Por David Álvarez

Conseguir trabajo es una gesta. Salir a dejar decenas de currículos por doquier con la esperanza de que al menos se dé un resultado, es la concebida tragicomedia urbana por la que pasamos una o muchas veces en la vida. De tanto indagar “puede decirse que este hombre tiene el empleo de ser el hombre que busca trabajo”, relatará Roberto Arlt en su crónica “La tragedia del hombre que busca empleo”, ante la imposibilidad de obtener un puesto, conformando –continuará el escritor argentino– un “gremio de los desocupados”, categoría que define a un tipo de agente social que se abraza a la fe de su propósito sin serle otorgado.

El trabajo es el ejercicio que nos provee de satisfactores, bien sabido es que, Yahvé –en los relatos bíblicos– castigó a Adán, dejando en claro que “con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis 3:19), tema que fue reconfigurándose mediante las instituciones eclesiásticas constituidas con el tiempo y que, durante la Reforma protestante, siglo XVI, ocupó –el trabajo– parte de la centralidad del cambio de paradigma  dentro de dicha doctrina religiosa –léase “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” del sociólogo alemán Max Weber.

Para F. Engels, colega de K. Marx, el trabajo es “la condición básica y fundamental de toda la vida humana. Y lo es en tal grado que, hasta cierto punto, debemos decir que el trabajo ha creado al propio hombre”, tesis que aborda en su ensayo “El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre”, resaltando, además, el valor que del trabajo hace la Economía Política clásica –que precisa como ciencia social burguesa–, como “la fuente de toda riqueza”. No es casualidad que la doctrina marxista se haya enfocado con suma atención al tema, describiendo en parte los modos de producción que se definen, a grandes rasgos, por la manera de obtener los bienes materiales.  En Londres de 1864 se funda la Asociación Internacional de Trabajadores, mejor conocida como la Primera Internacional, organización que agrupó a sindicatos de tinte socialista, anarquista y republicano, con la finalidad de instituir a los obreros de Europa y del resto del mundo, en busca de conquistas sociales y laborales.

Gregor Samsa despertó convertido en insecto –nos cuenta F. Kafka– y lo que más le preocupó no fue su situación corporal, sino el trabajo, reforzando así las problemáticas del mundo contemporáneo a partir del ejercicio laboral y sus conflictos, al grado de colocar a Poseidón detrás de un escritorio para administrar los mares –referencia a la obra en prosa Poseidón, del escritor praguense–, insatisfecho y sin embargo resignado, quien “terminó por aburrirse de su mar. Dejó caer el tridente. Se sentó en silencio en la costa rocosa”.

Regresando al desempleo, aún resguardo fólderes con mi currículo en la mochila, escribiendo esta columna mientras espero una entrevista de trabajo en la que diez tipos más aguardan su turno. Un conmovedor espectáculo.