Por Eduardo Carrillo

—A ese, Verrugas.

—Pérate Negrini, atrás vienen unas rucas que van pal puente.

—No… no vienen ni a la mitad, verru. Casi casi van saliendo de la privada —decía mirando a todos lados, sude y sude y con la quijada tembleque.

—No mames, negro. Deja que pasen, apa, que se calme la lluvia un poco. Luego ese bato que va subiendo ta piojoso, hay que aguantarnos a la siguiente Calafia.

—Calfia, pendejo.

—Es lo verga.

—Tas bien pendejo verru, me cae.

—Acomódate la barbilla, mejor, apa.

—Qué estás cagando el palo si andas igual de malilla.

Lo estaba.

La lluvia arreció en ese momento, llevando a las mujeres de vuelta por dónde habían salido; era posible que los espectros rondando el puente las hubieran espantado. Se trataba de una colonia pobre, con el vandalismo a flor de piel, con fantasmas vivos y en carencia de muchas cosas, de la siguiente dosis, sobretodo.

—A ese verru, a la verga, pa ir al Chilpa por unos Globos —los ojos se le saltaban con mayor violencia que las palabras.

—Que aguantes, testoy diciendo pinchi negro. Además en el Chilpa no…

—Pos te estás viendo lento, verru. Ya va a la mitad del puente.

Luego de interrumpir, Negrini bajó la loma en la que se escondían con una prisa que le hacía apretar los dientes. Llevaba las encías en antípoda política una con la otra, por la urgencia metabólica dominándole. Por su cuerpo se paseaba la cara y desesperante sensación del bajón del cristal, que es como estar en un cuarto para locos con las puertas abiertas pero sin ganas de salir, con rounds de atormentadora luz y una desesperante urgencia por la dosis o la nada.

El otro, el Verrugas, era el que llevaba el filero: una navaja de bolsillo con un mango hecho con cinta adhesiva. Bajó tras Negrini después de perderse milenios en la consciencia, aunque en el tiempo real apenas y se había ido dos o tres segundos. Había ido al embarazo de su Mercedes Benz, su Meche, ya iban a ser tres años de aquél mágico momento que le tocó ver una vez por semana y el resto imaginarlo tras barrotes, en una celda junto a treintaicinco cabrones de toda peste, <<poca monta>>, como decía él. Nunca olvidaría lo gris que puede ser el cemento, era frío e incómodo, pero eso lo entendía, era cemento, ¿por qué tendría que ser distinto? Pero gris, eso nunca le cupo.

En los ocho meses que estuvo dentro, la celda pasó de treintaisiete a catorce, haciendo escalas, por supuesto, pero todo lo que hubo para su beneficio fue una cama, así ya no esperaría a que el Ray se ejercitara para poder dormir. Pero junto a eso el maldito gris, más y más, triste, con olor acre que incomodaba al de orines e indigencia naturales a la celda, triste, que ni el naranja de la tela podía con él, el puto gris que era demasiado triste, muy triste para un hombre en prisión.

Y cuánto puede uno divagar en las triquiñuelas de la consciencia sin que se advierta el tic tac del tiempo, porque del hermoso nacimiento de Lili, del que le contó su mamá una vez libre, llegó a su Meche echándole de casa, por vicioso y cabrón, y eso había sido hacía muchos globos, es decir, la oscuridad de unos cuantos meses…

Luego de reincorporarse a la línea del tiempo, y de bajar el cerro como ganado ciego, el Verrugas se colocó debajo de las escaleras del puente peatonal, en donde Negrini tenía unos segundos de ventaja y se limpiaba el lodo de los zapatos raspando los pies en el suelo.

El muchacho del puente, que llevaba mochila de estudiante y ropa de verano empapada por la lluvia, llegó al final de las escaleras y al hacerlo, Negrini saltó de su escondite y dio un empellón por la espalda al enemigo. El muchacho se tambaleó y en eso el Verrugas, entre resbalones, pues la adrenalina del atraco le había impedido quitar el lodo de sus botas, le tomó por el costado izquierdo y le puso el filo de la punta del arma en la carótida del lado contrario.

—¡Dame la feria morral! en caliente pa que no haya pedos —decía Negrini mientras revisaba en los bolsillos de aquel que se zangoloteaba como baboso en sal, a pesar de que la navaja le raspaba y se le hundía levemente en el cuello.

—En chinga, apa. Oye pero en el Chilpa…

Luego de cabecear la quijada del bandido que le sujetaba, el muchacho logró zafarse y de bruces el Verrugas fue a dar al suelo con la nariz sangrante. En esa línea de trabajo la milenaria distracción de dos o tres segundos podía costar no sólo ese trabajo, sino la libertad de volver a distraerse en libertad.

