió la aprobación. Fue a su cuarto. Ahí se quitó el uniforme hasta quedar en calzones. Encendió la computadora y mientras el agua caliente caía de su regadera, miró un rato pornografía. Cuando estiró el brazo para alcanzar papel y limpiarse, el agua ya echaba vapor.

El hombre tomó la llave electrónica y la deslizo por la cerradura. Entró a la habitación y cerró la puerta en cuanto dio otro paso. Comprobó que las cámaras seguían grabando y se quitó el saco. En el frigorífico, aguardaba una última botella. Se acercó a las ventanas y con el codo, quebró el vidrió. Primero a la izquierda desde donde podía verse la salida. Luego se acercó a la derecha. Repitió la operación mientras los vidrios cayeron al fondo. En el marco aún quedaron pedazos de cristal rotos. Los quitó también y miró un rato. Se veía el escenario, la otra salida y parte de la carretera. El sol fue el primero en despedirse.

***


En clase ganó dos puntos sobre cero. Con dos patadas conectadas al pecho, tiró a su rival. El maestro lo felicitó y entregó a su madre el recibo para el próximo examen. Mauro quiso ver, pero el hombre se interpuso. La mujer le dio las gracias. Pronto sería cinta azul 3° KUP.

Repasó los últimos detalles, otra vez. Las armas, cargadas. Las cámaras continuaban grabando y en los pasillos del hotel solo se veían algunos huéspedes esporádicos. La noche empezaba a caer. La guitarra, algunas notas de acordeón y el ruido incesante invadían el exterior. Miró unos minutos con la mira, pero cuando sintió el impulso de jalar, respiró hondo y se aparto. El reloj continuaba su tic-tac. Sostuvo el vaso entre sus dedos pero el hielo ya se había convertido en agua.

Mauro estudió otra hora más después de concluir la partida. Guardó la sesión y apagó la consola. Cenó papas a la francesa y limonada. Su favorita. Azucarada por Nana, con un poco de agua mineral y rodajas de limón y lima. En los últimos sorbos, escuchó cuando la mujer se despidió de sus padres.

– “Hasta el lunes”, dijo la mujer.

– “¿Mañana no viene?”, preguntó Mauro a su padre.

– “Va y viene de su pueblo”, respondió el hombre.

***


La primer bala pegó en la cabeza de una chica rubia. Cayó de inmediato. Los gritos se reprodujeron al unísono. Casi tan veloces como las balas. Vio que la M1 logró darle a una docena de personas. Caían como moscas rodeando un pedazo de mierda. Los que huían de las ráfagas de la derecha, se encontraban con la sorpresa dispuesta a su izquierda. Los primeros en morir fueron los más cercanos a la ala este. Algunos se quedaron en el escenario. A esos les dio con el rifle. Se dio el lujo de dedicarle más de 30 segundos a un chico que aún cargaba con su cerveza. La tejana voló de su cabeza y se fue a reventar cuando la segunda bala dio entre sus cejas. La mujer que lo acompañaba gritó mientras era salpicada por la sangre y los sesos. Se echó al suelo y por eso le dio en la pierna. Decidió dejarla con vida, aunque la tuvo en su mira, por unos diez segundos más. Movió su hombro y alcanzó a otros cinco chicos. Todos de entre treinta y veinte años. No pudo comprobar si estaban muertos o solo habían dado al piso por la fuerza del impacto. El rifle era bueno. Mejor que dispararle a un montón de objetos inmóviles. Aquí había movimiento, caras transformadas, la orquesta de interjecciones confusas. El origen del lenguaje y nada más. La animalidad huyendo, buscando preservarse a sí misma y nada más. Vio a un anciano que corrió y en su carrera, esquivó a una muchachita casi niña y nada más. Lo dejó huir porque sí. Era muy veloz como para desperdiciar balas en su trayectoria. El martilleo seguía constante y sonante en las dos habitaciones. Disparó otras cinco balas. Todas dieron en algún punto. Mató a tres más al instante. Muertes limpias, sin drama, sin la prolongación de lo inevitable convertido en litigo, agonía o falsa esperanza. Les concedió el privilegio único e invaluable de ser parte. Siguió atento y puso en la mira a una chica con rasgos asiáticos. Qué ironía le resultaba. Apretó el gatillo pero solo escucho el martilleo de la M1 y las otras armas. Volteó para buscar más balas y con el rabillo del ojo echó un vistazo a la pantalla de su laptop. En el pasillo había una decena de guardias y policías. Lo había encontrado. El martilleo dejó de sonar. Sacó la .45, quitó el seguro y puso el cañón en su mentón, ligeramente inclinado. La detonación arrojó un sonido hueco y profundo que opacó a la puerta cayéndose. Adentro, las últimas balas callaron cuando se escuchó la voz del radio.

