Texto y fotos por Manuel Ayala

Cuando le platiqué a mi novia que me habían pedido que armara una crónica sobre los ‘donkey show’ en Tijuana, me dijo: “No te creo, que asco, seguramente me lo estás diciendo para ir a ver morras a la Coahuila”. Le expliqué durante buen rato cómo sería que abordaría el tema y que no era en sentido morboso el asunto. Le formulé cada uno de los pasos a seguir durante la búsqueda y le puse en la mesa el sentido por el cual giraba la investigación, pero no logré convencerla del todo. El caso es que la entiendo, la fama de fiestero y trasnochador que me cargaba a cuestas cuando me conoció no me dejaba bien parado ante esta situación.

Así que me hice a la idea de que lanzarme en búsqueda del ‘donkey show’ en Tijuana y deambular por la Zona Norte para recabar datos e información sería un doble reto para no levantar sospechas en casa, pero sobre todo para pasar inadvertido entre la gente de los congales y del lugar.

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En el libro The Godfather Returns, escrito por el gringo Mark Winegardner, se menciona que la esposa de Fredo Corleone, Deanna Dunn, se encuentra entusiasmada por ver uno de estos espectáculos, el relato dice que “se dirigieron a México por capricho. Una vez que llegaron, Deanna, insistió en ir a ver un donkey show pues pensaba que ver a un burro teniendo sexo con una adolescente india era divertido”. Aunque en el relato no hace mención a Tijuana, no se descarta el hecho de que ese pasaje esté altamente influenciado por la “leyenda negra” que desde la Segunda Guerra Mundial se generó en la ciudad.

Según algunos personajes de antaño como “El Bolas”, cantinero con más de 30 años de andarla rolando de bar en bar, en Tijuana existió un lugar llamado el Molino Rojo “a donde llegaban muchos americanos, coreanos y hasta filipinos, entre ellos soldados y marines del otro lado”. Un lugar decadente que cumplía con todos los caprichos y antojos de los visitantes en donde, se dice, se realizaban espectáculos zoofilicos no solamente con burros, sino con perros, changos y demás fauna animal.

En la película Losing It, ambientada en 1965 y protagonizada por Tom Cruise, cuatro jóvenes estadounidenses se aventuran en un viaje por Tijuana para encontrarse con un ‘donkey show’ y aprovechar para perder su virginidad con alguna prostituta de la zona. En una de las escenas, los protagonistas se encuentran en una cantina en la que sale un personaje paseando un burro por el local. Mientras va pasando, los asistentes comienzan a gritar “donkey, donkey, donkey…”, y un poco más adelante, se ve salir del lugar al personaje que interpreta Tom Cruise, cuando es alcanzado por una chica, al fondo se puede percibir una silueta con el letrero “Moulin Rouge”. Sin duda la imagen se presenta no por obra de la casualidad, sino como elemento referente de todo lo que se quiere expresar en el largometraje: el Molino Rojo como epicentro de los aberrantes ‘donkey show’ y el libertinaje que se permitía a cambio de dólares en la ciudad.

Durante la Segunda Guerra Mundial, y ante la prohibición del alcohol por la ley Volstead en Estados Unidos, en Tijuana se generó una apertura de bares y centros nocturnos, por lo que era muy frecuente que los gringos cruzaran la línea para venir y divertirse en la ciudad. Esta sobreexplotación de los bares generó un desmadrado movimiento ante la curiosidad de los visitantes, al grado que muchos de los que cruzaban llegaban con la descarriada intención de encontrar ese lugar donde se presentaban variedad de espectáculos en los que las prostitutas interactuaban sexualmente con animales. Todo ello apuntaba al Molino Rojo, del cual se desprendieron todas esas leyendas después, pero que apuntaló esa idea que se sigue presentando aún en la actualidad.

