Por Jonás

Los fantasmas que arrastran los movimientos sociales y políticos de la izquierda en el mundo nos siguen persiguiendo. Ya no sólo se trata de aquel fantasma del comunismo que en su momento dictó algunas de las más importantes decisiones que se llevaron a cabo en algunas regiones del mundo, al menos desde la experiencia del mal llamado socialismo real en la entonces Unión de Republicas Socialistas Soviéticas.

Ahora también hablamos de un fantasma del consumismo como eje rector de nuestra vida social, subsumida a la idea de un mundo de imprescindible economía de mercado y que vapuleó a los movimientos sociales y políticos de la izquierda, al menos desde la última década del siglo pasado y hasta hoy.

Frente a estas dos oposiciones, la inevitable idea de pensar en la inminencia de una economía de mercado como potencia de nuestra vida, y la muerte de una organización posible que habilite a los sujetos sociales en una pugna por llevar a cabo procesos políticos de gran envergadura, la izquierda se replegó de una forma tremenda con la idea que ellos mismos habían rechazado, es decir, mientras renegamos y denunciamos la disparatada publicada por Francis Fukuyama y su fin de la historia, en realidad estos movimientos sociales y políticos creyeron y cayeron en cada uno de sus juegos retóricos.

Sin embargo, el repliegue no fue positivo, no hubo una salvación o no exista hasta ahora un diálogo profundo sobre las necesidades de renovar el proceso de cambio social. No es un repliegue como el del que habla Diego Sztulwark en su Ofensiva sensible. Ensayo sobre el neoliberalismo que se publicó en la edición 1672 del semanario Brecha, una cooperativa periodística de izquierda. En donde el autor señala: “replegarse no es desbandarse o desorganizarse, no es entrar en esa zona de lamentos en la que muchas veces nos encontramos. Replegarse es reconocernos dentro de una fuerza, dentro de una historicidad y pensar sobre qué lugar ocupamos, como fuerza, en esta coyuntura”.

No obstante, tal repliegue, en esos términos, no se dio. Tras la muerte de las ideologías, la caída del muro de Berlín y el llamado fin de la historia –tres elementos coyunturales de un mismo proceso en los noventas– algunos miembros de la izquierda moderada y radical no tuvieron empacho en encontrar un nicho de apoyo en los núcleos conservadores, capitalistas o centristas del Estado y el mercado, echando pestes de la idea de organizarnos como sujetos sociales.

En este proceso América latina fue una región fundamental para la oposición, de la supuesta izquierda y los movimientos sociales y políticos. El triunfo de los llamados gobiernos posneoliberales fue la piedra angular y el objetivo primordial en la que algunos movimientos en la última década centraron su potencial. La batalla en el terreno electoral y algunas de las concesiones otorgadas por algunos de estos gobiernos a los movimientos sociales que les respaldaron ,fueron vistos a nivel internacional como el ejemplo a seguir, frente a un Viejo Mundo subsumido por la vida posindustrial y la batalla perdida luego de la caída del llamado socialismo real, cuyo campo de acción fueron algunos de los países de Europa del Este que actualmente atraviesan severas crisis políticas y económicas.

Tal perspectiva posneoliberal, derivado del triunfo de los gobiernos latinoamericanos, sigue persistiendo en algunos de los grandes intelectuales de la izquierda regional e internacional. En su más reciente columna el sociólogo estadounidense, Immanuel Wallerstein, expresó tajante que los movimientos sociales de izquierda deben “participar en las elecciones”.

Empero, la experiencia posneoliberal nos enseñó que su gran paradoja fue que el impulso social que los llevaba a la organización del Estado era su principal rival en las calles, pues los movimientos sociales pugnantes por un cambio estructural no servían ante sus pragmáticas políticas de negociación con las oligarquías regionales.

Como lo señalan Daniel Matos y Eduardo Molina en su artículo Giro a derecha y lucha de clases en Sudamérica, publicado en la revista de tendencia trotskista Estrategia Internacional: “la ‘paradoja’ de la relación de fuerzas  desde el punto de vista de los posneoliberales: por un lado, nunca llega la relación de fuerzas favorable para implementar medidas anticapitalistas y siempre es necesario sacrificar los intereses más sentidos de las masas en favor del posibilitismo que busca ‘acumular fuerzas’ dentro del Estado burgués”.

