Por Javier Armendáriz

Durante estas últimas vacaciones tuve la oportunidad de por fin tachar de mi lista de lecturas pendientes Solaris, la magistral novela de ciencia ficción de Stanislaw Lem. El texto se hizo merecedor de dos adaptaciones cinematográficas (una de la mano de Tarkovski y otra de Soderbergh) y relata la historia de un grupo de científicos en medio de una expedición en el planeta que da título al libro en uno de muchísimos intentos de la humanidad por estudiar el comportamiento de este, un ser viviente cuya comprensión está fuera del alcance humano. El planeta establece un extraño contacto con los miembros de la expedición mediante la manifestación física de personas relacionadas con los miembros de la tripulación. En el caso del protagonista Kris Kelvin, se trata de Harey, una antigua pareja quien se suicidara una década atrás como consecuencia de su relación con aquel.

Mucho se ha dicho sobre cómo en su novela Lem hace una —muy acertada— reflexión sobre las dificultades que supondría un hipotético contacto humano con una especie extraterrestre. Solaris es un océano inmenso cuya conciencia escapa cualquier punto de comparación que pueda servir de partida a la humanidad para la comprensión del planeta y sus acciones. Si los visitantes que se manifiestan a los tripulantes son un experimento, un mensaje o un ejercicio de sadismo astronómico son preguntas que nunca encuentran resolución en el libro; sin embargo, no es necesario irnos tan lejos como un contacto alienígena para encontrar las temáticas que el libro aborda. A más de medio siglo de la publicación de la novela, sus temas siguen vigentes y parecen reflejar una situación que se encuentra bastante acentuada en nuestro mundo actual, a saber: el insondable aislamiento humano.

La imposibilidad de una interpretación satisfactoria de la conducta de Solaris es tan similar como la imposibilidad de una interpretación satisfactoria de nosotros mismos. Esta paradoja puede leerse como en línea paralela con el mundo de hoy en día, una época cuya característica principal es que finalmente hemos logrado, al menos en apariencia, sortear los abismos del aislamiento entre los individuos. De la misma manera en que en el libro la humanidad se ha lanzado a la conquista de otros mundos gracias al avance tecnológico pero no es capaz de comprenderse a sí misma. Esta misma incomprensión es lo que vuelve al estudio de Solaris una obsesión para nuestra especie y también una fuente de tremendas frustraciones. El propio Lem lo señala de una manera muy explícita hacia el final de su obra:

El ser humano ha emprendido el viaje en busca de otros mundos, otras civilizaciones, sin haber conocido a fondo sus propios escondrijos, sus callejones sin salida, sus pozos, o sus oscuras puertas atracadas.

Así mismo, en un mundo interconectado donde enviar un mensaje es la cosa más sencilla del mundo, parece ser que lo que cada vez se vuelve más complicado es la comprensión profunda no solo de dicho mensaje, sino más importante aún, del emisor de este. Todo acto de comunicación implica un sumergimiento dentro del propio yo para en sus profundidades establecer los cimientos del puente que establecerá el contacto entre las dos partes. Cada hombre es una isla y para comprender al otro parte del entendimiento—imperfecto— de sí mismo. A partir de ahí se lanza al vacío en la espera de que a medio camino encuentre un salvavidas que lo lleve al otro lado de las aguas. Es un viaje condenado de una forma u otra al fracaso. Del conocimiento del yo (y vamos a ser honestos, ¿quién chingados logra eso?) parte en la búsqueda del otro y lo que encuentra nunca es lo que imaginó en su cabeza. En el mejor de los casos, los detalles se pierden, se distorsionan, se malinterpretan. En el peor, encuentra el miedo. Quizá porque lo que hay del otro lado resulta, como les resulta a los personajes de Solaris, incomprensible, extraño, alienante. Como nuestras dificultades tan comunes para comprender a aquel que no comparte nuestra nacionalidad, nuestro idioma, nuestro género, religión, contexto social, historia personal, equipo de futbol.

Los contactos del planeta con los personajes siempre parten de la sumersión en la mente de estos, de la personificación de lo que guardan en sus rincones más profundos. Para los personajes de Solaris, el misterio no solo son las acciones del planeta, sino que de paso les muestran sus propias incertidumbres. Esto queda patente en el continuo distanciamiento entre Kelvin y Harey, que se repite como lo hiciera diez años atrás. Si aquella vez fue el distanciamiento entre dos individuos que culminan en la muerte de uno, aquí es como si Kelvin se distanciara cada vez más de sí mismo, de su propio remordimiento al ser el causante indirecto de la muerte de ella. Después de todo, la Harey que lo visita en la estación es una manifestación física esculpida a partir de sus propios pensamientos, del concepto que él mismo se forjó de su pareja.

Una de tantas portadas del libro “Solaris” de Stanislaw Lem.

A pesar de esto, está en nuestra naturaleza buscarnos unos a otros. Las dos características humanas que nos pusieron donde estamos ahora es que funcionamos en grupo y que desarrollamos esta mente tan compleja en comparación a otros seres vivos. De esta complejidad y esta necesidad de formar una sociedad es que nace la contradicción. Estamos aislados en medio de la multitud y aun así, no podemos dejar de formar parte de ella. Ansiamos nuestra comunicación imperfecta, tratamos de establecerla alrededor de ejes que sirvan como punto de encuentro, intentamos aproximarnos al otro aunque fracasemos. Las ocasiones en que logramos minimizar este fracaso es cuando sale a relucir lo mejor de nosotros mismos.

El mundo donde vivimos se encuentra lleno de paradojas similares que quizá comparten la misma raíz: una época en donde predomina el culto individuo y que, al mismo tiempo, lo desvaloriza. ¿Cuántos de nosotros no nos hemos vuelto en mayor o menor medida adictos al culto a nosotros mismos e inmunes a la tragedia del otro? La facilidad del mensaje está a un botón de distancia y aun así el otro parece vivir en una realidad paralela que no comprendemos y que con frecuencia ni nos interesa hacerlo. Pero cuando salimos en busca del otro nos damos de bruces con un viaje imposible, encerrados como estamos en nosotros mismos como es nuestra naturaleza. La comunicación siempre será imperfecta porque comprender perfectamente al otro implica serlo. Siempre será más cómodo quedarse en la superficie. Solaris es un enorme océano viviente en el que nunca podremos sumergirnos, ¿cómo llegar a su fondo cuando nos resulta tan extraño nuestro propio rostro reflejado en sus aguas?