Por Jonás

Escudriñar en el proyecto Kumamoto no es una cosa sencilla. No hay un personalismo, pero su esencia parece hacer una simbiosis entre el hombre y el proyecto. De ahí que hablemos del proyecto Kumamoto en tanto proyecto aglutinador de otras intenciones y personas, finalmente se convierte en el rostro de eso que se dice perseguir. No es la primera vez que ocurre con un evento relevante de la historia de la política, podríamos citar el caso de Lenin y Trotsky como banderas identitarias de la Revolución de Octubre, pero quizá algunos lo tomen como una analogía excesiva.

Al mismo tiempo, Kumamoto es un ser ambiguo. Durante su campaña se le preguntó por sus influencias políticas y no tuvo empacho en señalar algunas figuras de la socialdemocracia; meses después, ya despachando en el Legislativo de Jalisco, se le volvió a preguntar y dijo que las experiencias autonómicas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. No es muy claro en su discurso, difícilmente se puede penetrar en lo más profundo de sus bases. Es cauteloso en lo que dice, calculador si se quiere, pero es el político más transparente que hasta ahora podemos encontrar en el grueso de la clase política mexicana.

Alguna vez expresó que se podrían someter a consulta pública temas candentes para la región como los matrimonios entre personas del mismo sexo o el aborto, pero nunca sometió a consideración pública el grueso de su agenda para que esa famosa bancada de miles de personas que votaron por él determinaran el grueso de las tantas propuestas que hoy dice presumir como logros ya obtenidos. Un tanto en la lógica que Žižek le atribuye a Danton –el revolucionario francés de la Ilustración– cuando señala que su discurso se esbozaba en un “hagamos lo que el pueblo nos demanda, de forma que no tenga que hacerlo él mismo”. Pero invertido en términos de que aquí es la suposición lógica de “lo que quiere el pueblo que votó por ellos” y no un reclamo claro o surgido de una consulta. Un debate abierto en cuanto a los límites republicanos de la democracia representativa. Una agenda o configuración de que basa justo en el discurso de Danto que dice seamos terribles para que el pueblo no tenga que serlo.

Y es que el proyecto Kumamoto pareciera ser la exterioridad concreta de la política, un vacío flotante en las aguas turbias de la polisémica palabra «democracia». Parece enarbolar un discurso que viene desde abajo pero es un proyecto de pocos. No es extraño, lo han sido otros grandes momentos –y que me vuelvan a disculpar los románticos de la izquierda–, hasta la Revolución de Octubre y los bolcheviques lo fueron, minorías en sus espacios de despliegue y liderados por expertos revolucionarios, en su mayoría emanados de la burguesía rebelde. Ya lo dijo en su momento Gramsci, en Rusia los únicos que podían leer y acceder a El Capital eran las clases capitalistas y así surgió esta toma del Estado. El Capital de Marx era en Rusia el libro de los burgueses  más que el de los proletarios, diría textualmente Gramsci.

¿Cuál es la diferencia enorme que separa esta analogía con el proyecto de Kumamoto? Muy simple, no hubo necesidad de encubrir ideas o aspiraciones. Cuando el escenario era poco favorable se generaron las condiciones necesarias para tomar el Estado por sus propios medios. ¿Esto obliga al proyecto de Kumamoto a tomar el Estado o enarbolarse como revolucionario? Todo lo contrario. Porque la fórmula no es tan sencilla como lo parece en la lectura general que se hace a la hora de criticar al proyecto Kumamoto.

Muchos supuestos críticos han preferido sumarse al falso debate de que si Kumamoto le mintió o no a la gente al decidir una apuesta por otro cargo público, y en qué medida eso afecta su imagen al decir que concluiría correctamente su posición como diputado local en tiempo y forma. Eso ha llevado a que el proyecto Kumamoto enarbole todo un discurso necesario para encubrir tal condición, es decir, elaborar toda una respuesta que ahora justifique esa decisión en tanto que se repara en lógica contradictoria en la que han caído por su inexperiencia o visión a futuro, la posición expectante.

¿Cuál es el problema? La necesidad de parecer una exterioridad infalible que no entiende su verdadera posición y juega con eso, es decir, una solución real hubiera sido la conclusión del proyecto Kumamoto como una búsqueda por los cargos públicos para incidir en la agenda del país. Pero entonces estamos ante un autoengaño o narcicismo en el cual se habían proyectado como portadores externos de verdades e imperativos éticos que no los involucraban por completo y que sin embargo debían elucubrar para decirle al mundo cuál es la agenda que se debe seguir.

