Por Jonás

Miles de abusos, atropellos e injusticias se producen día con día en el sistema capitalista en contra de los pueblos indígenas de México, no hay duda de la potencialidad de esta economía-mundo y sus cabezas de hidra que alcanzan también a los trabajadores, estudiantes, mujeres, niños y población en general y por todo el mundo. Las vicisitudes de este fenómeno que a diario va carcomiendo las entrañas de la sociedad es la siempre latente pregunta sobre el ¿qué hacer? Aunque surgen muchos intentos de respuesta, la verdad es que no dejan de rayar en el utopismo.

¿Y es mala la utopía? En lo absoluto, siempre y cuando no se convierta en esa caricatura izquierdista de que es aquello que camina dos pasos mientras nosotros avanzamos apenas uno, es decir, mientras no se convierta en una especie de sueño inalcanzable que más bien parece un reflujo posmoderno de insatisfacción e indeterminación, que un horizonte claro sobre lo que queremos: sociedades poscapitalistas.

En ese contexto de salvajismo se abren posibilidades de cambio, ¿pero de qué tipo? Ya que mientras la representatividad muestra su verdadero rostro, aquel del que algunos analistas hablan como una “crisis”, en las entrañas de la hidra surge la candidatura independiente de María de Jesús Patricio Martínez, vocera del Consejo Indígena de Gobierno que fue creado por el Congreso Nacional Indígena a propuesta del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

No hay duda de que el anuncio que se hizo desde finales de 2016 fue motivo de grandes controversias. Tales que hasta los más dogmatizados defensores de Andrés Manuel López Obrador tuvieron el infortunio de decir que los indígenas estaban haciéndole el juego al PRI para demeritar a su líder y fijar una distancia con respecto a esta propuesta en lugar de buscar el diálogo con aquellos que llevan años luchando desde abajo, las bases del EZLN y el CNI, aunque que se puede esperar de un pretendido movimiento que no escucha ni a sus bases.

Sin embargo no todo es miel sobre hojuelas en la narrativa zapatista y la historia que han marcado para el 2018, pues cuando todo mundo aplaudió o demeritó el anuncio desde su trinchera, se olvidaron de hacer preguntas relevantes, una de ellas sobre a quién va dirigida la candidatura. Ya que mientras se empeñan muchos en decir que no es la búsqueda por el poder, mismo que ya han venido forjando desde sus comunidades pretendidamente autónomas, sino la necesidad de mostrar las terribles contradicciones de la hidra capitalista, yo no veo que el discurso salga de los nichos en los que siempre se ha movido el discurso zapatista e indígena.

No es que esta columna tenga el desatino de venir a decir a los concejales indígenas y a su vocera lo que tengan que hacer, sino a mostrar la contrariedades de una candidatura que supera la mera faramalla de espectáculo a la que sí aspiran otros independientes y mencionar que la potencialidad de la propuesta de Marichuy es mucho más latente si se fija otros horizontes más cercanos a quienes desde lo urbano también han venido sufriendo desde el capitalismo, y aquí me refiero no sólo al idílico pueblo trabajador que ha sido románticamente ensalzado por el marxismo ortodoxo, sino también a los oprimidos que no son indígenas y que también sufren de la hidra: las mujeres, los niños y los ancianos de las periferias o marginados de las ciudades y que desconocen por completo la propuesta del CNI y lo que implica una candidatura independiente de esta magnitud.

El autonomismo es una opción siempre y cuando rompa o postule la ruptura total con el sistema capitalista y no sólo desde una postura moral. La pretendida autonomía de los sectores urbanos privilegiados que muestran un hartazgo por el sistema capitalista y se adscriben al autonomismo de los zapatistas son más el reflujo de la ética neoliberal que pugna por la muerte del Estado y no por la muerte total del capital, del que obvian su calamidad en tanto que crea servicios financieros para el “pago solidario” a través de bancos o resuelve la economía de muchos académicos pretendidamente autónomos a través de becas y estímulos que no precisamente rompen con el capital a pesar de los empeños morales por así mostrarlo en el discurso.