Por eso no es extraño que renombrados intelectuales, otrora marxistas, como el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, planteen la idea de una especie de cambio a través de “oleadas revolucionarias”, que en todo caso parece la caricatura o el disfraz de la democracia liberal frente a los procesos electorales de cada periodo en los países. Una crítica que en su momento hizo el ecuatoriano marxista, Agustín Cueva Dávila, al concepto de hegemonía en Antonio Gramsci, tanto a él como a los posmarxistas de su época.

En todo caso, como señalan en su más reciente análisis Decio Machado y Raúl Zibechi, en su libro Cambiar el mundo desde arriba. Los límites del progresismo, las oleadas revolucionarias no vienen desde la organización centralizada de los Estados, sino de los cambios y profundos cambios en las dinámicas sociales y que es parte de las tareas que deben asumir los mismos movimientos sociales y políticos de la izquierda. Por eso los autores expresaron concretamente que “quedó en evidencia que lo construido (por los posneoliberales) a lo largo de una década resultó demasiado frágil”.

Ya en su momento lo dijo John Holloway cuando escribió sobre “la peligrosa ilusión” que suponían estos gobiernos, pues significaban el repliegue o desgaste del impulso creativo de la destructiva acción de los sujetos sociales organizados.

Ahora, el giro a la derecha en América Latina es tremendo, producto de algo que requiere un profundo análisis, pues no sólo se trató del cambio a través de procesos democráticos y violentos en algunas regiones gobernadas por los posneoliberales. También se trata de la propia responsabilidad de la izquierda, centrada en la formulación organizativa que se centraba en el proceso estatal y que a nivel social sólo se preocupó por la pugna del ingreso básico, la creación de nuevas clases medias y una serie de concesiones de consumo que no miraban más allá del corto plazo en el proceso de cambio social y que ahora son vendidas como experiencias cuyo “desarrollo” fue truncado por un obstáculo derivado del “proceso por oleadas”.

Ahora la avanzada del oficialismo en Honduras, con la ratificación de Juan Orlando Hernández, la victoria y reconocimiento del ex presidente multimillonario de Chile, Sebastián Piñera, el giro conservador y oligárquico de la administración de Lenin Moreno en Ecuador, la siempre moderada política en Uruguay, la represión neoliberal de Mauricio Macri, los cambios internos en una “apertura” económica y política en Cuba, el gobierno golpista que tiene aislado a Brasil, el militarismo de la política en México, con la reciente aprobación de la Ley de Seguridad Interior que ya ha sido rechazada a nivel nacional e internacional, aunado al triunfo de la derecha en EE.UU. con Donald Trump, Emmanuel Macron y el gobierno empresarial-patronal en Francia  y la avanzada de Sebastian Kurtz en el ultraderechista gobierno de Austria, además de contar con las políticas anti islámicas de los gobiernos de Europa del Este; el panorama no parece muy alentador para la generación de la idea de un cambio social.

Pues aún cuando esto parece una verdadera olla de presión, que bajo la idea de Slavoj Žižek podría significar el límite requerido para hacernos emerger del adormecimiento neoliberal y posmoderno, la realidad es que la izquierda no ha entendido el proceso en el que se encuentra. Si bien ha habido un retorno a Marx luego de la crisis de 2008 y 2009, lo cierto es que muchos han tratado de retornar a él también con un pretendido acercamiento a los resquicios de los partidos comunistas que siguen pensando en las fórmulas de su difunto estalinismo.

El impasse ahí está, el repliegue de la izquierda no ha servido para estudiar las causas de la derrota. En primer lugar deberíamos estar debatiendo o aceptando el hecho de que hemos perdido, y sobre esa base ser destructivamente creativos, como alguna vez apostó Bakunin, pues si el mundo se empeñó en transformarse, ahora tendríamos que urgir en una interpretación necesaria, pero una interpretación que nos lleve a idear que los cambios epistemológicos que alguna vez pretendió la izquierda no fueron de mucha ayuda en tanto que ontológicamente los sujetos sociales que hemos pretendido organizarnos no estamos preparados. En todo caso valdría la pena preguntarnos, al estilo de Badiou ¿cuál es el acontecimiento que necesitamos para empezar a pensar de verdad?