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Una noche que me encontraba en el bar Tropic’s, en la calle Sexta, mientras compraba unas caguamas en la barra le pregunté a mi amigo José –quien era el encargado de seguridad del lugar- sobre ese rumor de los ‘donkey show’. Con una sonrisa malosa en el rostro me preguntó que quién me había hablado de “esas madres”. Le dije que ese rollo era algo que en todas partes se rumoraba y que me interesaba saber dónde se realizaban porque quería investigar un poco. Soltó una carcajada, pero recobró el rostro y muy serio me dijo: “Esas son puras farsas compa, eso no existe, se lo inventaron hace tiempo para atraer a los gringos y sacarles los dólares”. “¿Pero no sabes si en algún momento lo llegaron a hacer o qué onda?”, le contesté. Me dijo: “Nel, no sé, a lo mejor la raza de la Coahuila sabrá algo, pero nel, se me hace que todo es una mamada”.

Medio confundido regresé a la mesa junto a la rocola donde se encontraba mi novia y nos seguimos bebiendo las caguamas Tecate que había comprado. Entre la plática y los corridos alterados que salían de la rockola, olvidé todo ese asunto engorroso de morras teniendo sexo con burros y gringos eufóricos aplaudiendo y esparciendo dólares por todo el lugar. La noche comenzaba a hacer estragos y medio briagos nos brincamos al bar de enfrente, el Blanco y Negro, un lugar bien bizarro que parece salón de fiestas para quinceañeras y ñeros chambelanes. Traíamos la cura de “enseñarnos” a bailar, de agarrar el ambiente ahí y después lanzarnos a “La Zona” al bar La Gloria o al Karla’s Place para seguir el ambiente. Pensé entonces que sería bueno también aprovechar para mi investigación, pero la idea se difuminó a la segunda caguama que bebimos y medio ondeados decidimos mejor agarrar el taxi que nos llevara a casa para descansar.

Unas semanas después, en la redacción del periódico donde trabajaba en ese entonces, le pregunté a mi amigo y colega Miguel, periodista de larga y probada trayectoria, sobre los ‘donkey show’ durante la época de su esplendor en Tijuana, y me dijo tajantemente: “Esas cosas no existen, siempre se ha utilizado eso como gancho para atrapar a los gringos que piensan que en Tijuana van a encontrar una cosa tan bizarra como esa”. Mi amigo me comentó fríamente que los ‘donkey show’ eran un asunto que usaban antaño los taxistas de la calle Sexta para meter gringos a los bares y ya borrachos bajarles los dólares que cargaban. “Los taxistas traían todo ese rollo, pero no existe, hay una película o algo de El Padrino en donde según lo traen a Tijuana a un show y de ahí quizá se extendió el mito”, me comentó.

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Deambulando en la red con el celular de mi novia, encontramos algunos blogs con historias breves y testimonios de personas que aseguran haber estado en uno de estos shows, pero ninguno da prueba o muestra fehaciente de que realmente estuvieron en un lugar así. La mayoría de estas personas dicen haber estado en lugares como el Adelita’s Bar o El Farolito, donde dan cuenta que una persona se presenta alrededor de las dos de la mañana anunciando que en breve se realizará un ‘donkey show’ en uno de estos lugares, incluso algunos de los que comentan haber estado en estos espectáculos señalan que en la pirufestiva avenida Revolución hay personas obsequiando flyers en los que se anuncian e invitan a los shows, pero ninguno de ellos da señales de que todo ello sea verdad.

Ahí mismo en la redacción donde trabajaba, una compañera me dijo que uno de sus amigos juraba y perjuraba que en alguna ocasión había estado en uno de estos shows. Le pedí que le comentara sobre mi investigación, pero no recibí nunca una respuesta ante la insistencia de que me contara toda su versión y me mostrara algo en concreto que diera pie a que esto fuera verdad, así que lo terminé ignorando ante la impresión de que todo era una vil mentira.

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Una mañana, después de haber asistido a una rueda de prensa en la Escuela Libre de Arquitectura –en la calle Coahuila- con el cineasta Carlos Reygadas y la banda del documental Navajazo, aproveché para caminar por “La Zona” y tomar algunas fotografías que ilustraran este texto.