El Verrugas lo sabía, así que ensangrentado y con el caldo escurriéndole a chorros, tan pronto como Negrini tacleó al joven, les tomó por las piernas yéndose aquellos al suelo. Se arrastró ágilmente, como aquella serpiente que conoce el precio de las almas y que de truque ofrece pecado, y luego de apretarle una nalga a la víctima, le sacó de la otra la cartera.

Negrini se levantó y comenzó a patear al joven, de unos veintipocos, que gemía y se hacía bolita mientras el ladrón hacía con él la cáscara. Futbolista profesional, eso hubiera estado bien para Negrini, pero todos los amigos de la cuadra le superaban, no era el mejor, pero si hasta el Kikín jugó en Europa, ¡qué demonios! Lo que sí es que conoció la pelota y las drogas casi al mismo tiempo, dejando ningún sitio para la escuela o algo parecido… y allí estaba, comiendo vida como creía que le tocaba.

El otro asaltante se limpió la sangre con la espalda de la mano y entre tropezones se puso en pie. Sacó el único billete que había en la cartera y luego arrojó ésta a donde Negrini dominaba la bocha, cuan presentación de fichaje estrella de súperequipo europeo.

—Ámonos negro, ámonos, ámonos, ámonos…

Un desagüe de aguas negras entre brumos de tierra y una primaria fue la ruta de escape, pues para allá jaló Negrini que inauguró la escapada, dando zancadas largas encima de la intensa corriente del clima y los deshechos, en medio de la carencia, la miseria y la rutina, del gris y la tristeza de un día lluvioso y en zozobra.

Corrieron unas dos o tres cuadras, chacualeando, sudando, temblando, rebobinando alaridos y ofreciéndose presa fácil para la bofia. En algún momento el Verrugas incluso olvidó el por qué lo hacía, aun después de que huía con el botín en la mano. Negrini separaba sus pasos creyéndose un extremo desbordando la banda izquierda del Bernabéu o del Old Trafford. Había mucha diferencia entre el que había hecho ocho meses en la Peni y el que no. Era el mundo del vicio, un lugar extraño más que miserable, de cloacas, fétido, y de vanguardia inmoral y apolítica, que puede quitarle todo a una persona, el vicio, una de las calles más peligrosas que hay en la vida y que ronda cada ruleta rusa y marea alta de la experiencia, de lo emotivo… el vicio es antagonista de la virtud, la cosa es que no es fácil hallar buenas historias sin villanos.

Cuando la realidad los golpeó iban llegando al parque de la colonia, a unas cuantas cuadras del lugar del asalto: el puente del Lago. Aún llovía con rencor divino y el viento aullaba en medio del silencio.

—Tírate, tírate, tírate —y al decirlo se aventó pechotierra al pasto sin esperar a que Negrini lo hiciera.

Un paso después el otro había hecho lo mismo. Quedaron frente a los columpios, subibajas y resbaladillas inermes, mojadas y en abandono.

Ambos dieron largas exhaladas y después de un rato Negrini volvió a sentir hambre después de varios días.

—No mames, negro. Pinchis quinientos que traía el morro, te dije que aguantaras a la siguiente Calafia, apa.

—Vamos al Chilpa por San Cristóforo, que ya me está dando hambre y ta cabrón, no, tú sabes.

—Es lo que te iba a decir apa, cuando llueve está de la verga meterse al canal, se pone resbaloso y ta cabrón salir de allí.

—¡Y esa mamada perro!

—Pues porque ta resbaloso y los túneles tan tapados con basura.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Ambos seguían pechotierra en la humedad del suelo, el cielo gris como el cemento cayéndoles en hinchadas gotas. Un rumor de voces iba y venía a la distancia.

—Pues vamos allá a la parada del parque, chance y tumbamos a alguien menos piojoso —comenzó a ponerse de pie—. Además acá pasan más Calafias, sí o no, apa.

—Calfias, pendejo. Bueno, a aquél verru, a la verga, pa ir al Chilpa por unos Globos.

—Que aguantes, testoy diciendo que en el Chilpa no…

—Pos te estás viendo lento, verru. Ya va a la mitad del parque.

Luego de interrumpir, Negrini se levantó y atravesó el área de juegos. El Verrugas, perdido unos segundos, ignoró a la patrulla que recién llegaba por el otro lado del parque. Miope y triste, como quedó luego de lucubrar recuerdos, siguió a su compañero a una cierta suerte de distancia.