Por Javier Armendáriz

El pasado sábado 4 de noviembre se realizó la prueba de admisión para estudiar en la Universidad de Guadalajara. Se reportó que más de 37 mil aspirantes realizaron la prueba para integrarse a una de las licenciaturas e ingenierías ofrecidas en los diferentes centros universitarios que conforman a la principal casa de estudios en Jalisco y probablemente en todo el occidente del país. Cuando los resultados sean dados a conocer el próximo año, se repetirá la misma historia que se ve cada seis meses: millares de jóvenes —y no tan jóvenes— decepcionados ante el hecho de que no tendrán acceso a educación superior, al menos en la UdeG en el próximo periodo. Cada uno de estos chicos no admitidos vivirá la situación de diversas maneras: deshonra familiar para algunos, la primera crisis existencial para otros, los menos se encogerán de hombros y se enrolarán en alguna institución privada, otra gran cantidad se limitará a volver a participar en unos meses  para quizá volver a notar que su nombre brilla por su ausencia en las listas de admitidos.

Esto no es ninguna novedad. Forma parte de un ritual ya más o menos establecido en el país. Ya todos sabemos que solo una fracción de los aspirantes a realizar estudios superiores en el país es aceptada en nuestras instituciones públicas. Para muestra un quemón: el semestre pasado solo fue admitido el 36.32 % de quienes realizaron la prueba para ingresar a una licenciatura. Simplificando mucho las cuentas, básicamente solo entra un chico por cada tres que hacen el intento. Si nos vamos a niveles más generales, según un informe de la OCDE, menos de un quinto de nuestra población mayor a 25 años contaba con estudios superiores el año pasado.  Al resto, Dios que los bendiga, váyanse por la sombrita.

Estoy familiarizado con el tema porque desde hace unos años trabajo con adolescentes que buscan mejorar su desempeño en el examen con la esperanza de colarse entre los admitidos. Podría abordar el tema desde muchísimas perspectivas: cómo esta situación en nuestras instituciones ha propiciado el crecimiento de toda una industria que gira alrededor de la realización de la prueba y cómo esta, al igual que muchas otras —nada más para no decir que todas—, muestra también lo jodida que está la situación laboral las empresas que la conforman. O de cómo muchos de estos jóvenes son ejemplos vivientes de las deficiencias tanto de la educación básica del país como del entorno familiar, pero eso nos tomaría demasiado tiempo, aparte de que probablemente todos hemos vivido estas situaciones en carne propia de una manera u otra. Hay, no obstante, un aspecto en particular que me llama mucho la atención. Va sobre el mito que, culturalmente, hemos establecido alrededor tanto de los estudios, principalmente en lo referente al acceso a la universidad, como del ejercicio de una carrera y que en ocasiones resulta estar bastante muy alejado de la realidad ya no digamos nacional, sino incluso global.

Por toda la ciudad se encuentran repartidos carteles publicitarios que muestran a jóvenes sonrientes con batas de médico —la carrera de los exitosos por antonomasia— bajo slogans que hablan sobre cumplir todos tus sueños siempre y cuando desembolses unos cuantos miles de pesos para un curso de preparación. Pero vale la pena: Follow your dreams. Muchos de estos adolescentes son bombardeados constantemente por discursos tipo “Trabaja duro, estudia, haz sacrificios, suda. sangra. Luego te retirarás joven a tu penthouse a beber champaña en un jacuzzi.” Este discurso es muy común en escuelas, empresas (a muchas les encanta este cotorreo), iglesias (en vez de un penthouse es la vida eterna), medios de comunicación e incluso en sus hogares.  La realización de estos sueños por lo general es sinónimo de alcanzar un estatus económico y social por arriba del promedio. Hay música, películas, conferencias, libros y demás manifestaciones culturales donde se manifiesta esta ideología. Se me vienen a la mente un montón de películas gringas sobre campus universitarios cubiertos de hojarasca donde tipos ingenuos encuentran una dirección para su vida —el tan cacareado destino— bajo la tutela de profesores con gabardinas con parches en los codos que son de una benevolencia impecable (Good will hunting) o completos hijos de puta que solo son así porque sirven a un bien mayor (Whiplash).