Afuera de lo que ahora es el estacionamiento del Molino Rojo me encontré con un taquero que me observaba malosamente mientras capturaba imágenes con mi camarita. Para no levantar sospechas entre la gente me acerqué muy curioso y le pregunté por aquel lugar. Me dijo que sí, que el Molino Rojo albergó en su momento infinidad de leyendas de ese tipo que atraían a los turistas, pero que nunca en su vida había visto un espectáculo de esos.

Le pregunté que si acaso había alguien por ahí en “La Zona” que pudiera ayudarme pero no contestó y medio disimulado me ofreció unos tacos. Se veían en realidad muy malos y mejor opté por retirarme y caminé unos cuantos metros en dirección al Adelita’s Bar, quería ver si era posible platicar con alguno de los cadeneros. Tras de mí se aproximó un rondín de policías y me tripeo machín. Esperé un momento para ver si se movían pero no lo hicieron, así que mejor me fui disimuladamente de ese lugar que apestaba a caño.

Pasé por el Hong Kong y pensaba llegar hasta El Farolito, pero me regresé y subí por la calle Constitución en dirección hacia el Zacazonapan para ver si me encontraba por ahí al Panchito, dueño del lugar, y platicar de su bar sobre otro tema que andaba trabajando. El sitio estaba lleno de policías y mejor me lancé hasta mi taxi, en la calle Segunda, ya para regresar a la oficina, casi era hora de entrar a trabajar. Pero me ganó la curiosidad y regresé nuevamente por la calle Constitución hasta la Coahuila, tomé algunas fotos más y le di la vuelta a la cuadra.

En la esquina siguiente, entre la avenida Niños Héroes y la calle Primera, una patrulla de policía se parqueó a la brava y me detuvieron, me querían trepar así nada más porque sí pero me opuse. Les dije que no se pasaran de lanza porque no estaba haciendo nada malo. Me preguntaron que a qué me dedicaba y qué andaba haciendo ahí en “La Zona”. Les dije “ando reporteando” y nada más soltaron una sonrisa. Les mostré mis credenciales de reportero y elector, respectivamente, y me dijeron que no anduviera “haciendo pendejadas”, que me fuera de ahí. Ya me suponía yo que tanto movimiento por el lugar había levantado algunas sospechas, así que guardé mis cosas y me dirigí hasta el taxi nuevamente sin voltear atrás.

Mientras esperaba a que se llenara el taxi de la ruta Centro-Miraflores, le pregunté discretamente al taxista que si no sabía qué onda con los ‘donkey show’. Aunque al principio se mostró reacio a mi pregunta, e incluso me dijo que por qué le preguntaba “esas cosas”, accedió a decirme que no sabía por qué, pero que me iba a contar algo que no muchos sabían. A final de cuentas a la gente de Tijuana le gusta hablar hasta de lo que no se sabe.

El taxista había trabajado mucho tiempo en los taxis que ahora son los famosos “Amarillos” y fue parte de toda esa oscura leyenda. Me dijo: “Hace unos veinte años, nos poníamos ahí en la línea –San Ysidro- a la espera de que cruzarán los gringos, sobre todo en las noches, cuando pasaban les mencionábamos eso de que acá en Tijuana había esas cosas de los ‘donkey show’ y enseguida caían los pinches cabrones. Lo que pasa es que a nosotros en algunos bares nos daban una comisión por cada gringo que les llevábamos a embriagarse, pero eso de que se hicieran o no los shows a mí ya no me consta, porque nosotros solamente se los dejábamos ahí en la puerta del bar y nos pasaban una cantidad de dinero, depende de cuántas personas fueran”.

Justo cuando terminó de contarme eso se subió un par de señoras y no quiso hablar más, solamente agregó: “Pero así estaba la cosa joven, si andas queriendo encontrar una cosa de esas va a estar cabrón, mucho gringo pendejo dice que sí han estado en un show de esos, pero dicen que en realidad al final de la noche nomás es un cabrón vestido de burro que le hace ahí al juego con una mujer”.

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Yo estaba terco, quería encontrar una luz que me guiara hacia uno de estos shows, pero todo era en vano. Los días pasaban, se acercaba la fecha de entrega y ni los cantineros, ni los taxistas, ni los periodistas, ni los guardias de seguridad, ni los taqueros, ni el Internet me daban una razón exacta de su paradero. Solamente me quedaba una opción viable: preguntarle a las morras que se paran en las calles de la Zona Norte.

