Por Javier Armendáriz

El día que anunciaron a Kazuo Ishiguro como ganador del Nobel de Literatura de este año, no pude evitar caer en la tentación y me subí gustoso al tren del mame. Fue divertido, no lo voy a negar, aunque generalmente los ganadores de ese premio son nombres que no me suenan ni tantito, por lo que carezco de argumentos para defender o atacar al laureado en turno. De cualquier forma, ahí va uno, y en una de esas conversaciones cayó la observación de que en años anteriores la academia sueca había decidido reconocer a una periodista y a un compositor de música folk. “Tal vez pronto le toque a alguien que escriba cómics”, fue la conclusión a la que se llegó, enunciada más como una ensoñación que como algo que en verdad estuviera dentro del reino de lo posible. Una cosa bonita que, en el fondo, se sabe improbable.

Hace algunos días vi aquí mismo en Clarimonda la lista de los ganadores del Premio de Periodismo Gabriel García Márquez de este año y la imagen que acompañaba a la obra ganadora en la categoría de “Innovación” capturó mi atención. El trabajo en cuestión se titula Transformar números en barcos piratas, por Germán Andino, periodista hondureño. El clic que di sobre el enlace ofrecido ha sido uno de los mejores que he dado en la red en un buen rato. Háganse un favor y chéquenlo. Es más, ni terminen de leer esto, mándenlo a la chingada y píquenle acá.

Transformar números relata, en forma de historieta interactiva, la historia de Isaac, tatuador y antiguo pandillero en Honduras. La historia nos muestra sus orígenes en una infancia plagada de violencia, pasando por su incursión en la delincuencia hasta llegar al eventual cruce con la Mara Salvatrucha. Las viñetas con que Andino construye el mundo de Isaac se ven acompañadas con fragmentos de entrevistas a este en forma de breves archivos de audio. El trabajo no solo captura con gran habilidad la realidad de las pandillas en Centroamérica mediante la documentación de una historia real, sino que al mismo tiempo presenta una narración envolvente y una experiencia interactiva amena. Fácil de leer, llamativo, interesante, crudo. El trabajo de Andino le exprime cada gota de jugo a las posibilidades que ofrecer contar una historia en el siglo XXI y de paso sirve como una reiteración de que la historieta es una herramienta poderosa para realizar una narración de calidad, en este caso periodística.

El cómic (la historieta, las viñetas, hasta las tiras cómicas. Solo, por favor, novela gráfica no, qué necesidad de reducir al medio a una mera variación de otro ya bien establecido) vive un momento en la actualidad bastante paradójico. No podemos negar que ha alcanzado una popularidad sin precedentes a lo largo de las últimas dos décadas hasta alcanzar una posición central en nuestra cultura popular. Esto se ha debido a las adaptaciones cinematográficas de los personajes de Marvel y DC Cómics, las dos editoriales de cómics con mayor alcance mediático gracias a ser propiedades de dos grandes gigantes del entretenimiento (Disney y Warner Brothers, respectivamente). Siendo sinceros, hace diez o quince años la lectura de cómics era una actividad un tanto oscura en comparación al boom que vive en la actualidad (y aquí vale la pena preguntarse si es la lectura de historietas lo que está en su punto más alto de popularidad hoy en día y no lo es la mera proyección mediática de sus personajes y discursos estéticos y narrativos, aunque eso es una historia para otro día). Todo eso está muy chido, no me voy a quejar, yo mismo soy consumidor de dichos productos. Sin embargo, esto ha tenido un cierto efecto colateral en el hecho de que posterga ciertos estereotipos a los que las viñetas se han visto atadas desde hace muchísimo tiempo: la limitación del cómic como sinónimo del género superheróico y la percepción del medio como una mera forma de entretenimiento masivo e infantil.

No es raro que exista esta percepción. A decir verdad, es bastante natural. El género superheróico ha sido uno de los cimientos del desarrollo del cómic desde sus inicios, y este por supuesto que fue concebido como un producto infantil en ese entonces. No es de extrañarse que la forma en que estos recursos narrativos llegan hoy en día al gran público sea en forma de películas domingueras que resultan o bastante entretenidas cuando están bien hechas o terriblemente sosas cuando son mal ejecutadas, y que el público relacione estas características con el formato que les dio origen. De los pecados y virtudes de los superhéroes como género —que tiene ambas cosas en abundancia—  es algo de lo que se puede hablar largo y tendido y con seguridad se hará en el futuro por acá.  Pero ahorita quiero más bien señalar que lo que sí es imperdonable es condenar al cómic de un medio incapaz de llegar más allá. Porque, sí, es una percepción que está un poco más extendida de lo que debería. Lo cual es injusto, porque es comparable con denostar a la prosa porque mediante ella se escribió el Quihúbule de Yordi Rosado e ignorar todas esas otras cosas que no son crímenes de lesa humanidad.

Trabajos de calidad literaria y artística de primera línea en el mundo del noveno arte hay de sobra. Transformar números en barcos piratas es apenas un ejemplo en un mar de Obras —así, “O” mayúscula— que no gozan de la popularidad ni atención académica que deberían. Los más afortunados quizá alcanzan a vivir cierta gloria al quedar a la sombra de alguna adaptación cinematográfica. Hay para todos los paladares: Las páginas de Like a Velvet Glove Cast in Iron, de Daniel Cowes encierran una experimentación surrealista capaz de ser absurda e inquietante al mismo tiempo. Paying for It, de Chester Brown, ofrece un vistazo al mundo de la prostitución en Canadá que combina la autobiografía y el ensayo para poner al lector a cuestionarse sus propias ideas sobre ética y sexualidad. Qué decir del American Splendor de Harvey Pekar y sus crónicas de la vida de güey gringo promedio en la segunda mitad del s. XX. Maus de Art Spiegelman es uno de los mejores testimonios sobre el holocausto que se han hecho. Las viñetas también florecieron en Latinoamérica, como bien lo muestra el trabajo de Andino y obras maestras como El Eternauta de Héctor Germán Oestherfeld (al cual se le dedicará también su propia entrada en este espacio en el futuro no tan lejano) o el coqueteo que el propio Cortázar hizo con el medio en Fantomás vs Los Vampiros Multinacionales. Europa y Asia también cuentan con sus propias joyas, los trabajos de Masamune Shirow y Moebius dan prueba de ello y no son ni de lejos los únicos autores de sus regiones con obras de calidad bajo el brazo.

La historieta da para mucho más que martillos mágicos y batimóviles, en caso de que ande alguien por ahí que piense lo contrario. El cómic tiene una rica tradición y variedad. Si somos honestos, no necesita un Nobel para demostrar su valor como forma de expresión artística —quién lo necesita—; yo personalmente sostengo que es una forma de literatura tan legítima como la novela, el teatro, la poesía o el ensayo. Pero no deja de ser agradable ver a obras de este tipo ser reconocidas y reclamar poco a poco el lugar que se merecen. Y, bueno, si un día le dan el Nobel a un historietista, yo voy a ser el primero en celebrarlo.