Por Javier Armendáriz

“The one place Gods inarguably exist

is in our minds where they are real beyond refute,

in all their grandeur and monstrosity.”

― Alan MooreFrom Hell

El pasado jueves se celebró en Guadalajara la Romería de la Virgen de Zapopan. Cada 12 de octubre, miles de personas —en algún lugar leí que incluso llegan a ser un par de millones— peregrinan de la Catedral de Guadalajara a la Basílica de Zapopan con el objetivo de acompañar a la Virgen al lugar donde pertenece luego de haber recorrido la Zona Metropolitana y sus alrededores con el fin de evitar tempestades. Es una de las tradiciones más icónicas de esta ciudad, sus orígenes se remontan a siglos atrás y no da ninguna muestra de palidecer hoy en día, en un mundo de comunicación instantánea, maravillas tecnológicas, posmodernidad y donde pareciera que el pensamiento sobrenatural ya no tiene cabida alguna.

Como una gran cantidad de mexicanos, crecí en un hogar católico. Jesucristo, la virgen, el infierno y todas esas cosas entraron en mi imaginario desde el primer momento en que tuve uso de razón. Pero como muchas cosas que se aprenden desde niño, eran automatizadas. Pilares de la cotidianeidad bien establecidos gracias a la repetición. Un ejemplo de ello es el Infierno. Aunque me habían contado de él desde niño, creo que durante años no lo comprendí en toda su extensión. Eran tan solo ocho letras repetidas una y otra vez. Una noche, siendo aún un infante, me desperté llorando. Algo había hecho clic en mi cabeza y el concepto me había golpeado con toda su fuerza: sufrimiento eterno, carnal. Una posibilidad real. Le puede pasar a cualquiera, incluso a ti. Ay, cabrón.

Más adelante me deslindé de todo ese asunto del catolicismo. Como a muchos adolescentes también les sucedió, un ejemplar de Así hablaba Zaratustra se cruzó en mi camino (aunque creo que el gran detonante de mi decisión espíritu al muy en el fondo en realidad era la flojera que me daba ir a la iglesia los domingos por la mañana. El domingo es para echar la hueva, la misma Biblia lo dice en algún lado) y pronto me convertí en uno de esos morros que andan por ahí diciendo “¡Dios ha muerto!” a la menor provocación. Qué tiempos.

Si me preguntan, está muy chido todo eso de lo que habla Nietzsche en su libro, siempre y cuando no termines usándolo como base ideológica para sustentar el nazismo, por supuesto. Buscar llegar al Übermensch es un ideal chido. Es como ser Gokú desbloqueando otro grado de Super Saiyajin —¿cuántos van, por cierto?—, ascendiendo un peldaño más hasta llegar a ese ser completamente libre que no se vale más que de su propio sentido del bien y del mal. La cosa es que el Übermensch al final no es otra cosa más que eso: un ideal inalcanzable. Y no deja de resultar irónico cómo a veces el concepto del filósofo alemán es defendido con un fanatismo casi religioso, como podrá dar testimonio todo el que se haya encontrado hablando entre caguamas con cabrones que estén clavados en todo eso. Bien chistoso: la idea de la muerte de Dios transformada en Dios mismo.

A lo que quiero llegar es que a lo mejor todo se resume a una ley física: Dios no nace ni muere, solo se transforma.

En la mitología clásica, primero está Caos y de ahí provienen los dioses. Es increíble lo acertada que esa visión. Dios es la reacción al vacío, la respuesta a una pregunta abierta. Qué casualidad que también en Juan 1:1 se lea que “Al Principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.” Ahí radica una cuestión intrínsecamente humana: tiene que haber una Palabra de la que lo demás brota. Tiene que haber algo. No porque lo haya en realidad, sino porque lo necesitamos.

En el catolicismo es muy frecuente escuchar de cómo el hombre está hecho a imagen y semejanza de Dios. No se necesita ser muy perspicaz para darse cuenta de que si planteamos esta afirmación al revés la cosa se vuelve mucho más acertada.

La humanidad comenzó rindiéndole culto a fenómenos meteorológicos y animales. Luego antropomorfizamos estas ideas. Luego los capturamos en formas y signos abstractos para con ellos sembrar el mundo. Porque a final de cuentas, creo que nunca he conocido a una sola persona que no tenga un Dios, y este no necesariamente tiene que ser un carpintero de medio oriente: llámale dinero, trabajo, familia, pareja, ejercicio, drogas, familia, arte, talento, likes en tus fotos de Instagram, lo que tú quieras. Todo mundo tiene una roca en la que queda cimentada su Iglesia.  Algunas de estas rocas convocan a miles de personas una vez al año, otras simplemente hacen que un cabrón se levante de la cama cada mañana.

En El Poder del Mito, Joseph Campbell explica de forma muy clara que estas mitologías tienen una función completamente natural y humana. Al final de cuentas, ¿qué son los dioses sino representaciones simbólicas de la misma humanidad? Hacemos usos de esas mitologías constantemente, en una gran variedad de niveles. Alrededor de estos símbolos construimos nuestra concepción del mundo y de nosotros mismos. De una forma u otra, hay un Dios detrás de cada actividad humana. Hay un Dios detrás de la ciencia, detrás de los edificios de nuestras ciudades, detrás de las relaciones que establecemos unos con otros, detrás de las cosas que significan algo importante para nosotros, sea lo que sea.

Cualquiera que ha tenido suficiente contacto con el género humano sabe que somos capaces de ser magníficos o completos pedazos de porquería. A lo largo de la Historia se pueden encontrar incontables ejemplos magníficos y lamentables que fueron realizados en nombre de algún dios. ¿La única constante? Todos fueron realizados por el hombre. El Dios al que se le da el crédito no es sino el espejo en que nos toca reflejarnos.

Dios no ha muerto. Dudo mucho que alguna vez lo haga. Tal vez lo mejor sea limitarse a dejarlo ser y andarse con un poco de cuidado. Ya ves de lo que es capaz cuando se encabrona. Lo que le funcione a cada quien.  O como dice esta rola: Mine is mine and yours won’t take its place.