Hace aproximadamente un año, escuché a dos chicos próximos a presentar su examen de admisión conversar al respecto. Uno de ellos se quejaba de que le estaba resultando más complicado de lo que esperaba estudiar para el examen, eso sin contar los nervios que le provocaban pensar en el nivel de exigencia con que se encontraría al ingresar. El otro morro trató de consolarlo:

—Tranquilo, ya verás cómo todo va a valer la pena cuando estés paseando en tu Ferrari.

No les dije nada porque pues no soy un culero, pero creo que muchos estaremos de acuerdo en que lo más probable es que esos dos pasarán por esta vida y se irán a la tumba sin haber aplastado sus posaderas en un Ferrari de su propiedad. Ahora, en realidad no tiene nada de extraño ni de intrínsecamente malo un poco de ambición combinada con ingenuidad durante la adolescencia, pero en este pequeño diálogo podemos encontrar reflejado una idea un tanto errada sobre la educación, a saber: la garantía del beneficio económico desbordado mediante el estudio de una carrera.

Digamos que ya establecimos una meta. Digamos que presentaste tu examen y fuiste el admitido con el puntaje más alto. Digamos que eres un morro con los pantalones bien puestos que está parado ante el mundo diciendo quítate que ahí te voy. Eres el monomito encarnado. El protagonista de la película con su maleta a un lado, dispuesto a emprender el largo camino hasta la conquista de la puta galaxia. El Ferrari espera por ti. Y tú respiras fuerte y caminas hacia el ocaso sin mirar hacia atrás, caminando directamente hacia el futuro.

Tres o cuatro años después estás comiendo una pizza recalentada y pensando cómo repartir las tres piezas de pollo y dos latas de atún que te quedan para llegar al próximo viernes de quincena.

Según el mismo reporte citado más arriba, ocho de cada diez personas en México con estudios superiores tiene empleo. Y no solo eso: el informe reconoce que alguien con estudios superiores tiene un salario hasta dos veces más grande que aquellos que no. Eso no suena tan mal, a decir verdad, pero aquí vale la pena detenerse un poco y preguntar: ¿qué clase de empleos y salarios son estos? ¿En lugar de ganar cuatro mil pesos al mes ganas ocho? Si nos vamos a checar datos del INEGI, en septiembre de este año más de la mitad de la población económicamente activa se encontraba laborando en condiciones informales. Estos datos no diferencian a aquellos con estudios superiores de los que no, pero podemos aseverar que los que tienen un título profesional en sus manos no escapan a esta tendencia. Para aquellos que se encuentran en la formalidad, las condiciones no son exactamente idílicas. Muchos recién egresados encontramos esta realidad en formas de contratos dudosos, empresas de calidad cuestionable, temporadas de trabajo irregulares, sueldos risibles, prestaciones imaginarias y otras joyitas.

No estoy diciendo que tener estudios superiores no sirve de nada. Y claro que hay carreras e industrias donde las posibilidades de ganancias económicas son más prometedoras que en otras. Si uno de entrada no tiene los medios económicos necesarios o una habilidad extraordinaria para cualquier cosa de forma nata (combinado con un poco de suerte de estar parado en el lugar correcto en el momento correcto y conocer al contacto correcto), tener un título profesional  mejora el panorama sin duda alguna. Aunque tal vez no estaría de más tener expectativas un poco más apegadas a la tierra. Y, por supuesto, también está el caso extraordinario del güey que logra escalar hasta lo más alto (lo que sea que eso signifique para cada quien), pero es precisamente lo que lo hace extraordinario: es uno entre muchos.

Miles jóvenes presentaron su examen de admisión el sábado pasado. Una tercera parte entrará a la universidad. Un porcentaje más pequeño todavía terminará los estudios de su elección y los que lo hagan tendrán que confrontar un mercado laboral duro. Eso sin contar todas las demás situaciones con las que se van a topar en los próximos años en otras esferas de sus vidas. Si tuviera algo que decir a esos chicos, sería que lo que se viene no se parece a conducir un Ferrari, sino más bien a una de esas películas de guerra en donde los soldados corren a través de la playa de Normandía mientras las bombas caen a su alrededor.