Para explicarlo mejor, usaremos el ejemplo de lo que dice Enrique Dussel en sus famosas 20 tesis sobre política, con respecto a que “si el ejercicio delegado del poder se efectúa obedencialmente dicho poder es justo, adecuado y necesario”. Aunque “si debieran ‘tomarse’ las instituciones ya corrompidas, estructuradas desde el poder fetichizado dicho ejercicio no podría ser en beneficio de la comunidad del pueblo”.

Les han fallado los análisis a los integrantes del proyecto Kumamoto, carecen de visión estratégica, se engañan o simplemente son cínicos a la realidad…un hecho que sería más loable si fuese así, pero no lo es porque se autoengañan. Dice el mismo Dussel que “cuando un representante honesto de la comunidad política, del pueblo, es delegado para el ejercicio del poder institucional debe, en primer lugar, no cumplir las funciones ya definidas y estructuradas institucionalmente del poder. Es siempre necesario considerar si las instituciones sirven en verdad para satisfacer las reivindicaciones de la comunidad, del pueblo, de los movimientos sociales. Si no sirven hay que transformarlas”.

No obstante es aquí justamente donde reside el rigor narcisista y pretendidamente exteriorizado del proyecto Kumamoto. En su búsqueda por transformar las instituciones han olvidado que la “toma” del poder es esencial, porque así lo han querido, al entrarle al juego del Estado. Pero prefieren autoengañarse como exterioridad en la medida en que juegan dentro del terreno político estatal pero con sus reglas ingenuas.

Cuando Podemos llegó al poder parlamentario español, una de las principales críticas de la derecha y el conservadurismo en aquella institución se reflejó en la crítica a que uno de sus legisladores, Alberto Rodríguez Rodríguez, había entrado en aquel recinto con «rastas» y su ropa ordinaria, que contrastaba con la barroca formalidad legislativa. Aquel gesto sencillo de no perder su identidad común enmarcó el discurso de Podemos, y esta no es una defensa de un proyecto que también ha caído en lógicas narcisistas, sino el ejemplo de lo que representa la autodefinición en cuanto a Otro del que nos queremos desmarcar, en este caso la pretendida política corrupta.

No obstante quedó claro que el involucramiento en esa cancha también implicaba aceptar sus lógicas para el proyecto que aquí criticamos, por eso no se puede aceptar la pretendida exterioridad. El Kumamoto de la calle que muy raras veces se vio formal durante su campaña de repente llegó con camisa de vestir al recinto legislativo, era el mensaje lo esencial, había caído el muro, pero no entendió Kumamoto que había hecho caer el muro del sistema que el sistema ya no necesitaba. Mientras en el discurso se hablaba de una nueva política, parece que no se reparó en que fondo es forma. El chico de las playeras de la calle había cambiado las camisas formales para entrar al Congreso Local.

Además, las limitaciones pretendidamente externas del proyecto Kumamoto en realidad enmarcan la oculta imposibilidad esencial de la que son victimas y no han reparado en ello. Mientras ocultan su pretensión por la toma del poder, han preferido sentarse y decir cuál es la agenda que deben seguir las instituciones corruptas, y en caso de que tales demandas no se cumplan ya no es su culpa, sino que son incumplidas en razón de que las instituciones no las han hecho valer. Eso pasa con la famosa ley de “Sin voto no hay dinero”. Se votó a favor con amplio margen de apoyo entre todos los grupos políticos y sirvió como buen elemento de legitimación. Ahí estaba el sistema diciendo “miren, no sólo somos abiertos por aceptar a los independientes, también les permitimos su agenda…el sistema democrático actual sí funciona, dejen de quejarse”. Y entonces Kumamoto ahora lo muestra como uno de los logros que le permiten irse a la carrera por el Senado. Cualquier falla o no aplicación de tal ley ya no es su responsabilidad, y en esa medida han construido el discurso de los otros candidatos independientes del proyecto Kumamoto. Tal es el temor a la imposibilidad esencial que pretenden ocultar, que no le llaman al ejercicio de su objetivo por su nombre. Omiten decir que quieren tomar el Estado y transformarlo, porque saben que están imposibilitados, prefieren decir que “llevarán la agenda de Wikipolítica al Congreso (local o federal)” en lugar de una claridad en sus formas. Su narcicismo respecto al proyecto que enmarcan los hace mostrarse como los salvadores de las instituciones, pero en realidad reconocerse como tales no los hace verse como lo que son. Su entendimiento de su no existencia en cuanto a la realidad política que les rodea sería ver que no son los arquitectos de una nueva política sino los “intendentes” de un edificio en ruinas, es decir, mientras ellos creen que derriban el edificio y lo reconstruyen según sus normas, su agenda es más el trapeador que pasa sobre el piso sucio y que reclama que ha limpiado pero no se detiene en cuidar que nadie lo vuelva a ensuciar, cualquier mancha después de su acto de limpieza ya no es su responsabilidad. En eso radica la diferencia del narcicismo del proyecto Kumamoto con ejemplos claros de toma de poder. Mientras cualquier acto del ejemplo que hemos usado hasta ahora, la Revolución de Octubre, es su responsabilidad –incluso el estalinismo–, el proyecto Kumamoto desde su simulada exterioridad dice que transformará las instituciones con una agenda que, en lugar de llevarla a cabo con sus medios, es más el imperativo de “miren, aquí está la agenda que limpiará el sistema, depende de ustedes (como entidades corruptas) si lo quieren asumir o no, yo aquí se los dejo”.

