Por Eduardo Carrillo 

No alcanzaría a completarlo, al menos no para el día siguiente. Entonces llevaba ansias, cruz, y poco más: dos billetes de cincuenta baros cada uno. En casa su esposa lo esperaba con el hijo que hacía una década los había vuelto familia; ciega de amor hincaba esperanza en la esperanza, prendía un foco con cerillos, confiaba en él y Erick lo sabía, pero no lo lograría, no sin el préstamo negado ese día en la chamba, eso lo sabía mejor.

Caminaba la calle Primera sabiendo lo peligroso que era andar esos rumbos desesperado y con dinero que no alcanza para pagar los meses de renta atrasados, pero sí para eso, que a la larga es más caro, que a la larga cobra las restantes caras de la moneda.

Entre pasos brutos y Liszt con una melodía inapetente en su consciencia, entró a cualquier bar. Pidió wiski con hielo, ahí se fue el primer Morelos.

Sin darse cuenta del cómo, de pronto estaba en la oscuridad de otra barra, con una mujer a su lado, tragos frente a ellos y, ¡Cristo sufre!, lo que no debía: un globo en su bolsillo.

Su primer robo había sido por eso, o cincuenta pesos, que es por lo que asalta un adicto al cristal. Cierto sueño, una pesadilla, que había empezado en algún accidente emocional, nervioso, químico, humano. Desde los quince, y doce años después seguía siendo el chamaco aquél que no sabe jugar sin globos.

—¡Ay chulo! Cómo que quién, pues Venus, la tuya, esa soy —contestó ella, Erick embrionó a mitad de la frase; se zampó el Martini de un trago y continuó—. Otra ronda de esto y de lo que está tomando papito, que tuve una buena noche, cantinero.

Esa Venus no venía del mar, pero sí del subsuelo, de cloacas amorales, lucía vagancia, instilaba trampa. El tipo de mujer que le gustaba aunque ella no lo hacía. El proverbio era cierto: amor y amok hierven el alma, le dan sazón al caldo. Erick había tropezado de nuevo.

La dulce esposa en casa, inapetente y con todonada, celebraba rounds de atormentadora vigilia mientras el accidente biológico llamado hijo, que el DIF prometió arrebatarles, rayaba la tercera tarde sin comer ni hacer tarea. Para una historia de estos tiempos una familia hija de los mismos: engranada o a la deriva de la vida sistémica, el modelo de la eterna ¨así como¨ felicidad al que nos ha guiado la Edad Contemporánea.

Cuando en su cabeza apareció la locura de la segunda húngara, Erick acampaba en el baño del bar, Liszt a lado tocando como un majareta, mientras él inhalaba con un popote lo restante del globo, agarrando el vidrio con un sujetador para el cabello… la llama hacía lo suyo, cosquillas en todos lados, sordera al resto de vida, el trote de los caballos del apocalipsis personal… cierto sueño, una pesadilla… y aquella Venus, la diosa de aquél desvarío, reina de aquella murga, de pronto zampaba ambrosia con labios y manos, rodillas al suelo, un destino etéreo.

El proverbio era cierto. Amor y amok y Venus en una buena noche, cantinero… cierto sueño, una pesadilla. La felicidad es un así como. Quizá, de un modo u otro, Erick alcanzaría a completar la renta, empeoraran lo que empeoraran las demás caras de la moneda, aunque el cielo le restringiera suerte, aunque esa Venus le persiguiera siempre.

El hogar seguiría esperando, había aprendido a hacerlo.