Con aquella respuesta seca, el chico quedó insatisfecho. Terminó su limonada, se lavó los dientes y estuvo jugando un rato más con Max. El labrador corrió, mordió, trajo y fue por la pelota.Se echó bocarriba para que Mauro le rascara la panza y se quedó dormido. Era un animal lleno de energía y difícil de cansar. Pero era su deber dejarlo agotado. De lo contrario Max podía convertirse en una bomba y destruir todo a su paso. Su madre le dio las buenas noches y subió a dormir. Todavía se quedó otro rato jugando en su teléfono celular cuando su padre le dio la orden. Se fue a la cama. Abajo, aún se escuchaba el tintinear de los vasos y botellas.

En total 59 personas perdieron la vida. Algunas murieron al instante producto de una bala en la cabeza o en el pecho. Otras lo hicieron en la ambulancia de camino a los hospitales que los recibirían o en la cama producto del trauma. Dos semanas después la cifra continuó creciendo. Los heridos se contaron por cientos. Las balas llovieron en todas las direcciones. Brazos, piernas, vesículas, una oreja mutilada, un glúteo perforado, rozaduras y muchos ataques de pánico. Había quien aún soñaba con un implacable tirador invisible. Un hombre lloró frente a su familia cuando lo dieron de alta en el Hospital Central. Una chica sobrevivió gracias a que se escondió entre el cadáver de un hombre que había muerto poco antes. Los psicólogos tuvieron que atender llamadas telefónicas provenientes desde otros estados. El festival de música canceló el resto de la programación y ofreció sus condolencias. El presidente, la primera dama, secretarios de estado, cancilleres y figuras públicas visitaron, donaron, condenaron y pidieron por el descanso de los fallecidos. “LA PEOR MASACRE EN LA HISTORIA RECIENTE” se leía en los titulares de cientos de periódicos. Algunos tabloides se atrevían a reproducir el terror en fotografías. Un chico que perdió una pierna, vio la foto de una mujer arrodillada ante el cuerpo inerte de otro hombre que pudo haber sido él, que se parecía tanto a él. En la televisión los reportajes giraban todos en torno al asesino. ¿Quién era? ¿Estaba enfermo? ¿Pertenecía a algún rito, grupo radical, ideología extremista, asociación política, secta pesimista o reto frívolo de millonarios? Nada. Ni una sola respuesta. Lo único seguro eran los hechos. El hombre planeó todo. Cada detalle en lo mínimo y cuidadoso. Llevaba unos dos meses alquilando las dos habitaciones. Acumuló un arsenal durante el último año, y en meses, lo trasladó todo hasta el hotel. Ahí montó la maquinaria de exterminio. Era uno de los clientes preferidos. Gastando miles a diario, sin acompañantes, sentado largas horas jugando a las tragamonedas. El cliente perferco que vigiló los movimientos de la policía. La afluencia del festival de música. Que contempló durante horas cómo se llenaba la plaza, como el escenario se iba colmando de asistentes y que hasta se bebió un wiski y se dio el tiempo de elegir entre sus víctimas. La policía encontró armas semiautomáticas convertidas en verdaderas metralletas de guerra. Como si se tratara de un juego en la feria, el hombre decidió entre matar o dejar vivir. Sin motivos raciales. Sin una carta póstuma, una publicación de odio en su Facebook, sin ninguna jodida pista. Le llamaron enfermo, terrorista, gringo loco, fanático y desequilibrado. Y ninguno de estos adjetivos pudo describir la dimensión de su última decisión como ser humano.

