Por Paloma Carreño

¿Se puede leer la música? Conocemos ya de su poder intrínseco de baile, de canto, de sexo. Pero la letra que habita la música es uno de los discursos más potentes que hemos presenciado en la historia. Hemos recitado con banal indiferencia las palabras aún sangrantes del escritor, convirtiendo en agua a la piedra que se lanzó con el más contundente interés de matar, o por lo menos dejar mal herido al ego de la oreja. El discurso en la música ha logrado lo que ninguna otra forma de la letra escrita: ser invitado a pasar a cada casa, no como un molesto invitado, ni siquiera como un miembro soportable de la familia, llegó como compañía de todos, en la unión y en la expresión de la individualidad. “No está mal ser mi dueño otra vez, ni temer que el rio sangre y calme al contarle mis plegarias” (Spinetta, Alberto). Tampoco entró para ser confinado a la repisa de la esquina, sino que se derramó sobre el suelo e impregnó con sus olores cada centímetro y fue usado, es usado. Y el ser humano se hace a diario palabra a través de la música, proyecta su realidad, se siente importante, o por lo menos interesante porque alguien cuenta lo que un día pensó ” Mi amor, no es amor de uno solo, sino alma de todo, lo que urge es sanar, mi amor es un amor de abajo, que el devenir me trajo para hacerlo empinar” (Rodríguez, Silvio).

La canción es el reflejo involuntario del contexto, que se configura, se desarrolla, se descontrola, protesta y estalla para reconfigurarse. Ha quedado oculto tras la música: el discurso. Que nace buscando la forma de colarse hasta adentro, al hueco de la cabeza donde rebotan las voces que viajan de todos lados de una misma. Vienen las quejas cansadas desde los pies, la independencia abrumadora de la vagina, el devenir hermético de la lengua, la pesadez malhumorada del estómago, la depresión rendida de los ojos.

Y ahí, la letra los convoca a todos, pa´ decirles que está bien que se sientan, que no se nieguen, que el mundo está cabrón y que adentro también se necesita paz. Como canta Mercedes Sosa “Sino canto lo que siento, me voy a morir por dentro, he de gritarle a los vientos hasta reventar, aunque solo quede tiempo en mi lugar”.

Llega y como el Hablador que relata Vargas Llosa, les trae las noticias que vienen desde afuera, las verdades que camina recopilando, que conoce porque aprendió a escuchar, al grillo, a la madera y al mismo sonido. A dividir la realidad de los dichos de la Zona de promesas.

Y les cuenta, de la guerra, de los niños que a esta hora exactamente están en la calle; de a la niña que teniendo siete, qué siete…cinco años apenas, la llamaron negra y retrocedió; de la bala que a todos los atravesó.

Y luego de llorarse a sí mismos por el mundo, la letra de la canción los consuela con el color de afuera que no cede, “Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo… y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño” ( Numhauser, Julio).

En la música se haya el discurso de los que por el contexto han sido constituidos como los otros, pues es ahí donde se han proclamado los unos, seres en sí mismos. En esta columna vamos a profundizar la letra de las canciones, las realidades, tendencias, fenómenos sociales que se hicieron y se hacen discurso, que comenzaron o dieron himno a un movimiento, o que reflejan el sentir de un momento o generación.

Espéralo…