Por Carlos Zanón / El País

En literatura el talento no va mal, pero lo que importa es el coraje.

El coraje es amor propio. Esa poderosa y extraña fuerza de voluntad que hace que una persona lleve adelante lo que se propone a pesar de los obstáculos e impedimentos que se encuentra en su camino. Nuestro actual Premio Carvalho, tiene ambas cualidades: mucho talento y mucho coraje.

Respecto del talento, si alguno de ustedes no lo sabe es porque aún no ha leído a James Ellroy, lo cual abre una experiencia inolvidable para usted: leerlo por primera vez. Pero prepárense si ese es su caso. A veces tendrán la sensación de que más que leer están esquivando proyectiles desde una ametralladora apostada delante del libro. No se preocupen. Es literatura. Es James Ellroy. Su literatura es una partitura a pianoforte compuesta por un tipo de pelo ensortijado y problemas de oído, aunque también, a veces es melancólica como la fragancia musicada de un claro de luna al descubrir la tumba mexicana de Lee Blanchard.

Por cierto, la cita es del escritor Harry Crews.

Y ya puestos, la cita me la dijo mi amigo y también escritor Kiko Amat.

Prefiero confesar esto porque también leyendo a James Ellroy uno descubre que las deudas siempre se pagan y que la mentira acaba por ensuciarlo todo. La mentira, la corrupción, es un bicho de la carcoma que pulveriza sillas, mesas, casas, parejas, familias y finalmente, a toda una sociedad.

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El coraje te levanta del suelo todas y cada unas de las veces en que te caes o te derriban. El coraje es quien te lleva a una guerra desesperada en la que el único que conoces de la existencia de esa guerra eres tú y la única baja también eres solo tú. Nadie te espera y si no llegas nadie se dará cuenta. No hay segundas oportunidades. No tienes el teléfono de papá para pedir dinero o ayuda o que alguien te preste talento o buena suerte o un poco más de coraje. No. Si llegas tarde, las luces estarán apagadas.

Para escribir ha de existir una herida. Un escritor es eminentemente un animal herido. A veces el escritor no sabe ni que tiene esa herida o su profundidad o cómo le está determinando lo que escribe. Como un miembro amputado al que aún puedes notar. En el caso de James Ellroy la herida era profunda y claramente distinguible para él. De ahí su gran coraje. Todo vale para cauterizar, abrir o infectar esa herida. Ellroy enloqueció y escribió, gritó, corrió, escapó y escribió, bebió, corrió, amó y escribió.

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Ellroy es Beethoven, claro, una orquesta sinfónica, con multitud de arreglos al mismo tiempo, thrillerscorales, torrenciales. Te sientes como el teniente coronel Kilgore en el delta del Mekong explicando que él surfea porque Charlie no hace surf. Es también esa suerte de tragos secos, diálogos directos y descripciones de una ciudad, la suya, Los Ángeles, barnizada, re imaginada y servida nueva y nada chandleriana, aunque la tradición del hardboiled estaba en los primeros libros de nuestro Premio Carvalho, esas andanzas del siempre expeditivo sargento de homicidios, Lloyd Hopkins. Nos hace leer por igual informes periciales, mensajes cifrados, conversaciones de ruptura, interrogatorios brutales y atestados policiales. Y los leemos de la primera a la última letra. Nos traslada en coches de policía, salones de mansiones angelinas, estudios de porno, moteles baratos, cantinas y despachos del FBI. Hace con nosotros lo que quiere. No tenemos la más mínima oportunidad.

Es el canon de libro político de un autor conservador –como lo hace menos violentamente Eastwood en el cine– que cree en un sistema a pesar de señalar de qué están hechos los cimientos de un país instalado en una Arcadia violenta pero justa o, al menos, llena de fe. Pero Ellroy ni sermonea ni da respuestas. Lo más cercano a lo que hace es lo que hace tiempo dejó escrito el periodista Carlos Prieto: “Ellroy no hace novela política al uso: lo que hace es pegarte un martillazo y echar a correr” .


*Texto original y completo AQUÍ.