Por David Álvarez

Para el sociólogo alemán Norbert Elías, “solo para los humanos es difícil morir”, premisa del ensayo La soledad de los moribundos publicado en 1987, en el que el autor realiza un recorrido por las formas en que Occidente ha enfrentado a la muerte en el aislamiento durante el siglo XX.

La muerte, como concepto, es un compendio de signos más allá de un hecho biológico del que se han realizado interpretaciones y reflexiones, donde la cosmovisión de una sociedad va construyendo una manera de vida en expresiones culturales que traducen un hecho concreto en un símbolo con especificidades. Tales de Mileto –nos cuenta Pedro González Calero– sostenía que no había verdadera diferencia entre la vida y la muerte, a lo que alguien le cuestionó: “—Y si no hay diferencia,  ¿por qué no te mueres?”, “—Por eso, porque no hay diferencia”, contestó el filósofo griego. Para Arthur Schopenhauer la muerte es el motor de la reflexión filosófica, una paradoja de la naturaleza humana que contempla una inevitabilidad –la de morir- y una serie de posibilidades que surgen a partir de la incertidumbre en la vida, como lo son el arte y la religiosidad misma.

Si bien Norbert Elías no desatina en sus reflexiones al decir que “ya no es cotidiana la contemplación de moribundos y muertos –debido en parte al aumento en los niveles de vida”, donde “resulta más fácil olvidarse de la muerte en el normal vivir cotidiano”, teniendo como consecuencia el “que la gente reprima su muerte”, el caso de México contempla una especie de quebrantamiento argumentativo –contemplándolo desde su vinculación occidental–, algo que inevitablemente se contrasta al leer dicho ensayo en esta región, en el que surgen dudas al respecto por los símbolos que se ejercen.

En lo que ahora es México, desde tiempos precolombinos, la muerte ha dotado de rasgos a una diversidad de culturas expresadas en monumentos y rituales, donde se contempla un ciclo contingente y del que su conocimiento no implica temor sino un sentido honorable de ritualización de las prácticas humanas, en su doble afirmación de idea y hecho físico. Con el tiempo, la Conquista y el periodo Virreinal derivaron en un sincretismo, en el que la muerte siguió constituyendo una manera de vida ahora vinculada al ejercicio católico –como redención o, para F. Nietzsche, como una deuda–, cuyo acercamiento ha vinculado a esta como una posibilidad inmediata –“si Dios quiere”, como expresará una considerable población–, presente en las formas de relación social habituales.

No es difícil contemplar la festividad del Día de Muertos como un ritual solemne y a su vez de jolgorio, que ha llamado la atención de pensadores como Paul Westheim, quien refirió a esta región “libre de angustia, que juega con la muerte y hasta se burla de ella… ¡Qué extraño mundo, actitud inconcebible!”. Tampoco es de extrañar que la literatura en México, fundamentalmente en el periodo postrevolucionario, tenga elementos que recuerden el acto como fundamento para la creación: Pedro Páramo, El luto humano, La muerte de Artemio Cruz, etcétera. O podamos hallar, en la ilustración, una fórmula en José Guadalupe Posada o Julio Ruelas.

En la obra de Juan Rulfo, la muerte es un motivo que las palabras hacen tangible, encerrando una visión del mundo de los muchos existentes. El autor jalisciense, en una entrevista realizada por Martín Caparrós, comentó que “los latinoamericanos están pensando todo el día en la muerte”, disquisición relevante pues este ha sido asunto importante en la obra rulfiana, que se corrobora con la creación de personajes y escenarios esencialmente mortuorios, marginales en su contexto, encontrados en trabajos como “Luvina” o “¡Diles que no me maten!”, por citar ejemplos.

El sociólogo Roger Bartra, quien analizará a la muerte como un rasgo particular en la construcción identitaria de lo “mexicano”, dilucida algunas características de esta en la obra rulfiana, resaltando particularmente al campesino, el cual figura como “un ser marcado por la muerte, y el acto de matar le parece algo intrascendente y cotidiano, un acontecimiento animal”, lo que constata esta figura en la visión de una construcción nacional, representado en múltiples personajes de la obra del autor oriundo de Sayula, en el que R. Bartra rastrea una doble figuración que “nos permite recordar que el desprecio a la muerte es una de las formas de tenerle miedo”.

La figura de la muerte representa en México una forma de relación y vinculación con su ambiente, bordado en el tejido cultural del país en su composición histórica –como nos lo recuerdan los códices mexicas y las figuras de Mictlantecúhtli y Xólotl–, y que en la actualidad tiene cabida –la fe en la Santa Muerte–, tema que Juan Rulfo interpreta en su obra, misma que podría definirse como Roger Bartra comenta: “Y de esta manera, a los mexicanos sumergidos en la amargura la cultura nacional les propone el único gesto heroico posible: morir fácilmente, como solo los miserables saben hacerlo”, es decir, la muerte sustrato de la condición mexicana.Principio del formulario