Estos sujetos, movidos por la ética del neoliberalismo se pretenden opositores al poder del Estado y callan cuando se trata de capital, su pretendido discurso anticapitalista se encuentra vacío de condiciones objetivas que planteen un horizonte real. Nos dicen que abandonemos aquello que le da sentido a la vida capitalista pero no hay horizonte claro y menos cuando la contradicción del no abandono urbano de sus formas de vida se muestra como la carta de presentación. Por ello es relevante la consigna que desde 2016 lanzaba Zizek sobre la izquierda y sus acontecimientos:

“Estoy cansado de esa nostalgia de acontecimientos entusiásticos que terminaron en derrota, y esta es una de mis mayores discrepancias con Badiou: estoy cada vez más convencido de que el verdadero éxito de un acontecimiento reside en su capacidad de borrar sus trazas. El acontecimiento en sí mismo no importa tanto como el modo en que la gente regresa a su vida normal. Esta es la parte más difícil de ningún proyecto emancipatorio: todos podemos llorar de emoción en un momento dado pero lo significativo es el regreso a la vida cotidiana. Me preocupa el día después”.

Así, los pretendidos autonomistas urbanos se contentan con gritar consignas que más bien saben al socialismo utópico-burgués del siglo XIX, o aprovechan las bondades capitalistas y posmodernas de “aportar su granito de arena” con unos cuantos pesos depositados en una “cuenta solidaria”, sin reparo alguno en las condiciones objetivas del sistema y la estructura económica del capitalismo.

Al referirnos a estos sujetos, por supuesto, no nos estamos refiriendo a las comunidades indígenas que día con día son víctimas del capitalismo, aunque tampoco habría que sacralizar en general a todas; más bien nos referimos a los estratos autonómicos de las ciudades o pretendidamente solidarios que se reparten entre las elites o pequeñas burguesías de las ciudades que muestran cansados del no reparto del Estado y piden su muerte, así como de una academia pretendidamente rebelde que se dedica sólo a fragmentar, distanciar o dividir la movilización social a partir de un discurso de superioridad moral o normativa. Es la misma que trata de hablar de la muerte del Estado pero le teme a las posiciones del anarquismo clásico o prefiere que la rebeldía sea interaula o en los espacios que ellos se crean como burbujas de sueño “revolucionario”.

En ese contexto se ha movido o movilizado la candidatura zapatista en las ciudades. El mensaje se reparte entre las elites urbanas y académicas que ya han venido colgándose de la autonomía indígena. En esos espacios se reproduce y vuelve a escuchar el aplauso a las propuestas del zapatismo, pero más allá de esos espacios solidarios que ya se conocen ¿hacia dónde más vira la candidatura? Es decir, ¿también buscará crear sintonía con los sectores que, al igual que las comunidades indígenas en México, son la carne de cañón en las ciudades? Habrá que seguir con cuidado la candidatura, pues si la propuesta es que la campaña sirva para hacer eco de la potencia de la hidra capitalista y la voracidad con la que nos arrastra hacia sus entrañas, esta campaña debería estar orientada justamente a hacer eco en esos estratos que también la sufren y que sin embargo desconocen del proceso del CNI y sus discursos por la mediatización oficialista y las antinomias de la sociedad actual. Por otro lado, se puede asumir con claridad que esto no es lo que busca la candidatura, o que incluso no puede representar a toda la sociedad oprimida por el capitalismo, pero que entonces no se hable de un discurso que pugna en general por “los de abajo” y sólo se conecte o entre en diálogo con quienes los abrazan con pleitesía y en un tono casi servil.

Ya no hablamos de si está bien o mal la candidatura del CNI y la propuesta zapatista como eco de la denuncia del capitalismo como una fuerza que nos avasalla en la cotidianidad, sino del cómo hacer que esa pretendida campaña haga eco más allá de los sectores que desde hace mucho se han privilegiado y solidarizado en los sectores urbanos y que muy poco han hecho por crear solidaridad con la gente de abajo pues creen que no les alcanza el nivel para estar a su altura moral de elite autonómica en tanto que los miran como estratos lumpen o carentes de conciencia de lo que los constituye como sujetos sociales.