Por David Álvarez

Hay un poema de Jorge Luis Borges titulado “El desierto” al cual me adscribo. Durante mi estancia en la UNAM, en 2015, un profesor de una materia llamada Ciencias Sociales en América Latina la recitó en una de sus clases, en la que nos preguntó sobre qué es lo que hace que algo sea considerado arte, o, en ese entendido, bello, seguido de un silencio sepulcral. Fue la primera vez que había oído el poema y después de clase, al llegar a casa, la busqué en internet, escrito que, a la fecha, jamás he podido olvidar. La interpretación que realicé al respecto, no fue más allá de su formalidad: las palabras, el ritmo, las imágenes momentáneas que me otorgó, todo ello como ocurre con cualquier canción o pintura o fotografía, y si bien su belleza era incuestionable para mí (aunque no supiera porqué), no fue sino hasta cierta situación personal en la que encontré algo más allá de lo que el poema en apariencia me otorgaba, mucho más cercano. Araceli, una colega, me habló sobre las experiencias estéticas, como un tipo deslumbramiento o toma de conciencia de lo real y en este caso de una obra artística y, aunque suene pretencioso, me gustó cuando lo dijo, ya que fue la primera persona a quien le conté lo sucedido.

En el poema, un fragmento cobró sentido solo en el reconocimiento de la belleza de algunos instantes, los que irónicamente se convierten en lastres de la memoria cuando uno no está en la mejor disposición emocional.  Me explico. Hace algunos meses salí a tomar algunos tragos a una cantina de la ciudad con Susana, en un sábado de clima templado que comenzó de seis de la tarde y concluyó a la madrugada del día siguiente. Ebrios. Durante el domingo, además de la grave resaca y no saber cómo llegué a casa, sentí cierta sensación de tristeza, parecida a la melancolía o nostalgia. Había tenido una buena noche; la plática con Susana fue una maravilla y no lograba, entonces, explicarme el sinsabor del momento. Nunca me había sentido afligido después de divertirme. Después de pensar la situación, lo primero que pensé fue en la aprehensión a la dicha, agravada porque en el momento en que la pensaba yacía con resaca y solitario en casa, un contraste relevante que va de la alegría a sentirse miserable, y luego en domingo; supondría que la tristeza procede de un lapso considerable de tiempo, como los viejos recordando su infancia, pero en la relatividad del tiempo y nuestra condición humana, un minuto puede ser suficiente para dejarse al vacío de la tristeza, y lo aprendí con Susana, un día después.

Un fragmento del poema exclama:

“Antes de hundirme en el infierno
los lictores del dios me permitieron que mirara una rosa.
Esa rosa es ahora mi tormento
en el oscuro reino.”

Dante Alighieri, en “La divina comedia”, escribió que “no hay mayor dolor que acordarse de los tiempos felices en la desgracia”, lo que constata el poema que, 700 años después, el autor argentino escribió. Analizando ello, los recuerdos aparecen como viejas fotografías en álbum y solo de pensarlos y saberme en ellos una serie de sensaciones vienen a mí; de pensarme con Susana platicando de cualquier tontera escuchando alguna canción de fondo mientras un montón de borrachos alrededor completan la escena. Momentos que, como rosas, se convierten en tormentos, instantes de felicidad que son recuerdo, pero que ya no están presentes y, en esto, en su ausencia, es donde la tragedia existe y pesa, sumido en una situación de austeridad sensitiva.

Durante estos días he compartido momentos dichosos y, pese a la tristeza que ocasiona, la memoria se transfigura en una caja de tesoros en los que uno puede tomar ciertos pasajes para recordar y volver a ellos cuando uno decida hacerlo. Puede ser difícil o no, dependiendo de la fotografía que uno escoja. Con Susana sentí esto por primera vez, y quizá la extrañaba solamente. No lo sé de cierto, pero en efecto, hay recuerdos que duelen, aún sean los de ayer, los de una semana o de años, los cuales no pierden textura en el tiempo. Ese día, de mi tristeza, leí el poema de Borges y entonces pude otorgarle un sentido al fragmento porque lo sentí, porque lo viví, porque lo pensé, porque estaba solo, después de una completa felicidad.