Por David Meneses Gómez

Germán Dehesa contaba de aquella vez que conoció a Juan Rulfo, “Cuando Juan Rulfo ya era Juan Rulfo”, en el Instituto Nacional Indigenista, en sus horas Godínez, que el autor de Pedro Páramo jugaba al dominó y su jefe se molestó por el ruido de las fichas, así que Rulfo hizo un dominó de cartón para seguir jugando… Así era el gran escritor jalisciense.

Juan Rulfo falleció el 7 de enero de 1986. Fue el gran paisajista literario de México, lo cual podemos disfrutar con su aroma a tierra mojada, ese sabor que tienen las novelas del bautizado como Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno.

La literatura de Rulfo fue admirada por todos, desde Gabriel García Márquez hasta aquellos que encuentran en él una memoria oral viva, de donde las leyendas de los viejos caminos y pueblos se transforman en magia. Sus cuentos son el murmullo de lo lejano, de la nostalgia.

“La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo…”. No oyes ladrar a los perros. Juan Rulfo.

Los textos de Rulfo están presentes en las calles, en las veredas, en las arrugas de los abuelos, en el silbido del tren, en la nostalgia y en un olvido que nunca nos deja.

“Se oyen las gotas de agua que caen del hidrante sobre el cántaro raso. Se oyen pasos que se arrastran… Y el llanto.

Entonces oyó el llanto. Eso lo despertó: un llanto suave, delgado, que quizá por delgado pudo traspasar la maraña del sueño…”. En el hidratante las gotas caen una tras otra. Juan Rulfo

Fue así con El llano en llamas, un libro de relatos y la novela Pedro Páramo, que Juan tomó un lugar único en los relatos, en la literatura mundial. Celebremos leyendo sus obras, descubriendo a este gran escritor mexicano.

“Tengo la boca llena de ti, de tu boca. Tus labios apretados, duros como si mordieran oprimidos mis labios… Trago saliva espumosa; mastico terrones plagados de gusanos que se me anudan en la garganta y raspan la pared del paladar… Mi boca se hunde, retorciéndose en muecas, perforada por los dientes que la taladran y devoran. La nariz se reblandece. La gelatina de los ojos se derrite. Los cabellos arden en una sola llamarada.”. Pedro Páramo.