Por Mónica Lorena

Estoy tirando desde hace un tiempo los objetos viejos que he acumulado durante años: ropa, trastos, recuerdos, opciones. Saneando el espacio físico y mental. Cuando me da por limpiar con ganas me acuerdo de Gretchen Mannkusser, en Malcolm el de en medio, cuando le habla a Dewey acerca de la función expiatoria de la limpieza, de cómo hace descansar el alma.

Hace tiempo que no traigo nueva basura a mi casa, que permanecía casi intacta en el ojo de un huracán estacionado hace varios meses. Basura era mayormente lo que traía, así que sin ver estoy metiendo casi todo, conforme se me atraviesa, en bolsas de basura y sacándolas a la calle cuando se llenan.

Empecé a pensar en deshacerme de mis libros también, pero me gana el sentimiento. Hay un libro de Paul Auster que me echaba ojitos desde el polvoriento librero —seguramente atestado de arañas en un rincón de la sala—, hace un par de días lo empecé a cargar para pensar poquito menos en la tesis y me dijo: «nada podía igualar al simple placer de tirar cosas».

Hay placeres simples en todo el esplendor de su inutilidad, porque coincido con Auster: nada iguala el simple placer de tirar cosas, y me parece que todos lo tenemos bien tatuado en una parte de la mente y el corazón. Quienes recogemos tiliches para terminar tirándolos, quienes tiran el agua sabiendo que hay poca, quienes tiran el dinero en sus tecnologías popularmente inaccesibles porque pueden, quienes tiran la comida sin pensar dos, tres, cinco veces. Es que deshacerse de lo que uno tiene alrededor es un placer simple de la vida, de esta que a lo mejor nos carga hoy o mañana, de la vida que nos la pasamos tirando con ganas porque es lo que hay.

Hace unos días un amigo hablaba acerca de lo importante que resulta que si uno tiene consciencia de lo limitado del tiempo en esta vida para aprender, a como están las cosas en México, sin un rincón dónde descansar de tanta basura, deberíamos dedicarnos a lo útil ante un apocalipsis y volví a pensar en Auster. Si el apocalipsis llega espero pasarme la pragmática por entre las piernas y dedicar lo que me quede al ocio y al placer.

Tiramos todo, a veces en medio del júbilo, a veces porque estamos seguros: la cerveza que ya de borrachos hemos empujado sin querer nos mueve a la risa, tirar las horas frente al monitor esperando el próximo capítulo porque nos gusta. A veces tiramos todo en pro de un mundo mejor: la seguridad individual tratando de construir la de los demás y sin saber de veras si se va a poder, tirar los afectos en quien no los quiere o no los sabe recibir porque pareciera que nos sobran.

¿Es posible que, como limpiar la casa, el tiradero que estamos haciendo nos lleve a la calma o lo hacemos solo porque entre la debacle es de los pocos gustos que nos quedan?