Por Manuel Ayala

He de empezar diciendo que no me gusta la poesía (bueno, no toda la poesía). Aunque mis primeros pininos se dieran queriendo escribir canciones y después “poesía”, no soy muy adepto a lo que actualmente dentro de este género se escribe (me fastidian la mayoría de los poetas). Aunque bien, si puedo aseverar algo, como ya lo dije en otra ocasión, “lo que más me gusta es la poesía rompe madres, sórdida; la que te revienta el hocico de un madrazo…”.

Corría el año 2006 (lo digo así para verme más pro como algunos periodistas lo hacen) y estaba a mitad de mi carrera universitaria. La revista chafona que dirijo cumplía dos años y en la edición conmemorativa habíamos dedicado un espacio a la señora que quiso ser Secretaria de Cultura con López Obrador: Elena Poniatowska. El Encuentro de Poetas del Mundo Latino se celebraba en la ciudad (Morelia) y a mí me importaba un comino que esto se llevara a cabo, pero.

Yo era un muchacho aún imberbe en la edición, la escritura y en el periodismo ni se diga. Pero quise ir al Teatro Ocampo a la última mesa de lectura que se celebraría dentro de ese Encuentro porque recién había leído Las batallas en el desierto y quería saber quién era aquel escritor detrás de esa pequeña novela (no lo conocía personalmente, más allá de que los carteles mostraban su rostro difuminado).

Con un ejemplar de mi revista bajo el brazo, llegué al citado teatro. Varios periodistas desesperados deambulaban por doquier buscando y preguntando por el homenajeado en turno. Yo solamente veía sus rostros desencajados porque el evento estaba a unos minutos de comenzar y no encontraban por ningún lugar al señor Pacheco. Ahora lo entiendo, todos querían tener la primicia y el afamado escritor al parecer no andaba por ahí.

No sabía si entrar o regresar a casa, así que me senté en las escaleras que dan hacia el café del teatro. Hojeaba la revista y entonces me pregunté ‘qué jodidos hacía ahí’, pues ni me animaba a entrar y ni me decidía a irme a casa. Me paré y me dirigí hacia la puerta de entrada a la sala del teatro, quise entrar, pero me lo negaron. “Ya está totalmente lleno, no puedes pasar”, me dijeron. Por pendejo, pensé y regresé al lugar donde antes me encontraba.

Si no quería estar ahí y no me habían dejado entrar, no entendía por qué me había regresado a sentar en esas escaleras. Cuando todos se encontraban dentro, una persona alta y medio encorvada se aproximó pero no le di importancia. Rondaba por ahí y luego de unos minutos se sentó a mi lado. No le di mayor importancia. El silencio estaba presente, los minutos pasaron y se acercó mi amigo Roberto Lázaro Melo (el primero en esta faz de la tierra que se atrevió a publicarme en su periódico Epígrafo de Morelia) quien pretendía entrar al teatro también. Charlamos un rato y pareció darse cuenta de quién a mi lado estaba. “¡Maestro!”, le dijo.

“¿Ya conoces a José Emilio Pacheco?”, me preguntó Lázaro Melo. Le dije –sin voltear a ver-: “Sí, acabo de leer su libro de Las batallas en el desierto y vine a ver qué chingados decía en su homenaje, pero no me dejaron entrar y ya sabes que no me gusta la poesía, es más, los poetas me parecen una flotilla llena de mamonería”. Ambos personajes soltaron una risotada que se escuchó hasta el interior de la sala y el señor de al lado me tocó el hombro izquierdo y sin dejar de reír me dijo: “Te pareces tanto a ese chamaco (el de Las Batallas), que hasta me recordaste que yo tampoco quería estar en este evento”.

En ese momento me di cuenta que era José Emilio Pacheco. Al señor le castraban los periodistas (me lo confió acá entre nos) y se había escondido en una parte del lobby para evitarlos. No me entusiasmé tanto como lo hubiera hecho un fan, (quizá ahora sí lo hubiera hecho), pero me conmovió un tanto su comentario, sobre todo porque ese libro me había gustado mucho (hasta la fecha).

Digo que la risotada se escuchó hasta el interior de la sala porque de inmediato salió una persona, al parecer de los del staff del evento, y le dijo que ya era hora, que tenía que entrar porque ya estaban dentro los demás invitados. El señor se paró entonces del lugar, me dio una palmada en la espalda y me dijo: “Me caes bien, muchacho”. Después se marchó con una sonrisa en su rostro y no lo volví a ver jamás.


*Este texto se publicó originalmente en la revista Silabario en noviembre del 2013. Aquí presentamos una versión corregida y aumentada.