Por Javier Armendáriz

Hace casi un par de meses que se estrenó en las pantallas del mundo la más reciente película de Star Wars y supongo que ya es válido discutir algunos detalles de la saga de hippies espaciales favorita de todos. Aunque, antes que nada y por educación, no está de más decir que las siguientes líneas están plagadas de spoilers, por si alguien está leyendo esto y desea mantenerse virgen en los acontecimientos más recientes de esta guerra galáctica que ya lleva décadas obsesionándonos.

La película de Rian Johnson ha sido particularmente polémica, y no es para más, todos los ingredientes adecuados están dispuestos para que así sea: es una película un tanto arriesgada en cuanto a su argumento que forma parte de una saga cinematográfica con una serie de parámetros discursivos más o menos bien definidos, más de uno de los cuales es desafiado en esta entrega que vio la luz en una época cuando una gran cantidad de personas adultas tienen como pasatiempo publicar en internet que algo les ha arruinado la infancia a la menor provocación. El resultado no es nada sorpresivo.

Uno de los puntos más criticados de The Last Jedi es la manera en que fue abordado el personaje de Luke Skywalker, aquel joven soñador que miraba lleno de esperanza el doble ocaso de su planeta natal, ahora convertido en un ruco cínico al que le valen dos kilos de reata que su sobrino no solo haya matado a uno de sus amigos sino, pues, a un sistema solar entero. “Nel, morra. Yo la neta ya estoy hasta la madre del drama espacial y estoy muy a gusto aquí en el exilio. Cero pedos en este planeta, rodeado de hámsteres y monjas alienígenas. Ya sabes dónde está la salida. Larga vida y prosperi… digo, que la Fuerza te acompañe.”, le dice Luke a Rey al inicio de la cinta. Skywalker ahora es un hombre cansado después de años de Guerra (de las Galaxias) y de haber atestiguado cómo lo acontecido a lo largo de tres películas al final no brinda equilibrio a la Fuerza de manera definitiva. El Lado Oscuro sigue ahí, el conflicto continúa y en su familia sigue existiendo esa irritante tendencia a volverse un homicida con ambiciones imperialistas. Su punto de quiebre llega cuando, en un momento de psicosis, considera el asesinato de su propio sobrino y el tiro le sale por la culata pues lo único que logra es afianzarlo todavía más hacia el Lado Oscuro. “No, pues chingue su madre”, probablemente dijo antes de desaparecer sin dejar rastro durante un largo tiempo.

Por sí solo este fue uno de los aspectos que más me agradaron de la película, es decir, ¿quién no disfruta de una buena tragedia griega? Luke el héroe, condenado por los dioses a que sus acciones no solo no hayan tenido efecto a largo plazo, sino que terminaron por desencadenar en su legado aquello que tanto trató de evitar durante su juventud. A pesar de que no es el arco narrativo más original en la historia de las narraciones, hay una obra en específico a la que la situación de Lucas Caminantedelcielo en The Last Jedi me recuerda con mucha fuerza: La última cinta de Krapp, un monólogo escrito por Samuel Beckett en 1958.

Al igual que The Last Jedi, la obra de Beckett nos presenta a un hombre maduro que mira con desdén su propio pasado. Krapp tiene la costumbre de realizar una grabación en su cumpleaños en la cual reflexiona sobre el último año acontecido. Además de esto, revisa cintas  de años anteriores en un interesante diálogo con sus versiones pasadas. En su sexagésimo noveno natalicio, revisita una grabación que data de cuando tenía treinta y nueve años. Escuchar a su yo más joven es un ejercicio de autodesprecio. La grabación del Krapp treinteañero hace alusión a otra cinta de Krapp cuando tenía alrededor de veinte años y este a su vez hace una condescendiente mención de un Krapp adolescente. Cada versión del personaje se burla de las más jóvenes, del idealismo de antaño, mientras el paso del tiempo hace que su visión del mundo pase del idealismo más exacerbado a uno más pálido, hasta volverse una postura “realista” de la vida que culmina con el absoluto hastío y desencanto que empapa al Krapp sexagenario.

El desencanto existencial es una de las características más arraigadas en la obra de Beckett. Todos estamos familiarizados con esa eterna expectativa carente de sentido que es Esperando a Godot o la desesperante cotidianeidad postapocalíptica(?) de Fin de partida; sin embargo, La última cinta de Krapp toca la desesperanza de una manera más directa al mostrar tal cual la decadencia espiritual de un hombre que podría ser cualquiera. La caída en picada del idealismo juvenil hasta marchitarse en un cinismo sin retorno quizá refleja una ley universal: el desgaste de las cosas, la erosión irreversible que solo culmina en la muerte. Krapp ha sufrido un desgaste de nivel espiritual hasta el punto de ser apenas un cascarón marchito a la espera del fin. De la misma manera, Luke, desilusionado de las leyendas que escuchara en su juventud y de las cuales ahora él es el último vestigio, espera pacientemente desaparecer y que con él lo haga un legado que ya no representa las virtudes que antaño defendiera, sino la causa misma de aquello que combatió.

Hacia el final de sus respectivas narraciones La última cinta de Krapp y The Last Jedi divergen en el trato de estos personajes. Beckett no nos da un cierre (las cosas no tienen cierre, parece gritarnos a la cara una gran cantidad de sus trabajos) y prefiere mostrarnos tan solo un pedazo en la vida de Krapp, aunque no es difícil imaginar que su vida seguirá de forma invariable el curso que nos ha mostrado y que eventualmente muere, si acaso aun más hastiado de la vida que aquel día de su cumpleaños número sesenta y nueve. El mismo título de la obra nos advierte que Krapp probablemente no escapará a este desencanto, después de todo, somos testigos de la narración de última cinta. Por el contrario, Luke encuentra la redención al final de The Last Jedi y muere en paz luego de una vida de guerra. Lo cual también es de esperarse, digo, es una película de Disney y dudo que sea lucrativo que los niños salgan de las salas con la mirada perdida y preguntándole a sus madres si la vida es un río cuyo cauce corre solo hacia la degradación hasta culminar en la muerte.

“Puede que sí, mijo, puede que sí”, contesta la madre. “Pero no pienses en eso. Ten una paleta”.

“¿Qué caso tiene?”, pregunta el niño, contemplando la envoltura de su Tootsie Pop mientras se pregunta qué es lo que se debe de hacer luego de que has dado tantas chupadas que finalmente llegaste al centro.

Ambos caminan tomados de la mano hacia un atardecer con dos soles. Suena el tema de John Williams. Créditos finales.