Una tarde, antes de ponerme a redactar todo este rollo, me salí discretamente al Centro y caminé tranquilamente por la Revolución, traté de verme y comportarme como turista. Llegué hasta la calle Primera y de ahí doblé por la Constitución. Estuve atento aguardando la posibilidad de platicar con una de las ‘paraditas’ pero todas se veían bien morritas y no pensé que fueran siquiera a saber de lo que les estaría preguntando.

Después de varias vueltas vi que a mi lado pasó una mujer que se veía de mucha mayor edad. Esperé a que se detuviera o se acomodara en algún lugar y cuando lo hizo me acerqué tímidamente. Me detuve frente a ella y me dijo: “Papito chulo, ¡vámonos al hotel!”. Me puso un poco nervioso y se la solté de un jalón: “Quiero saber si usted me puede llevar a uno de esos ‘donkey show’ en algún bar”. La señora puso cara como de what the fuck! y me dijo risueña: “Ay mijo, ¿en serio? Esas son puras chingaderas, es puro cuento”, y soltó tremenda carcajada endemoniada que se esparció por toda la calle llamando la atención de la gente. La señora estaba loca, no le paraba la risa, no sé si andaba en drogas o qué rollo y sentí entonces todas las miradas apuntando hacia mí, algunos policías voltearon a ver y en menos de lo que canta un gallo me largué de aquel lugar.

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Según la Dirección de Inspección y Verificación Municipal de Tijuana, hasta ese día (2016) había un total de 492 antros, cantinas, bares, tugurios y centros nocturnos en la ciudad. A ello hay que agregarle todos los que seguramente operan de manera clandestina. Después de varios meses viviendo en esta ciudad fronteriza, y de haber visitado alrededor de 40 de estos lugares, no pude encontrar ningún ‘donkey show’ por ningún lado.

De acuerdo también a lo que me comentaron todos los entrevistados, me deja la sensación de que ésta sigue siendo una de las tantas leyendas oscuras muy bien explotadas que envuelven a Tijuana y que, a final de cuentas, muestran el grado de perversidad de quienes aún entusiasmados siguen queriendo encontrar a una mujer montada sobre una bestia.

El periodista Gustavo Arellano, del Phoenix News Times, señaló en uno de sus artículos sobre el tema que el mayor culpable de la difusión del mito del ‘donkey show’ es Hollywood, pues tan solo “en la última década ha habido mención del acto en al menos una docena de proyectos fílmicos de alto perfil, desde The 40-Year-Old Virgin a Two and a Half Men y más”. Esto solamente demuestra, dice, que los estereotipos de Hollywood sobre los mexicanos no han cambiado en un siglo.

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Cuando le platiqué a mi novia que ya había terminado mi investigación y le compartí la idea a la que había llegado después de todo lo que la gente me había platicado, me dijo: “Ay pinche morrito paisa, solamente a la gente del sur le interesan esas cosas”. Le dije: “No solamente a los del sur, porque al menos eso se ha usado como atractivo para estafar principalmente a los gringos”. “Como sea”, concluyó serenamente.

A pesar de que la gran mayoría de las personas me dijeron que esa cosa de los ‘donkey show’ en Tijuana no existen, lo que sí me quedó claro es que sigue siendo un gran gancho al hígado para todos los gringos que quieren desfalcar sus billetes en cualquier tugurio de la ciudad, aunque en últimas ocasiones la visita de los del otro lado se haya visto reducida en una gran proporción.

Sin embargo, el “atractivo” no solamente ha sido para ellos, porque como bien me dijo mi novia también unos cuantos incautos venidos del centro y sur del país se deslumbran y fantasean tanto con cosas como esas en una ciudad fronteriza como Tijuana, que más allá de la eterna fiesta que se oferta día y noche, también ofrece comida china a base de perro callejero hervido con especias, aunque esa… esa ya es otra historia.

 


*Una versión de este texto fue publicada originalmente en la revista Playboy México, edición de junio del 2015.