Por David Álvarez

“Sucedió con gran sencillez, sin afectación. Por motivos que no son del caso exponer, la población sufría de falta de carne”, así inicia el cuento del escritor cubano Virgilio Piñera, en la que se relata la historia de una paradoja situada entre comer y la muerte como consecuencia. La población, al verse obligada a engullir exclusivamente vegetales, resuelve el problema en ocurrencia del señor Ansaldo, pues fue tal su rechazo a comer estos alimentos que con  “gran tranquilidad se puso a afilar un enorme cuchillo de cocina, y, acto seguido, bajándose los pantalones hasta las rodillas, cortó de su nalga izquierda un hermoso filete”, el que preparó en parrilla para así ingerirlo. El cuento prosigue su historia y refiere que los personajes del pueblo deciden  mutilarse para comerse a sí mismos, hasta que comienzan a ocultarse y desaparecer.

El texto publicado en 1956, es una suerte de parábola de la autodestrucción común a partir de las complacencias personales, la que lleva no a la pérdida de cortesía, pues no arremeten contra otros, sino a la propia supresión, la cual provoca la carencia de diálogo y afecciones propias del cuerpo –pues el bailarín se come los dedos de sus pies y las señoras no se pueden besar de emoción al mirarse después de tiempo, por la falta de labios–, lo que es una metáfora de la mutilación como sumisión al abandono.

En México, la antropofagia puede rastrearse en las manifestaciones culturales de los grupos asentados en diversas regiones, tal es el caso de comunidades mayas, tlaxcaltecas y mexicas, por decir algunos, de quienes quedan registros mediante las impresiones plasmadas en las crónicas de indias, tema incrustado en el debate llevado a cabo en Valladolid en 1550-1551, entre Ginés de Sepúlveda y Bartolomé de las Casas, el primero de ellos opositor a estas prácticas, siendo una de las justificaciones propuestas para la conquista española.

Si bien existen escasas investigaciones sobre el porqué de los actos, los trabajos realizados remiten estos hechos a rasgos de índole religiosa, acciones pertenecientes a rituales del cuerpo como emblema. También hay quienes acusan esto de falso, puesto que el imaginario social europeo pudo alterar las distintas narraciones tendientes a malinterpretar los acontecimientos, no obstante, existen fuentes prehispánicas de evidencias líticas y forenses, así como registros artísticos de los nativos que, señaladas como exclusivamente simbólicas, han sido contrastadas con diversas investigaciones de instituciones como el INAH y la UNAM.

En la actualidad, la antropofagia se ha vinculado a rasgos de enfermedad mental, una cuestión extrema de sobrevivencia o una práctica de algún grupo social apartado, en el que ciertos casos noticiosos causan impacto por ser poco comunes. En México, si el pasado ha quedado en sus sedimentos, el canibalismo es puesto nuevamente en la agenda mediática en los llamados “narcocaníbales”, nombre puesto en algunos medios al decir del caso en Tabasco, en el que dos adolescentes fueron obligados, como rito de iniciación, a comerse a una de sus víctimas dentro del cártel de Jalisco, del que la Fiscalía local ha alertado y que alcanzó notoriedad a nivel internacional. Si bien el canibalismo en los grupos delictivos no es nuevo –casos como en La Familia Michoacana o Los Zetas–, el grado simbólico que conlleva dicha práctica es una manifestación de violencia debido a la serie de disputas por el control de la región y la confrontación con las distintas instituciones de seguridad del estado, lo que ha llevado a la realización de actos litúrgicos como signo de poder. El caso de los menores de 16 y 17 años, quienes fueron aprehendidos junto a otras diez personas, se suma a la violencia de un país en el que periodistas, activistas y sociedad civil se encuentra sumida en el desasosiego, en lo que, como comentó Don Winslow, pareciera una “militarización del conflicto (…) con una escalada en el sadismo y la tortura”, pues, en una narrativa de violencia, “es inevitable que los más violentos lleguen a la cima”, acrecentando la brusquedad, “porque un cártel, siempre intenta superar a otro”.

Así como el pueblo retratado por Piñera, México asemeja ser un país que se autoconsume hasta ocultarse y perecer, perdiendo en el trayecto el diálogo entre sí, pero con un grado de violencia que ni el autor cubano imaginó. Quizás, la señora Orfila pueda verse como una alegoría de la ciudadanía, que al preguntarle a su hijo –alusión de México–, dónde había quedado cierto objeto, “no obtuvo respuesta alguna. Y no valieron súplicas ni amenazas. Llamado el perito en desaparecidos solo pudo dar con un montón de excrementos en el sitio donde la señora Orfila juraba y perjuraba que su amado hijo se encontraba en el momento de ser interrogado por ella”.