***


Su madre encendió el coche unos diez minutos antes. El padre de Mauro salió más temprano de lo habitual. El chico dedicó esa pequeña ventaja en hacer una escala. Entró a la habitación de sus padres. Abrió el cajón de la cama y sacó el arma. Comprobó que tenía balas y le sacó una fotografía. La colgó en el grupo. Chucho fue el primero en responder, pero no dijo nada importante. Rena se burló y dijo que era mentira. Mauro sacó otra foto. Ahora se veían el arma empuñada por su mano. Nadie escribió. Bajó al comedor pero no había desayuno de Nana. Su madre le prometió comprar algo en el camino y subió al Tiida. Todo el camino, cuidó la mochila y escuchó a su madre hablar por teléfono con el instructor, con el terapeuta, con su madre, gritarle al conductor de atrás y al limpiaparabrisas. Recibió un beso en su mejilla y bajó del coche. Al llegar a la escuela, caminar por el patio, cruzar el pasillo, pedir permiso para entrar al salón y sentarse en su lugar, miró por última vez a Rena. La sonrisa del otro chico se apagó al primer disparo.

Aniquilar. Fue a lo único que dedicó sus últimos minutos. Los agentes de seguridad y la policía entraron a la habitación cuando el sonido de las balas cesó. Uno más, un último disparo y ya. El hombre, o mejor dicho su cadáver, quedó sobre la alfombra manchada con su propia sangre. Los uniformados no dejaron de gritarle a un cuerpo inmóvil, con la mandíbula partida y la nuca agujerada, hasta que comprendieron que ya no habría más disparos. El olor a pólvora y hierro inundó las paredes. Un oficial se acercó a las ventanas y vio que aún había vidrios en los marcos. El hijo de puta tenía toda la vista cubierta. El rifle quedó recargado a un lado de la ventana izquierda. Y con el paso de las semanas, se revelaron más detalles. Y ninguno logró esclarecer las cosas. Ni la novia de rasgos asiáticos, el hermano sorprendido que llevaba décadas sin comunicarse con el hombre, ni su computadora o celular explicaron un carajo. Solo el tiempo se encargó de dar alivio, como anestesia cutánea, que solo es el tiempo.

Primero, el terror. El Rena trató de levantarse del pupitre. La bala entró primero. Se tumbó sobre su costado derecho. La maestra gritó y también fue lo último que hizo. El impacto la lanzó contra el pizarrón que se manchó de rojo. Segundo, los gritos. Mariana y Lupita se volvieron locas. Solo le dio a la última. La pistola se trabó. Entonces todos abandonaron el salón. Solo Chucho se quedó adentro. Tercero, el silencio. Parado entre la puerta y el lugar de Mauro, el chico no pudo decirle nada. Se miraron por unos segundos. Estaba hecho. Le demostró. El otro chico pareció comprenderlo todo. Mauro logró destrabar el arma y lanzó otro disparo. Esta vez hacía la nada. Chucho permaneció en su lugar hasta que el chico se disparó. Su cuerpo se encogió y quedó arrodillado. Chucho pateo el arma y salió huyendo. Todo esto quedó registrado en un video que vieron todos los curiosos. La Única e Irrefutable prueba del sin sentido. Chucho no tuvo que mentir. Todo lo que tratará de olvidar a lo largo del resto de su vida, estaría grabado.


Los últimos funerales se celebraron cuando una nueva masacre irrumpió el luto. Un chico de 14 años, que cursaba el último grado de la secundaria, mató a su maestra y dos compañeros de salón. Luego se suicidó ahí mismo. El arma era de su padre, un empresario aficionado a la caza, cuyo permiso para portar armas continuaba vigente y en regla. La madre era una exitosa abogada bajó tratamiento psiquiátrica. El chico, tranquilo, con buenos amigos (uno de ellos sobrevivió al ataque a pesar de estar de frente al arma) y una vida normal, lo había hecho para cumplir un reto.

***

“Ganó porque su juego quedó en cientos, miles quizá, de reproducciones en los celulares, pantallas y clips que guardan las imágenes del momento. Para él, fue una simple vuelta en la rueda de la fortuna. Era un maniático enfermo. Un monstruo” , dijo el sujeto del panel derecho.

Chucho apagó el aparato y salió de su cuarto. Al subir al coche, continuó sin saber si el presentador en la televisión hablaba de su amigo o del otro hombre.

El sol parecía secarlo todo.