Pero si se diera esta destitución subjetiva –darse cuenta de su no existencia como héroes de la política actual– lo que haría el proyecto Kumamoto sería exponer su goce, mostrarse con la realidad de su pretensión y caer en el ridículo. Este proyecto no tiene la confianza para autodefinise, ser claro, tomar partido; porque tiene miedo a que la determinación de su confianza exponga al peligro de quienes le observen y repentinamente les parezcan ridículos, en lugar de jugar con sus posibilidades en el escenario y hacer de sus fracasos o errores un triunfo.

En lugar de defender la carrera por el Senado con pretendidas respuestas de “ha logrado el 90% de sus compromisos” o “su agenda debe ser aplicada a nivel nacional”, lo más digno hubiese sido la claridad de señalar que eso era justamente lo que se perseguía desde el principio. La temeraria necesidad patriarcal o machista del triunfalismo, en lugar de la digna derrota para “renacer” con frescura, es la limitante más clara del proyecto Kumamoto. El afán por parecer salvadores del mundo les ha encerrado en una lógica de la que simplemente ya no entienden en lo que se han metido y su transparencia los atrapa en que son cautelosos para luego no parecer débiles o ridículos por sus aspiraciones grandilocuentes de tomar el Estado para transformarlo en tanto que dicho proyecto, de hacerlo al calor de la corrupción, no les funcionaría.

Es la diferencia entre los cabecillas visibles del 15M que luego se transformarían en un Podemos que se alista para tomar el poder del Estado, con una agenda clara y desde sus ideales político-teóricos, a un evento de autoengaño como La Ocupación, en la cual se dijo que sí quieren entrar al juego de las instituciones pero no hacerse cargo de ellas. Por eso el temor de Kumamoto para tomar un escenario favorable en donde cualquier error era responsabilidad suya: la alcaldía de Zapopan. Todos lo números le favorecían para hacerse de aquella alcaldía y sin embargo prefirió escudarse detrás del mismo cliché que ya jugó en el Congreso de Jalisco. Además con el riesgo de no lograr tal puesto, en tanto que es la disputa esencial de los partidos para no perder el feudo electoral que significa Jalisco. Cualquier error desde el gobierno municipal del proyecto Kumamoto ya no hubiera sido una pretendida exterioridad, aunque bien pudieran apelar a la falta de condiciones estatales y federales. Pero ahí la mala aplicación hubiera sido parte de su proyecto, es decir, ya no es sólo es dejar la agenda y ver si las instituciones corruptas la toman para transformarse, sino transformar las instituciones y plantear una nueva política que se evidenciara con resultado palpables para la gente, la diferencia entre los trabajos legislativos y ejecutivos en la política del Estado.

Y es que justamente Kumamoto y los integrantes del proyecto del que ahora es cara no han entendido que el sistema supo utilizarlos y su necesidad como pretendida exterioridad es necesaria. Por eso creen que su agenda tiene impacto, cuando en lo material es que las condiciones le fueron favorables como contrapeso y como arranque legitimador. En ese sentido su pretendida exterioridad develada muestra su internalización o arraigo del sistema. Es como la crítica que Slavoj Žižek hace en su reciente libro La nueva lucha de clases para señalar la falsa consigna de la izquierda europea con respecto a la apertura en este continente a los refugiados de Medio Oriente, dice “van de almas bellas que se sienten superiores al mundo corrupto mientras en secreto participan en él: necesitan este mundo corrupto, pues es el único terreno en el que pueden ejercer su superioridad moral”

¿Qué pasaría con el proyecto Kumamoto si las instituciones fueran funcionales? Nada, sería un grito en medio de la nada, una voz hueca que nada aporta, uno más del panorama político. Por ello su discurso es necesario, da legitimidad al sistema corrupto y al mismo tiempo el sistema corrupto sustenta el fundamento encubierto de que con su agenda van a incidir y si no es así es porque la institución es corrupta y no es su culpa. Su error es infalible, y por ser salvadores no podemos entonces darle crédito a otra fórmula, que les haga ver en su contradicción y entender que los errores de aplicación le son ajenos, cosa que no puede pasar si fueran gobierno, así pasó a nivel local con el gobierno de Enrique Alfaro, es lo que le pasa a Podemos y por eso también cayó en la lógica narcisista de goce, en donde prefiere su posición de –valga la redundancia– de oposición para  detentar el monopolio purista de la crítica al fetichismo del mandato delegado, diría Dussel.

