Por Javier Armendáriz

Uno de los acontecimientos más importantes en mi vida se dio una tarde de 2003 mientras me encontraba en el cine viendo los cortos antes de una película. No recuerdo qué filme fui a ver ese día, pero recuerdo perfectamente uno de los trailers previos a la función. Supongo que capturó mi atención porque tenía todos los elementos requeridos para embelesar a un morro de siete años: ruido, colores, un bombardeo constante de tomas rápidas, diálogos acartonados. El tráiler presentaba una colección interesante de personajes: una especie de Hulk, una mujer vampira, un pirata, un espía carita, un fresón elegante con habilidades curativas, un cabrón invisible y un viejito malacariento y rudo.

En el par de minutos que duraba el corto pude contemplar persecuciones por ciudades oscuras, explosiones y el escote de la mujer vampiro. “¡Esta cinta parece llevar al medio cinematográfico a niveles artísticos desconocidos para mis inexpertos ojos!”, exclamó mi versión de siete años, sentado en la butaca de la sala del cine. Ya saben, esa emoción por ver una película que solo se experimenta cuando no has vivido ni una década. Cuando una película no es una película, sino un acontecimiento.

He aquí dicho avance en toda su gloria:

Dios mío de mi vida, qué enorme pedazo de porquería.

La Liga Extraordinaria o The League of Extraordinary Gentlemen, su título original, fue dirigida por Stephen Norrington y es célebre por haber sido tan mala que Sean Connery decidió que jamás volvería actuar frente a una cámara luego de haber protagonizado semejante bodrio, además de ser probablemente la más lamentable de las adaptaciones de Alan Moore.  Esta pinche película es tan mala que el tipo que la dirigió no ha vuelto a hacer lo propio con otra película. Supongo que ya nadie le tiene confianza. Yo la amé como solo un niño de siete años puede amar: rindiéndole culto. Tenía un minipóster en mi cuarto que había recortado de una revista Premiere. Renté el VHS como cinco veces, y cada vez que lo hacía la miraba mínimo un par de ocasiones.

La película narra la historia de una especie de Liga de la Justicia al servicio de la corona inglesa durante la época victoriana. La cosa  es que estos no son personajes cualquiera, sino grandes personajes de la literatura en lengua inglesa —y uno de la francesa—: El Allan Quatermain de Henry Haggard, la Mila Murray de Bram Stoker, el Dorian Gray de Oscar Wilde, el Hombre Invisible de H.G. Wells, El Dr. Jekyll/Mr. Hyde de R.L. Stevenson, el Capitán Nemo de Julio Verne y el Tom Sawyer de Mark Twain, este último agregado por influencia del estudio. Todos estos personajes de gran importancia para la cultura universal se reúnen en un ridículo festival de profanación al celuloide en el que también se dan cita pésimos efectos visuales, actuaciones dignas de la telenovela del mediodía y un argumento con más agujeros que un narcomenudista durante el sexenio de Calderón, aunque sin el encanto e ingenuidad de una película serie B que la vuelvan al menos un poco disfrutable. O sea, a esta película no hay en serio por dónde agarrarla. Y, aun así, cuando llega a encontrarla por ahí, vagando en los canales de una televisión, inevitablemente me la aviento con una sonrisa en el rostro.

“¡Así que esto es lo que hay en los libros que no tienen dibujos! Tal vez sería una fuente de entretenimiento a considerar, dado que el internet no entrará a mi vida sino hasta dentro de cuatro o cinco años, justo a tiempo para la pubertad y el porno” exclamó mi versión de siete primaveras al salir del cine. En 2003 ya contaba con una incipiente pila de cómics de Spider-man en mi habitación, pero nunca me había sumergido en serio en una prosa. De pronto la idea me interesaba, ¡en los libros también había autos, explosiones, submarinos, gigante superfuertes!

Meses después, yendo a la librería local precisamente por mi ración de historietas, encontré por casualidad un libro en un estante. Las Minas del Rey Salomón, decía la portada. Lo que encontré al curiosear entre las páginas me paralizó el pecho por un segundo: se trataba de una de las aventuras de Allan Quatermain, el cazador protagonista de la película. Era mi oportunidad, ese libro tenía que ser mío. Me costó el dinero del recreo de una semana y una mañana entera de chingar a mi madre para completar lo que faltaba. Aunque no fue para nada similar a lo que había visto en la película, leí ese libro con emoción y dificultades a partes iguales. Las descripciones sin apoyo visual y el anticuado lenguaje ofrecían un reto superior al que suponían las aventuras gráficas de Peter Parker o Bruce Wayne. A veces terminaba con un leve dolor de cabeza por un rato, pero valía la pena. Sobre mi cama al llegar de la escuela atravesaba el desierto africano por el camino de Salomón. En una esquina del negocio de mis padres ascendí con Allan Quatermain y sus compañeros por los pechos de Sheba y proseguí mi camino hasta encontrar las dichosas minas.

Supongo que podría decir que la travesía no terminó en las minas de Salomón. Poco después encontré 20’000 leguas de viaje submarino en la otra librería local. El Retrato de Dorian Grey apareció poco después. Las Aventuras de Tom Sawyer estaban entre los olvidados libros de mi salón cuando estaba en cuarto de primaria. Me topé con un ejemplar de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde en la secundaria. Drácula cayó en el primer año de universidad. Aún tengo pendiente el libro de Wells.

La teoría del caos aborda los enormes cambios a ver a largo plazo en un sistema físico a partir de un elemento pequeño en las circunstancias iniciales. La más insignificante de las alteraciones produce una reacción en cadena que transforma por completo todo el sistema. Me pregunto qué sería de mi vida si no hubiera visto ese avance de esa película tan mala esa tarde de 2003. Una gran cantidad de mis experiencias personales, la ciudad en donde radico, muchas de mis amistades, la vida que llevo, mis decisiones profesionales son consecuencia de esa pequeña alteración que se introdujo en el sistema hace quince años.

Mmm…

Jódete, Stephen Norrington. Arruinaste mi vida.