Por Jonás

¿Podríamos luchar en contra del tiempo? ¿Podríamos entender el papel que juega el tiempo en nuestras vidas? Parecen preguntas necesarias para los tiempos –valga la redundancia o su paradoja– que vivimos. Un espacio cronológico subsumido por la disolución de aquellos valores fundamentales que no le daban tal preponderancia a lo temporal, a la temporalidad.

Un físico podría responder que el tiempo se encuentran más allá de la racionalidad humana, del quehacer cotidiano o de los designios del corpus social. Entonces podríamos rescatar la separación que establece Norbert Elias, sociólogo alemán, respecto de la separación entre tiempo físico y tiempo social.

En la práctica de las sociedades humanas, siguiendo Elias, el tiempo es un mecanismo de regulación de carácter coactivo. Su establecimiento en el moderno sistema-mundo no es un engranaje cualquiera de una cadena productiva que hace funcionar los mecanismos que dan sentido a esta sociedad.

La expansión desmedida del capitalismo a todas las capas del quehacer cotidiano, su fundamento concreto en la expansión de las ciudades por requerimiento industrial y las cifras que hablan de un determinante grueso social que vive en las urbes, son los elementos clave –mas no los únicos– para poder ir estableciendo cómo el tiempo se ha vuelto un elemento fundamental de la vida capitalista. La expresión el tiempo es dinero no es ya una frase del anecdotario coloquial que deberíamos asumir con humor o naturalidad. Al contrario, el tiempo se ha convertido en una suerte de organismo rector de la vida en todos sus sentidos.

Pues no sólo estamos determinados por la categoría tiempo en su sentido productivo, dentro de la tradición capitalista, sino también a partir de su formulación posmoderna, esa que busca disolver cualquier atisbo de disidencia o carácter disruptivo.

En ese sentido, también rebeldía se ha subsumido al imperio del tiempo moderno-capitalista, queda atrapado en su carácter coactivo. Es lo que Rafael Sandoval describe como la determinación impuesta del tiempo como racionalidad para medir procesos, al momento de reflexionar sobre la práctica política y los movimientos sociales.

Los movimientos sociales actuales, de cara a demandas en las que muchas veces terminan subsumidos a su propia demanda, se disuelven en la irracional resolución del engaño. Pensemos, de forma muy clásica, en la lógica obrerista de la demanda por un mayor salario y la oposición de Marx por aquello a lo que llamó como lo que siempre sería injusto, es decir, a la lógica inmediatista se presenta la tajante e irresuelta reflexión de que se habría que exigir lo imposible. Viene a mi mente Dufurt y su explicación de lo unario en la demanda al gobernante que se ve imposibilitado a escucharles sin antes tener que realizar una reforma a la constitución, de tal suerte que les pide a quienes protestan en la plaza que primero debe hacer la reforma para poder realizar un referéndum.

Frente a la demanda compleja y profunda, el sistema alarga los procesos y la temporalidad dominante e inmediatista termina por cumplir su tarea de disolución del expresión política.

La facticidad se encuentra atrapada en el presente. Por ello que no nos sorprenda la lógica inmediatista de los actuales postulados de la rebeldía. El aquí y el ahora se unen a la disidencia con la autoayuda… quizás sea su nuevo rostro.

El tic tac dicta, como dice Rafael Lechowski en su canción 36500 días. Pero ya no de la misma forma en que antaño se comprendió. Heidegger, a la hora de criticar el pensamiento moderno, señalaba que conceptos como “futuro”, “pasado” y “presente” habían brotado de la comprensión impropia del tiempo. Los posmodernos entendieron bien la lección y expresaron la muerte del mismo. Pero no para reformular el tiempo, si no para darle la predominancia al presente.

El mirar al pasado se convirtió en el rancio espacio criticado, y la mirada al futuro exigía la existencia teleológica de un devenir que bien podría malentenderse como un gran relato ya disuelto, de tal modo que el presente se alzó como la temporalidad necesaria del quehacer cotidiano, y nos subsumimos con sumisión a dicha disposición. En esta se extremen las individualizaciones, la alineación y los valores fundantes del mercado de consumo y la disolución de la rebeldía.

El aquí y el ahora, como eslogan de la noción de la muerte del tiempo y el fin de la historia nos paralizan cuando repensamos nuestro devenir, la exigencia de las utopías se cierra en el inmediatismo y al mismo tiempo la productividad tradicional y disuelta en el trabajo como fundamento más allá de una labor concreta, nos subsume a la liquidación de nuestros sueños contestatarios.

Quedamos encerrados en el cristal de este reloj de arena que poco a poco termina por asfixiarnos, pareciera que no hay ruta de escape… quizá sí la haya. Pero mientras tanto, la única expresión –para nada exagerada– es la de entender que de verdad el tiempo nos ha atrapado en su lógica contemporánea.