Se reeditan las tres primeras novelas del escritor estadounidense, Cartero, Factótum y Mujeres, que protagoniza su alter ego Henry Chinaski. 

Por Elvio E. Gandolfo (Clarin.com)

Como poeta y como lector (performer) de poesía, el prestigio de Bukowski había ido creciendo. En 1967 había sido incluido en la prestigiosa serie de Modern Poets del sello Penguin, junto a Philip Lamantia y Harold Norse. Pero la (relativa) seguridad económica nueva lo convirtió en narrador. Con cierta exageración, alguien comentó que había escrito miles de poemas, cientos de cuentos, y seis novelas. Las primeras tres de ellas se despliegan a través de los años 70: Cartero (1971), Factótum (1975) y Mujeres (1978). Son las que acaba de recoger el sello Anagrama en un grueso volumen de la colección Compendium, con el título general Chinaski. Es el apellido que usa para su alter ego; el nombre es Henry en vez de Charles.

En 1970 Bukowski tenía cincuenta años. Mezcla rara de monstruo y gigante amable, había absorbido toneladas de experiencia, sobrevivido a varios momentos casi fatales y elaborado una mezcla de filosofía y convicciones personales. En Cartero “escracha” (como se diría hoy) los rasgos de ese oficio pintado siempre como una mezcla de idealismo y rigor absoluto. Más bien desfilan por sus páginas la locura, las mujeres y la muerte. En el momento en que escribe ya ha conocido tantas caídas, que se las toma con calma: “Me levanté, me fui al coche y alquilé el primer sitio que vi con un anuncio. Me mudé aquella noche”, registra después de una ruptura. “Había perdido ya 2 mujeres y un perro”.

Ahora que se acostumbra hacer advertencias con cualquier libro, como si el crítico fuera un integrante del Ministerio de Salud Pública, conviene avisar que quienes manejen como criterios de rechazo la misoginia o lo políticamente incorrecto no debieran abrir un libro de Bukowski. Salvo que les importe más aún la literatura.

Con él hay que absorber docenas de vómitos, descomposturas, fanfarronerías, violencia con mujeres, sexo explícito. Y al mismo tiempo epifanías, agudeza social y filosófica sin aditamentos de estilo. De hecho todo aquello de lo que se lo pueda acusar, ya ha sido reconocido antes por él mismo. No está adaptado. Ni tampoco es voluntariosamente inadaptado. Está más cerca de Céline o de Roberto Arlt que de los beatniks. Lo que a otros espanta, a él le parece justo: “Cerré la puerta y subí un piso más. Abrí mi puerta. No había nadie allí. Los muebles estaban viejos, todo desgarrado, la alfombra prácticamente descolorida. El suelo lleno de latas de cerveza vacías. Estaba en el sitio correcto”.

La novela siguiente, Factótum, continúa y amplía el tema de Cartero. Aquí son docenas de trabajos distintos. En todos odia tener que ejercerlos y, muchas veces acompañado por colegas de sufrimiento, goza sobre todo cuando lo echan, y puede cobrar el seguro de pago o el despido. Las observaciones sobre mujeres aumentan, preparando el salto a la novela siguiente. Ante Gertrud, la encargada de la pensión, ve claro: “Como la mayoría de los hombres en tal situación, me daba cuenta de que no conseguiría nada de Gertrud –conversaciones íntimas, excitantes excursiones por la costa, largos paseos las tarde de domingo– hasta después de haberle hecho unas cuantas promesas absurdas”. Tampoco le interesan las delicadezas, o las repeticiones: “Ya sabéis, yo no soy un hombre de vestidos. Los vestidos me aburren, son cosas terribles, agobiantes, como las vitaminas, la astrología, las pizzas, las pistas de patinaje, la música pop, los combates de los pesos pesados, etc.”.

Cerca del final, un grupo de trabajadores que van a ser despedidos y él reciben un último encargo: “Lo tomamos y trabajamos todo el día, riéndonos como descosidos y lanzándonos cajas de cartón por el aire. Luego recogimos nuestros cheques de despido y volvimos a nuestras habitaciones y a nuestras mujeres borrachas”.

Mujeres es la novela más extensa, y la más sometida a tensiones. Las primeras líneas son engañosas: “Tenía 50 años y no me había acostado con una mujer desde hacía cuatro. No tenía amigas. Las miraba cuando me cruzaba con ellas en la calle o dondequiera que las viese, pero las miraba sin ningún anhelo y con una sensación de inutilidad”. No parece la apertura de un desfile constante de mujeres, con auténticas protagonistas que consumen años y páginas, y “groupies” jóvenes y suculentas tan irreflexivas y veloces como las que siguen a los cantantes y músicos de las bandas de rock.

Por las dudas, se describe a sí mismo con minucia: “No faltaba nada. Las cicatrices estaban allí, la nariz de alcohólico, la boca de mono, los ojos estrechados hasta parecer rendijas, y tenía la boba y complacida sonrisa de un hombre feliz, ridículo, disfrutando de su suerte y preguntándose el porqué. Ella tenía 30 años y yo más de 50. Me daba igual”.

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