Por Mixar López

“El desierto era un oscuro absoluto: una mancha de tinta en los ojos, sólo por el signo, pequeño de su brazo”, escribe Luis Jorge Boone (Monclova, Coahuila, 1977) en aquella primera Legión (2003), un libro de poemas sobre la compañía o la muchedumbre, y en el que se incluye “Legión III”, aquél que posteriormente se contendría en Primavera un Segundo, antología que reúne diez años de poesía del autor; en él, Boone anuncia que: “si la belleza del mundo fuera/ un animal/ codiciado por su piel, el marfil de sus huesos,/ y su entraña en que puede leerse el futuro;/ estos poemas serían/ el arsenal dispuesto de un ejército cazador/ oculto en el bosque.” Levanta así, una hueste de poemas para embestir el fastidio y la tirria de las fechas.

Dentro de su bibliografía poética aparecería Galería de Armas Rotas (2004) —el primer libro de poemas del autor, pero el segundo en ver la luz pública— del que Julián Herbert considera que: reúne un vigoroso y bien calibrado catálogo de obsesiones, como la ciudad, el desierto, el tránsito terrestre y la disolución del poema. Capitulado en “Bitácora del Exiliado”, “Museo de Laberintos”, “Persistencia de la Pureza”, “Historia del Amor del Río”, “De la Distancia” y “Hasta la Sombra”; Galería de Armas Rotas es un poemario que abre una nueva brecha en el árido camino de las letras jóvenes, y las dota de nuevos bríos e inteligencia.

Vendría después Material de Ciegos (2005), Premio Salvador Gallardo Dávalos, en el que el poeta alcanza registros diferentes a sus anteriores libros, comienza ya a apoderarse de su poética un vaho sólo existente en las cantinas, un hedor real, inconfortable pero auténtico, un estilo propio, acompañado del tololoche y el acordeón de la eufonía norteña. Este libro es en parte la crónica de las cantinas del Norte del país: “Agua corriente/ mingitorios que reúnen/ los arroyos de la orina/ y recorren la ciudad/ como otra sangre por sus tuberías/ cada que alivio el cuerpo/ sobre esta tierra/ donde los hombres han de mear.”

En el 2007, Luis Jorge Boone publica su libro quizás más autobiográfico, ‘Traducción a Lengua Extraña’, un conjunto de poemas que se “construye a la par de personajes y escenarios en los que la muerte tiene lugar y es presencia para los seres humanos como rendición transitoria”. Libro de escritura polifacética, como escribe Álvaro Solís en su reseña: “resuelve sus poemas confrontando lo emotivo en el texto, no rodeándolo, sin salidas humorísticas, sino tomándolo por los cuernos”.

Le continuaría Novela (2008), “una publicación al lector para que encuentre la historia que cuentan sus páginas, para que lo acompañe en su búsqueda o en su intención”.

Se abre paso posteriormente a Los animales Invisibles (2012), escrito con una “inteligencia verbal, henchida con sutiles acercamientos y tanteos sobre la naturaleza de las citas y la memoria, sobre la gravitación del blanco y lo no dicho, sobre los fantasmas de la escritura.” Un poemario que es más un sampleo poético, por las distintas citas y referencias que el poeta ha utilizado, como quien gasta una moneda en una rockola para endulzar el trago amargo de la quinta cerveza, pues todos cantamos las canciones perdídas, “todos citamos los recuerdos de los hombres”.

Luis Jorge Boone con su acordeón.

Aparecerían Versus Avalón (2014), su libro de poemas más maduro y Por Boca de la Sombra (2015), en el que se encuentra el verdadero rastro del Norte, hasta llegar a Bisonte Mantra (2017), Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín.

Bisonte Mantra es un grupo de fonemas, una manada de bisontes o grupo de palabras que, como la música, gozan de un poder psicológico o espiritual; la música, ese “perpetuo ensamble de los grillos,/ la voz sitiadora del coyote”, la “música de esferas que se parten”. En Mantra Bisonte uno tropieza con esa  “liberación que entraña encontrar la música de la materia inmóvil”, “la música country, la punta del iceberg”. Un libro de poemas que en verdad es un “puente colgante que se interna/ —música/ que nos eleva:/ la música del lugar—/ en horas de niebla acelerada.”

Sólo un poeta que toca el acordeón es capaz de componer un libro como éste, un corrido sobre lo implacable en el silencio y el “rizoma de tradición occidental que sobrevive en las canciones que se entonan alrededor de la hoguera”; un libro de poemas parabólicos, abstrusos, harmoniosos y plañideros, justo como la canción norteña o los corridos, esos, de los que Luis Jorge Boone ha dicho que son cuentos y poemas al mismo tiempo, se escriben en estrofas tramadas, en versos bien medidos, con estructuras claras y cuentan eso nuevo que nos hace pensar en otra dirección. Y yo no encuentro mejor manera para describir a cada uno de los poemas que conforman Bisonte Mantra, mantras escritos con acento norteño, con guitarra, bajosexto y acordeón detrás. Canciones que al entonarlas con los labios, la mente o el esófago (por donde corre el tequila) producen un efecto, una vibración y un color específico, el color del bisonte en el desierto. Boone le pone una tejana a la testa de Leonard Cohen, y se interna en la espesura del monte, ahí, donde “siete mil años de progreso quedan reducidos a escasas invenciones”, en busca de la música omega, “que escucho cuando no escucho nada. Cuando el eco/ da la vuelta al mundo y vuelve y me dice y nada/ y otra vez”.

Bisonte Mantra es un volumen que habla de los ciclos, de los ciclos de la vida, del Karma y el Dharma norteños, del “quien bien te quiere, te hará llorar”, todo alrededor de la figura del bisonte, animal que se deja advertir a mitad del camino, a mitad del libro, en un avistamiento vertiginoso, como la providencia y la ingratitud de la mujer, como la indiferencia misma: “cuando ella aprenda temas nuevos y recupere palabras/ de los bolsillos de otros siglos/ bajará otra vez, montada en un bisonte de oro, lloverá: vendrá a sostenernos, y a dejarnos otra vez.”, estas líneas simbolizan —al igual que el bisonte—, el principio terrestre femenino.

Mantra Bisonte es un corrido que canta la leyenda aquella en que cada año un bisonte pierde un pelo, cada año un hombre pierde a un amor, y cuando este hombre haya perdido a todas las mujeres, y el bisonte se haya quedado calvo, nuestro mundo habrá llegado a su termino. Y se escucharán los relámpagos en “la prosa de la corriente alterna”… todos los relámpagos del mundo… todos los Relámpagos del Norte.