Por Marco Levario Turcott

El periodista no es ni puede ser imparcial. No es un imperativo ético aspirar a serlo porque no está por encima de la sociedad, no es árbitro y menos santo (además sabemos que estos no existen -yo desconfío de quienes se presentan como tales-). El periodista es un integrante más de la sociedad y por ello tiene opiniones y definiciones, vale decir, sesgos; la diferencia es que su función es pública y tiene efectos públicos. Hace demagogia si dice que es o pretende ser imparcial porque también es un actor político. La objetividad tampoco existe más que como parte de una retahíla demagógica.

El periodista es un sujeto, tiene predilecciones y definiciones. Lo ético es que las exprese con transparencia para que sus audiencias conozcan esas inclinaciones, y lo profesional es que en el marco de esas definiciones lo que difunda sea veraz, no la verdad, ésta tampoco existe, veraz insisto, hechos y circunstancias comprobadas y verificadas. Y no sólo en sus partes informativos sino también en los contextos que construye para expresar sus puntos de vista. Así el periodista no se engaña ni engaña a los demás, y sobre la base de su actuación política ofrece la mejor calidad de contenidos posible.


*Publicación original AQUÍ.