Por Karim Yaver

Debía ser así, que las palabras de Lupita en un principio le parecieran por completo dotadas de sentido: «No creo que estos cosméticos los traigan desde Rusia, para mí que los hacen aquí mismo. Les ponen así para verse más internacionales, y para darlos más caros». Pues le resultaba más que viable, el que compañías como ésta se permitieran de vez en cuando un inocente y pequeño engaño a los consumidores, engaño que, al final, hasta para ellos mismos resultaría positivo, pues quién no preferiría, así debiera pagar unos cuantos pesos de más, embellecerse el rostro con sombras elaboradas en Rusia, delineadores de Suecia, lápices labiales de Noruega, bases de Francia, o las uñas, con esmaltes de Suiza, Finlandia, República Checa. Sí, parecía más que viable. Sin embargo, la sólida teoría de Lupita se derrumbó cuando a Jesús le mandaron capturar los datos del embarque recién recibido.

―Estos son los códigos de los productos ―le decía su jefe, mientras con el dedo índice le señalaba sobre una hoja impresa una serie casi interminable de números de cinco cifras―, y acá está el país de origen. Lo que tienes que hacer es capturar el código de cada producto y a un lado señalar de dónde proviene.

Por supuesto, el país de origen era justamente ése que aparecía impreso en el empaque de cada maquillaje, seguido de aquel universal made in: República Checa, Finlandia, Suiza, Francia, Noruega, Suecia, Rusia, etcétera. Ya no tenía sentido pensar que todo fuera un engaño, porque ¿con qué razón querría su jefe registrar esos falsos datos, suponiendo que la elaboración fuera local y que sólo se utilizaran los nombres de aquellas naciones europeas como meras máscaras para el público? No, no era para verse más internacionales ni para subir indiscriminadamente los precios. Era mucho más simple: el producto provenía de Europa.

De pronto, ante semejante revelación, la idea, que en cualquier otro momento habría lucido burda, frugal, de que sus manos habían sostenido el esbelto empaque de una sombra para los ojos que días atrás otras manos, posiblemente delicadas, posiblemente temblorosas, como las suyas, y como las suyas cansadas, desgastadas, habrían también sostenido, si bien en un país tan distante y ajeno como Rusia, le hinchaba de apacibles suspiros el pecho. Luego el aire que contenía acumulado en los pulmones henchidos, tibio en un principio, debía soltarlo, empujado por el calor que de a poco le había inoculado su desbocada imaginación: ¿y si esas manos rusas fueran además unas manos femeninas, las blancas y frías manos de alguna bella, blanca y fría jovencita rusa, llamada tal vez Natasha o Katia o Anya? ¿Y si además ella tenía conciencia de que ese empaque le habría de llegar a alguien como él, a Jesús, humilde y joven obrero de una maquiladora en un país como éste, al otro lado del mundo? ¿Y que ese recorrido, que esa transatlántica travesía, de alguna manera, no era una simple elaboración logística con fines comerciales sino, tal vez, sólo tal vez, una complicada comunicación que el destino les habría preparado, el destino perverso, por supuesto, cuyo único objetivo era hacerlos conscientes, a ambos, de la fatídica imposibilidad de todo hipotético encuentro?

El amor, entonces, el irrealizable amor debía hallarse en alguna ciudad rusa: en la portadora de aquellas manos, de aquellos dedos que, sin saberlo, se habrían rosado con los suyos a la distancia, que habrían hecho uso, en comunión, del grosero empaque de esa sombra para los ojos con el fin de regalarse una caricia, una caricia a ciegas, o un mudo «te quiero», lanzado vacilante ante la implacable incertidumbre que derivaría en un indudable cuestionamiento. El amor. El amor efectivamente inalcanzable que no habrá de conocer jamás, porque personas como él no salen nunca de su ciudad, ni qué decir de su país. El amor que le queda ya tan sólo como un símbolo, a lo mucho, como una cruel muestra de lo que es la vida: una ciénaga profunda en la que nos hundimos arrastrados por el peso del yunque atado a nuestros tobillos de las frustraciones, de las desilusiones, de las esperanzas muertas. Y al final, el empaque de una sombra para los ojos proveniente de Rusia, que habría sido tiernamente acariciado por las manos de la joven hija de algún Iván o Mijaíl o Vladimir, que jamás conocerá pero que, seguro, pensó también en él, tanto que se supo convencida de la entera verosimilitud de la comunicación fatal que el destino, Dios, el Universo o lo que fuera, les había preparado. A tal grado que pudo haber rememorado aquella leyenda oriental que habla sobre el nexo indisoluble que une a los amantes a través de las distancias, del tiempo. Y que a ese nexo lo encarna un hilo de color rojo que, de dedo a dedo, es capaz de cruzar todo eventual obstáculo para mantenerlos siempre juntos. Ella, entonces, habría decidido arrancar de su suéter convenientemente rojo un hilo sobrante para introducirlo en el interior del empaque, esperando ―con la esperanza, no muerta aún, pero sí en agonía― que él sabría reconocerlo, que él habría de sentirlo y que él habría de encontrarlo. Se consideraría, entonces, presente en ella, y a ella la mantendría siempre consigo. Y así la esperanza de hallarse juntos alguna vez estuviera de hecho muerta, reposaría su cadáver intacto cubierto bajo una mortaja de rosas hiladas, sobre un campo de hierba fresca, y nunca bajo la perpetua noche de la tierra y el olvido.

Pero Jesús no supo encontrarlo, no supo sentirlo ni reconocerlo.

El hilo rojo continuó allí, escondido, en el interior del empaque que ni siquiera pasó próximo a sus manos, que quizá fue maquilado por Lupita o por Rocío o por Javier. El pedido había sido liberado unos días atrás y, para entonces, lo sabía, podía estar esperando en alguna tienda, en algún centro comercial, a que alguna mujer, alguna señora, alguna otra jovencita, lo abriera y conservara solamente la sombra para los ojos y desechara todo lo demás, el empaque y el hilo que no sería arrojado a la basura sin antes haber sido ignorado, porque a nadie le interesó jamás un inútil hilo rojo, porque nadie pudo siquiera sentirse intrigado ante él.

La teoría de Lupita no le sonaba nada mal, y Jesús sabía que debía creerla, o que debía pensar, en última instancia, que su jefe había llegado a la misma conclusión; que seguro él también dejó pasar su propio hilo rojo y que era por ello que no se atrevía a capturar en el ordenador los datos que le recordaban de dónde provino; y que tampoco fue capaz de encontrarlo, sentirlo ni reconocerlo. Sabía también que debía apresurarse, que debía hacer bien su trabajo, porque si llegaba a cometer algún error, por mínimo que fuera, perdería su hora de comida con el fin de arreglar la metida de pata. En tal caso no le sería posible sentarse a pensar unos minutos, unos pocos minutos, luego de haber devorado el sándwich de atún que llevaba para el almuerzo, en la sombra para los ojos y en su empaque acariciado por dedos rusos, y en Natasha o Katia o Anya, dueña de esos dedos, y en el precio cada día más elevado de los pañales, la leche y la ropa de bebé para el pequeño Jesús que quizás estuviese para ese momento descansando en casa, o llorando, apapachado por su joven y prematura madre, o durmiendo apaciblemente bajo el influjo intermitente y fragmentado de un primitivo sueño de hilos rojos y destinos y delicadas manos blancas y frías de mujer.