De ninguna forma esto busca crear un falso debate y mostrar el rostro oculto del proyecto Kumamoto para decir que carece de legitimidad, por el contrario, es un llamado a la realidad de las condiciones para que se pueda hacer una autocrítica al proyecto Kumamoto, es un gesto de aportar algo desde afuera. Estamos frente a la pretensión exterior de mostrar un punto de vista ajeno que puede percibir algunos de sus flancos débiles para que puedan ser reflexionados y posibiliten la transformación. Claro que existen otros problemas que se han planteado al interior con respecto a cómo usar las instituciones que forman parte de la cultura corrupta pero que deben ser parte del diálogo y la negociación, por ejemplo, el padillismo y la Universidad de Guadalajara como un ente que ha permeado la cultura política jalisciense y también ha alcanzado al propio proyecto Kumamoto. También está la autocrítica sobre porqué no pueden representar o llegar a ciertos sectores cooptados por la lógica corrupta del sistema actual en tanto su diferenciación de clase y las limitantes culturales. Quizá la claridad en los puntos así tratados de forma amplia puedan ayudar más a aclarar eso otros. Y al final el término «proyecto Kumamoto» no es un término peyorativo o que trata de ser lastimero, al contrario, es también hacer evidente que en la estrategia los involucrados no han entendido que la simbiosis que creó Wikipolítica con la figura de Kumamoto es otra cosa que falta por hacer reflexión profunda al interior. Hoy la gente no conoce a la organización como tal y los otros postulantes menos, por ello la referencia Kumamoto es obligada, pero eso se debe a que la falta de claridad del ¿qué hacer? también traiga consigo el olvidarse de la visibilidad que representa Wikipolítica en tanto plataforma y vaso comunicante de un objetivo, u objetivos, claro(s) y que permite que el personalismo de la generación independiente no se despliegue.

Por eso hasta cierto punto las lógicas partidistas tienen sentido, es decir, en tanto proyectos aglutinantes de objetivos y estrategias a realizar, sirven como limitantes al personalismo y la generación excesiva de imágenes individuales. Cosa que diferencia las lógicas del PRI con respecto a un MORENA y un Movimiento Ciudadano en Jalisco; en el caso del primero “el que se mueve no sale en la foto”, en el sentido de que hay que ceñirse al proyecto para poder ser el aglutinante de los ideales, mientras que en el caso de los segundos se forman en torno a un proyecto personal y ahí que todo lo que diga el líder vale, o deben ceñirse a su condicionamiento y por tanto no puede existir la disidencia ni será tomada en cuenta. El caso del PRI es condicionante básico de un aglutinante del proyecto, tratando de recurrir a su esencia y obviando la corrupción, que en todo caso aquí constituye su objetivo primordial. Por eso es que ese partido ha sabido resolver sus batallas al interior en términos teleológicos. Con Wikipolítica puede pasar lo mismo –en términos esenciales–, que el personalismo que cubre la noción del independiente no empañe lo que es teleológico en Wikipolítica como organización colectiva y de tal modo no tenga que estar Kumamoto en cada crucero para que sean tomados en cuenta. Ya que la superioridad de los objetivos colectivos estarían por encima de las figuras, un defecto incluso de las lógicas mediáticas de la modernidad y el capitalismo tardío. Pero en todo caso constituye una falla de origen o problema que por su naturaleza debe de ser revisada, justo en eso términos.

Mientras se tenga claridad en esa condición y se sepa llegar a lo que, en términos del psicoanálisis lacaniano, se denomina como destitución subjetiva, y que es lo que se trató de elaborar en extenso aquí, en tanto reconocimiento de lo oculto en la imposibilidad esencial y la no existencia debido al reconocimiento de la exterioridad que no es constitutiva –de ahí que formemos parte de eso que nos parece ajeno– es que se puede tener un proyecto loable y legítimo por el cual asumir una postura en defensa de su realización y poder potenciarlo como base para un cambio real y profundo de nuestras condiciones políticas.

Para ahondar más en lo que es la «destitución subjetiva» dejamos un artículo AQUÍ.